inicio > La llamada

LA MALA LECHE

La llamada

Martín Rodríguez
Agrandar fuente Achicar fuente

Me siento como si el año pasado no hubiera pasado. Miro a mi alrededor y no hay restos del mar o la arena. La columna de hoy podría tratarse acerca de nada, como el lema de combate de la serie Seinfeld. La nada-nada de un febrero con lengua de 2012 y las poquísimas especulaciones públicas en torno al 2013 que se esfuman, que duran un día. Vienen y se van. De pronto, un monstruo llamado Tribilín se levanta sobre la urbe y la golpea con una ristra de niños llorando a moco tendido. Para los que tenemos la cría a esa edad (mi nene de 2 se dispone a comenzar el “Jardín”) las voces de esas maestras son humanas, demasiado humanas. Un enorme UF. Punto y aparte. Se superponen las sobreactuaciones en torno a lo que C5N a los rajes llamó: “Intolerancia política” y se apresuró a meter todo en una misma bolsa. Al episodio sufrido por Axel y su familia se le sumó la silbatina recibida por Amianto Boudou en un palco santafesino y el derecho de admisión sufrido por el periodista Nelson Castro en un bar “desconocido” de la avenida Santa Fe. Pero no, no es lo mismo una agresión mientras viajás en la clase turista de un Buquebus con tu familia que una silbatina en un acto político. Empecemos por lo primero: porque la política tiene escenarios (y ése es un escenario) y tiene riesgos (y ése es un riesgo). Tuit perfecto del compañero @mendieta: “¿Desde cuándo chiflar a un dirigente en un acto está mal? ¿Desde cuándo patotear a un funcionario que está con sus hijos chiquitos está bien?”. Punto y aparte. Me metí en enero en un desierto: empecé a leer Por quién doblan las campanas de Ernest Hemingway. Un libro perfecto, humano, demasiado humano (y largo). Demasiado largo. Pero transcribo una sensación de memoria: un diálogo en la montaña entre el protagonista, el brigadista norteamericano Jordan (especialista en explosivos), y un soldado republicano (viejo) acerca de matar. En el diálogo los dos soldados de la guerra popular y prolongada confiesan que matar está mal. Matar es un pecado, dicen, advirtiendo que no son (o que no son más) católicos, pero admitiendo también que no habría otra palabra, que las religiones laicas de su fe comunista no tienen palabras que puedan contener la dimensión de la muerte de un “otro”. Entonces usan esa: “pecado”. Y el viejo republicano dice que tendrá que haber algo (una ceremonia, un exorcismo, ¡algo!) que pueda hacer de redención de esa culpa el día después de la victoria y de la guerra. Toda guerra es –para el combatiente humano, no para el mercenario o el industrial o el frío weberiano- la última guerra. Toda guerra tiene un sentido: la guerra que damos para que no haya más guerras. Y porque hay actos que valen la pena casi sólo si son los últimos actos. En ese sentido emulan una enorme virtud con la que deberíamos pensar el ejercicio del deber público: hacer lo que se hace como si se hiciera por última vez. ¿Qué tan posible es eso? ¿Qué cosas se podrían hacer “así”? No sé. La democracia es un teatro de escándalos efímeros en el que no vale la pena escandalizarse todo el tiempo. Pero lo que se entiende es que el mundo es mundo: está antes, durante y después de cada vida. Pero que cada vida es única. Y todo ese río infinito que es el mundo también se abre y se cierra en cada vida. Es infinito si existen vidas finitas que lo viven y se suceden. Las campanas del Jardín de Tribilín, con la “maestrita” Yanina grabada como el hada mala de un cuento monstruoso, de pronto revelado, y de pronto, así, ahora, ella, fusilada por la Cruz Roja mediática, golpean y por quién golpean. Campanitas golpean en la nada. Yanina vivía adentro de Yanina y ahora, por unos días, Yanina, su voz, vive adentro de todos nosotros. Punto. El cronista de Crónica cronifica: avísenme cuándo le levanto la cabeza del agua en que la hundimos a ella también.