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El amor (militante)

Diego Sánchez, Diego Paladino
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El 14 de febrero es el día de San Valentín y al calor de la época se nos ocurrió “politizarlo”. Por eso nos juntamos con cuatro parejas de militantes con el fin de indagar en esa consecuencia lógica del regreso de la militancia: los noviazgos entre compañeros de una misma agrupación. ¿Se puede? ¿Te quema la cabeza? ¿Es el militante una especie de nuevo objeto de deseo? El saldo fue una serie de apuntes sobre la rutina, los sueños colectivos, el enamoramiento, el sexo y el amor militante en los años de la juventud.  

1. Son numerosas las historias de amor que comenzaron en los ’70 y tuvieron su punto de encuentro en la militancia política. El flujo constante de jóvenes apasionados, urgidos por la primavera camporista y los comienzos del rock dio lugar a la máxima: si militás, la ponés seguro. Para que el desborde hormonal no afecte la cohesión de la agrupación, Montoneros elaboró un código interno de moral y buenas costumbres revolucionarias, que perseguía el ideal ético del Hombre Nuevo. Éste debía ser fiel y monógamo, y abandonar las conquistas amorosas y extravagancias sexuales por ser consideradas propias de los ideales liberales. La pena por una infidelidad oscilaba entre el encierro transitorio y la expulsión definitiva. Un caso emblemático es el de Paco Urondo que en la redacción de la revista Noticias se enamoró de una señorita estando casado. La esposa, cuando descubrió la infidelidad, lo acusó. Urondo fue finalmente degradado y enviado a otra provincia.

2. Con la dictadura y la profundización del neoliberalismo en los 90 la discusión ideológica y la identificación partidaria perdieron las propiedades “afrodisíacas” y en algunos casos generaron la reacción inversa. Hubo claro, un breve interregno primaveral en el primer alfonsinismo. Un joven Chacho Álvarez solía decir que el mejor momento para coger era al salir de una marcha. Bombos y feromonas. Pero lo cierto es que, pasadas las primaveras, las “relaciones carnales” adoptaron otro significado y la militancia se fue convirtiendo en algo poco estimulante a la libido, enquistando en el imaginario colectivo esa idea resumida en el famoso sketch de Capusotto, “Acá sí que no se coge”: el estereotipo “psicobolche”, alguien que se define menos por su adscripción estrictamente marxista que por su look cansino formado a partes iguales de vello facial generoso, ropa batik, lentes estilo Imagine, bombachas Pampero, melodías de Quilipayún y sueños andinos. Sumale los dedos en V o la remera del Facebook de 678 y el concepto podría ampliarse. En cualquier caso, la broma parte de una inquietud natural: ¿puede coger alguien así? ¿Puede ponerla, si entendemos por eso algo que incluye lo sexual pero que abarca también una intimidad compartida por encima de los limites del plenario? Mucha política, mucha compra comunitaria pero ¿y el resto? ¿Cómo es la vida sentimental de un militante?

3. Diego Jonsson tiene 27 años y milita en La Cámpora Comuna 6. Allí se enamoró de Sofía Negri de 19. Viven a una cuadra de distancia entre sí y a una de la unidad básica y se ven todos los días. Lucía Ríos tiene 26 y desde 2010 sale con Pablo Dipierri de 30. Los dos militan en La Tendencia y tienen un programa de radio, todos los sábados al mediodía, por radio Arinfo. Ahora viven juntos. Ignacio Lanza y Darío Tejada están de novios hace un año y medio: salieron durante cinco meses hasta que decidieron empezar a militar en La Cámpora Villa del Parque. Cuando hace cuatro años ingresó al centro de estudiantes de la Agrupación Unidad en la UTN de Avellaneda, Nis Fernández estaba de novia con otro compañero. Poco después cortaron, ella se fue y a las semanas decidió volver. “Lo pensé fríamente y dije: no, a mí me gusta esta agrupación, quiero seguir militando acá”. Hoy sale con Alejandro Martínez, de 30, presidente del centro. Los tres -novio, novia y ex novio- son compañeros. Siguen militando juntos.

4. La idea es indagar en esa otra consecuencia que, con los años, trajo el mentado regreso de la política: el amor entre militantes. Algo natural: los pibes crecen dentro de las agrupaciones, se mezclan y se enredan en relaciones amorosas. Algunas terminan siendo estables. Florecen sentimientos profundos y proyectos en común. Noviazgos militantes, intensos, llenos de momentos difíciles, de derrotas, pero también de victorias y jornadas inolvidables. El amor pasa a ser una faceta clave. ¿Cómo es estar de novio cuando te ves todos los días, cuando la peleíta por quién cambia el rollo del papel higiénico se confunde con la del armado de una lista?

5. “Para nosotros no fue difícil”, dicen Diego y Sofía. “Ya compartíamos mucho desde antes: nos juntamos todos los días para ir al local, volver. En algún punto es más o menos lo mismo”. ¿Se para en algún momento de hablar de política? ¿Sigue el plenario de comisiones en casa? “Una vez nos pasó que íbamos a salir y en la previa nos pusimos a discutir cuestiones de la agrupación, la previa se transformó en un plenario interminable y al final casi no salimos”, recuerda Darío. “El desafío constante es tratar de separar”, dice Alejandro. Y Nis acota: “El otro día discutimos por algo de la agrupación y estábamos medio enojados los dos. Y yo le digo: “¡Pero te hablé como compañera, no como novia, no te enojes!”. “No somos robots haciendo política -dice Pablo-. Militar en pareja también forma parte de recuperar la dimensión humana de la política, no podemos separar esas cosas. Por eso se da con tanta naturalidad, no hay tanto bardo”.

6. ¿Se aprende más al estar en pareja? ¿Hay, digámoslo así, beneficios políticos? “Uno va creciendo -reflexiona Lucía-. Cuando estás en pareja y militás con esa persona, no hay otra opción más que crecer. Y uno aprende inclusive en los momentos horribles. Cuando Néstor se murió yo estaba con Pablo. Y fue desgarrador, todo ese proceso, todo el “después”, yo me sentía muy desolada, no sabía qué iba a pasar, y cuando el otro está ahí, en lo personal e inclusive hacia adentro de la agrupación, bancándote la parada, es hermoso”. Para Alejandro: “empezás a interactuar tan fuertemente que comenzás a aprender de las virtudes del otro. Lo ves desenvolverse en el ámbito de la política y por lo menos a mí me pasa que absorbo muchas ideas de Nis que me parecen interesantes, de lo que escribe, de lo que hace en Facebook, etc, y eso se da porque uno posa más los ojos”.

7. Al enamoramiento se lo suele tildar como el estado de idealización y asombro constante por la otra persona que se tiene al principio de una relación. Luego al aceptar los defectos y bajarlo a tierra llega el “amor” a secas. En la militancia la capacidad de redescubrir al otro todos los días parece ayudar a sostener ese calor inicial. “El amor es burgués y el enamoramiento militante”, sentencia Pablo, quien suma una idea clave: todos, militantes o no, experimentan el amor. Pero es parte constitutiva de la militancia política ese campo de fantasías, ese proyecto de vida que a su manera facilita el enamoramiento permanente. “Ella ayer, por ejemplo, le estaba dando clases de apoyo a los chicos y yo la miraba enamorado, le saqué una foto, para mí le faltaba el rodete y era Evita. Uno tiende a idealizar al otro así como idealiza muchas cosas de la política que son súper importantes para poder llevar un ideal adelante”, agrega Alejandro.

8. Hay una idealización que proyecta a la pareja en el firmamento mítico. Una fantasía, una receta que ayuda sostener el fuego del amor aún cuando ya haya pasado ese tiempo reglamentario que suele limar la pasión y la sorpresa. ¿Qué tiene que ver la política con eso? “La política es el terreno de la creación por excelencia -piensa Pablo-. Es distinto a una oficina donde vos reproducís de lunes a viernes determinados esquemas de comportamiento y cumplís con determinados objetivos. La política te obliga a inventar soluciones para los problemas que hay. Eso ayuda a romper la rutina”. “Creo que la pareja militante piensa más en el colectivo, mirando al futuro, más allá del plan de los hijos, la casa, el autito divino, que está bien, pero creo que hay un condimento muy fuerte que es lo colectivo -dice Lucía-. Más allá de los dos que estamos saliendo, hay otros, están los demás, incluso en el proyecto propio. En mi proyecto están ustedes, están los otros, estamos todos”. La militancia, así, puede ser también una herramienta para romper ciertos mandatos frizados en el presente. “Lo bueno de ser gay y militante es que rompes con el estereotipo de la loca, esa idea de que los gays son todos mini Lady Gaga”, acota Darío.

9. La convivencia perpetua a la que parece estar entregada la militancia tiene un fantasma. ¿Qué pasa cuando una pareja del mismo espacio se pelea? De pronto hay dos ex que no pueden ni verse compartiendo plenarios y actividades. La revista de La Cámpora publicó una nota bromeando con la posibilidad de crear “La Cámpora Divorcia”, un espacio para albergar a los ex: “En vez de perder al ex o la ex, juntás a los dos en una misma orgánica. Tenés a todos los ex mezclados entre sí. Aprenden a convivir y además hay mucha joda porque están todos de rebote”. ¿Alguno de los dos se tiene que ir? “Bueno, a mí me pasó -dice Nis, entre risas-. En realidad dejé unos meses y después volví”. Para Lucía: “Depende cómo sea la separación. Pero a veces pienso qué pasaría si nos separamos, si pudiera seguir o no. En algún punto todos somos militantes de un espacio que trasciende los sellos. Somos militantes de un proyecto”. Ignacio va por un camino parecido: “Si cortamos me rajo a otra agrupación, imaginate tener que seguir viéndolo en la unidad básica al otro día de haber cortado… En realidad depende de en qué términos cortemos”.

10. El amor está presente. Desde que el presidente ecuatoriano Rafael Correa pusiera a la “alegría” como el tesoro más preciado del militante, desde que el kirchnerismo empapelara el discurso político con referencias al amor que vence al odio, los sentimientos aparecen como el motor básico de la construcción política. ¿Pero qué es el amor para un militante?

11. “El amor es, o debería ser el motor de todas las cosas. Es lo que nos hace ser humanos”, dice Sofía. “Poder ayudar al otro -agrega Diego-. Creo que es algo imposible de separar toda la cuestión del amor y el sentir amor con los espacios militantes en los que nos movemos”. “El amor también es un organizador social -acota Pablo-, traza una forma de ser social”.

12. Endogamia, fantasía, proyecto colectivo, consagración del militante como nuevo objeto de deseo, sea cual sea la razón, el amor cumpa existe. ¿Qué es lo que atrae de un/una militante? “Yo creo que es la mezcla entre lo pasional, lo popular y lo intelectual. Lo ves como un pibe de barrio y cuando te empieza a hablar te deja con la boca abierta”, responde Darío. Para Sofía: “Así como una postura política muy opuesta deserotiza, también saber que una persona tiene ciertos ideales te atrae, te pasa de estar hablando de algo y él te tira una frase re iluminada, y decís, ‘no puedo creer que haya dicho eso, lo amo’. Y sí te calienta. Esa coincidencia ideológica te calienta”. “Desde que tuve una relación militante, nunca más saldría con alguien que no milita -dice Ignacio-. Y creo que eso le pasa a todos los que probaron”.

13. “El amor es lo colectivo, el sentir que hay algo que nos conecta con las otras personas. Es amor lo que uno siente cuando quiere que alguien gane una elección, cuando va a una marcha, es amor todo el tiempo”, dice Sofía.

14. Lo importante: ¿tiene razón el sketch de Capusotto? “En las básicas se coge mucho -responde Ignacio-. La militancia es más de lo que se muestra. Después de las actividades nos vamos de fiesta todos juntos, somos un grupo de amigos además de compañeros. Si las paredes de las básicas hablaran…”