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FALSA ESCUADRA

La carpeta borrador de los años

Romina Sánchez
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Pensar y actuar, en ese estricto orden, ese lugar común que tanto nos remachan de chicos, cuando somos pura efervescencia y ganas de devorar el mundo aunque haya que dar la vida en cada esquina, a los treinta por fin se te hace carne cuando empezás a caer en la cuenta de que ya no estás matando por todo -es que no sobra tiempo para los planos detalles- y en las peleas, gracias al martillo de la adultez, lento pero persistente, comenzás a ver los grises. Porque la vida también es gris.

Tener 30 implica usar la carpeta borrador de los actos. Escribir en caliente pero por las dudas guardar las palabras. Para el momento justo. Tener 30 es tener más y mejores herramientas para encarar la vida. A esa edad, dirían las mamis, te volvés más civilizado, estás de verdad preparado para vivir en sociedad, aunque más no sea cumpliendo letra por letra el manual del buen egoísta, un liberalismo de las relaciones a lo Adam Smith. Decí que está el estado y su aparato represivo: no te alcanzan los dedos para contar a todos los que te hubieras cargado. Con sangre, siempre con sangre.

Por el alerta de granizo, tan histérico últimamente, hace poco dejé el auto en una cochera, en pleno Microcentro, en donde por poco te roban un riñón con la tarifa. Lo voy a buscar de madrugada. Golpeo las manos. Nada. Llamo por teléfono. Nada. Muevo el portón de chapa. Nada. Pateo el portón de chapa. ¡El tipo no se despierta! Y del edificio de enfrente, alguien empieza a putearme. Reculo unos minutos. Para apaciguar las aguas. Pero insisto. Tengo que insistir. El sereno sale a la media hora, cuando ya se había largado a llover. Me pidió disculpas. Yo me guardé la calentura porque pude ponerme en su lugar. Eso sí: le recomendé que le dijera al dueño que instalara un timbre. Tampoco la pavada.

Ahora, hay situaciones que te exigen cerrar los ojos y respirar profundo unos instantes, antes de bajarle los dientes a un tilingo. Pasa habitualmente en los trabajos. Días atrás, la mujer del dueño de uno de los lugares donde me gano el pan, toda una doberman de la billetera marital, me vino con el planteo irrisorio, por no decir ofensivo -no, no llega a ofensivo por lo inverosímil: da gracia- de que “como en el verano no hay escuela, tenés que venir más temprano”. ¿Desde cuándo la empresa opina, ¡opina!, y decide, ¡decide!, por mi vida laboral o personal fuera de su ámbito? No way. Y antes de que reces el rosario del negrero, te sugiero la lectura del estatuto del periodista, ley 12.908, el convenio de trabajo, sus modificaciones vigentes y todas esas yerbas. Y hacelo en el desayuno, así arrancás el día inspirada.

Y después, hay circunstancias en que la gente te pone a prueba para sacar unos pesos extras. A esos, a los 20, tal vez les hubiera marcado unos dedos en la cara, como para despertarlos. Y que recapaciten.

Voy a comprar un rascador para mi gata. Estoy casi segura que no dará resultado, que si ella eligió destruirme los muebles para afilarse las uñas, así será. Pero bueno, al menos hago el intento para no tener que bancarme mis reproches. Porque la tercera década también empieza a ser la de los reproches.

-180 sale- me suelta el veterinario.

-¡¿Perdón?! ¡¿Cuánto?!

-180.

-Ah, el armazón debe ser de oro.

-¿Eh?

-No, digo, que un pedazo de madera forrada de hilo sisal, a ese precio, es un robo.

-Bueno, por ahí para vos es caro. El que encontró ese nicho es un grande.

-Tengo el triple de plata en la billetera, pero paso. Le agradezco. Objetivamente es caro. Es un completo afano- concluí con cara de maestra ciruela y me fui. Es que a los 20 me hubiera quedado discutiendo sobre el abuso comercial, ese descaro innecesario, y el caldo gordo de los clientes. Otra que las pilas del conejito. A los 30, lejos de la tibieza pero también del paracaidismo, ganás sentido de la oportunidad. Mucho sentido de la oportunidad.