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Paralelo cero

Emiliano Flores
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Cuando el mundo se debatía acerca de las mejores formas de minimizar los efectos informáticos del Y2K, a los ecuatorianos les tocó vivir momentos que para los argentinos no deberían resultar ajenos: contracción de la economía, crisis financiera, incremento de la pobreza, crecimiento de la deuda externa, renuncias anticipadas de presidentes y recomendaciones a punta de pistola por parte del FMI. Con la política en una crisis terminal (desde el año ’96 y por un período de diez años, ningún presidente logró concluir su mandato) y la economía agonizando, megadevaluada y dolarizada, para Ecuador el nuevo milenio se presentaba enrevesado.

Sin embargo, tras varios años de movilizaciones populares, rebeliones indígenas y descontento creciente de los sectores medios, el país pudo recuperar el rumbo. El 15 de febrero de 2007, un economista proveniente de una familia de clase media baja asumió la presidencia. Ese economista oriundo de Guayaquil, que supo amalgamar la formación académica con el trabajo en comunidades indígenas bajo la tutela de sacerdotes cultivados en la teología de la liberación, no es otro que Rafael Correa. “Allí hice mi verdadera maestría”, suele recordar el ahora presidente.

Luego de esa experiencia, que según sus allegados lo transformó para siempre, continuó sus estudios en los países centrales, pero su paso por universidades europeas y norteamericanas no lo alejó de sus posturas críticas respecto al modelo neoliberal y tras doctorarse en la Universidad de Illinois, en el 2001, volvió a Ecuador, donde cuatro años después fue llamado para ocupar el ministerio de Economía. Durante los escasos cuatro meses que perduró en el cargo, Correa mantuvo su oposición al proyecto del ALCA y su rechazo a las recetas del FMI.

Su salida del gobierno lo dejó sin una estructura política en la cual guarecerse, pero el sostenimiento de sus convicciones le brindó un alto reconocimiento social en un momento de profundo desprestigio de los partidos y dirigentes tradicionales. Con una lectura interesante de la crisis política que atravesaba su país, Correa se presentó a elecciones sin llevar candidaturas para los cargos legislativos y esa apuesta a todo o nada tuvo su final feliz. En las elecciones de 2006 venció en ballotage a Álvaro Noboa, el principal artífice de la dolarización y uno de los hombres más ricos del país. Al poco tiempo muchos de los sectores sociales que desde el año 2000 pugnaban por un cambio político profundo se aglutinaron detrás de su figura. Particularmente, las organizaciones indígenas que habían protagonizado los levantamientos sociales más significativos de los últimos años, y con las cuales Correa (en un signo de diferenciación simbólica respecto a la clase política) se comunicaba en quechua. También, su llegada al poder supo capitalizar el descontento de amplios sectores medios de las ciudades más grandes.

La semana que comienza se cumplen seis años del comienzo de su gobierno. En este intenso período Correa afrontó dos elecciones presidenciales, en el 2006 y el 2009, y tres consultas populares para reformar, aprobar y enmendar las constituciones, en 2007, 2008 y 2011 respectivamente. También atravesó un proceso constituyente con su respectiva enmienda, transformó a su país en uno de los países de la región que más invierte en políticas sociales, sufrió un intento de golpe de estado por parte de las fuerzas policiales, le ganó un juicio a uno de los principales periódicos y a tres de sus periodistas, le dio asilo en su embajada en Gran Bretaña al creador de Wikileaks y expulsó a la embajadora de Estados Unidos, entre otros acontecimientos.

Además de cumplir seis años al frente del gobierno, el domingo que viene Correa se somete a un nuevo acto eleccionario. Las encuestas lo posicionan cercano al 60% de apoyo, contra el 20% que acaricia Guillermo Lasso, su principal opositor. Como buena parte de sus colegas de la región, Correa supo combinar logros como la baja de la pobreza y el crecimiento económico sostenido con la disputa contra los medios, los bancos y la misma corporación judicial. Frente a ese panorama, su desafío futuro, como sucede en nuestro país, parece ser encontrar una oposición que asuma el desafío de disputar elecciones. Sólo así terminará de reconstruir un sistema político.