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ENTREVISTAS

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Carlos Godoy

Diego Sánchez
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Si hubiera que ponerle un etiqueta a esta entrevista, podríamos elegir un verbo infinitivo que se repite varias veces: “laburar”. Un concepto que, aplicado a la producción literaria, supone una idea de la escritura entendida como un trabajo, no necesariamente “artesanal”, sino a conciencia, voluntarioso, que opera sobre las posibilidades y limitaciones del lenguaje y la cultura, pero que además entiende a los materiales, a lo “concreto” como algo plausible de ser narrado. Carlos Godoy (1983) es parte de una camada de autores cordobeses que partió al medio la forma en que se narraba en Buenos Aires. Escribió, entre otros, el libro de cuentos Can Solar (17 Grises, 2012), los poemas de Paritarias / Soy la decepción (Ediciones Stanton, 2011) y la imprescindible Escolástica Peronista Ilustrada que, seis años después de su primera edición, se reedita este año con arte de Daniel Santoro. En una tarde gris en medio del hastío porteño, nos juntamos a hablar de literatura, peronismo, Córdoba y el mandato de la época.

El año pasado editaste Can Solar. ¿Cómo surgió el libro?
Yo tenía tres cuentos armados y escritos. Y otros tres que eran proyectos. Tenía también una novela, que la tengo todavía, y nadie quería publicar. Entonces lo que se me ocurrió fue tratar de darme más visibilidad como narrador y le propuse a (Maximiliano) Crespi (de la editorial 17 Grises) un libro de cuentos. Le mostré los tres bocetos y le dimos para adelante. En más o menos seis meses ya tenía los seis cuentos y después los laburamos otros seis meses más, con idas y vueltas. Eso fue más o menos el cómo lo escribí. Después el proyecto, en un principio, fue laburar algo que ya estaba presente en mis libros de poesía, que es tratar de pensar la distancia o la dialéctica entre el campo y la ciudad.

Esa distancia en algún punto también está en los personajes, porque en todos aparece una tensión entre un afuera que vendría a ser “el mundo” y un adentro “mental”. ¿Vos lo percibís eso también?
A mí siempre me pasó de ser muy consciente, sobre todo cuando era chico, de que las ideas no se me realizaban. No es que fracasara siempre pero quizás quería hacer algo y finalmente no funcionaba. Y con eso flashiaba mucho de pibe. Ese proceso interno es el que quiero dar cuenta. Hace poco salió una reseña que decía que los personajes de Can Solar armaban planes que no les funcionaban. Y es un poco esa idea. Vos elaborás un proceso interno que finalmente no coincide mucho con la realidad. Y no es un fracaso, es como una continuidad de algo que no termina en el punto en el que uno quería llegar.

Contabas que estas ideas ya las venías trabajando en tus poemas. ¿Cómo fue el proceso de “trasladarlas” a la narrativa?
Yo siempre busqué escribir narrativa. Lo que pasaba, quizás, era que lo que escribía tenía más que ver con la poesía. Pero el proceso narrativo, la narratividad siempre está presente en casi todos mis poemas. Salvo el último libro (Paritarias/Soy la decepción), que son poemas todos sueltos, siempre los pensé como pequeñas narraciones, como historias que se van desenvolviendo. Una escritora y poeta de Córdoba, María Teresa Andruetto, me sabía decir que lo que más notaba en el cambio generacional de producción es que los pibes escriben poemarios, mientras los más grandes escriben poemas. Damián Ríos, por ejemplo, dice eso, que él escribe poemas y después piensa cómo los une. En cambio yo siempre me sentaba con un proyectito, armaba algo y ahí escribía. Debo tener como doscientos cuentos que son horrorosos, imposibles de mostrar, pero que son producto de eso: de sentarme todo el tiempo a escribir. A mí me encantaría tener chispa, ser Dani Umpi, tener “gracia”. Pero como no la tengo, no me queda otra que pensar en proyectos. Es la única forma que tengo de defenderme o de plantarme dentro de un campo, como un obrero, que labura lento y construye una casa que quizás no es muy diferente de las demás pero que le permite vivir y desarrollarse en determinado momento. Yo quise dejar de escribir poesía pero me esforcé en terminar el último libro y la idea fue dejar una suerte de pentalogía. Cada libro es una respuesta al anterior. Ahora voy a editar un librito en 17 Grises y ese libro es como una respuesta a Can Solar.

¿Cómo ves esa recepción que hubo alrededor de la literatura cordobesa en Buenos Aires? ¿Existe esa “renovación” o es una mirada porteña?
Me parece que lo que pasó con (Luciano) Lamberti y con (Federico) Falco, que son los dos que más conozco y con quienes nos juntábamos a leer y a descubrir cosas, es que, y capaz que ellos no lo aceptan, siempre pensaron en un mercado. Hay muchos escritores de Córdoba que no piensan en Buenos Aires o no se les da bola acá porque no tienen la prosa que tienen Falco y Lamberti, que son tipos que escriben muy bien. Y ellos veían un piso en Córdoba. Ellos dos, y por ahí yo también, nos focalizamos más acá. Yo el primer libro de poesía lo publiqué acá. No quiero hablar en términos de “grupo literario” porque me parece un poco vanidoso. Son casualidades. Está el caso de (Carlos) Busqued también, justo nos conocíamos todos. Pero creo que son esos nombres nada más. Para mí Córdoba sigue en esa misma meseta árida, muy ligada a la universidad, a determinados autores canónicos cordobeses que también están muy ligados a la universidad. En Córdoba hay una construcción del autor muy ligada al siglo XIX, el que espera que caiga un tipo de Alfaguara y le diga: “te quiero publicar esto”. Lo que veo en Córdoba, en los autores más honestos, es la búsqueda de una novela que cambie la literatura argentina. Y me parece que es un error eso, porque te martirizás y no publicás nunca más nada, te volvés obsoleto. Yo me fui huyendo un poco de eso también: a mí me gustaba la literatura y veía que en Córdoba el objetivo de máxima era La Voz del Interior.

Este año se reedita la Escolástica Peronista Ilustrada
Sí, va a salir en Interzona con dibujos de Daniel Santoro. Daniel no quiere que se entienda que es la Escolástica ilustrada por él, sino que son dos procesos distintos. Para mí está buenísimo lo que hizo. Yo de hecho la Escolástica la escribí pensando un poco en su obra. Me parece que es el artista que mejor retrata al peronismo. Y lo que hizo él, a partir de la Escolástica, es meterse en una zona más intimista del peronismo. Él siempre trabajó con los grandes iconos y lo que hizo ahora fue meterse con pequeños símbolos conyugales, como la heladera Siam, que sigue siendo algo simbólico pero dentro de una escala más doméstica.

¿El libro cuándo lo escribiste?
Se publicó por primera vez en 2007 y lo escribí en 2006.

Pleno auge de los blogs
Una época de los blogs a full.

Sobre todo de los blogs literarios, además de los políticos
Sí, los dos. Crecen como al mismo tiempo. Después los blogs literarios fueron muriendo y derivaron en dos zonas. Por un lado, un éxodo a Twitter, de autores de menos de treinta, de treinta y pico. Y por el otro, los más grandes, que no entendieron Twitter, y se instalaron en determinados espacios, como columnas literarias o en Facebook.

Esa época de los blogs, en algún punto, coincidió también con una suerte de revalorización del peronismo, con una generación que, empujada por el espíritu de época kirchnerista, se reencontró con un imaginario que había estado ausente de su campo simbólico. ¿Vos qué visión del peronismo tenías cuando escribiste la Escolástica?
Yo creo que a la Escolástica la lee bien Horacio González en el libro Kirchnerismo, una controversia cultural. La idea cuando la escribí era presentar una noción no teórica del peronismo. Porque había como una estética de la teoría, y estoy hablando de Punctum (de Martín Gambarotta), de (Martín) Rodríguez o de (Alejandro) Rubio, que en ese momento era lo más interesante que se podía leer alrededor del peronismo, pero que seguía siendo una mirada muy teórica. Y mi idea era tratar de mostrar en el libro la tesis del peronismo cultural, del peronismo antropológico. Que es un poco lo que dice Rubio en su Autobiografía podrida: el peronismo es el rizoma argentino. Incluso es retrógrado pensar en un cuadro político que no tenga una estrategia, o ponele el nombre que quieras, que no sea peronista. Con el alfonsinismo todavía se podía discutir al peronismo. Hoy ya no sé si se puede. Creo que la idea del libro era mostrar eso: que el peronismo en realidad no es sólo una praxis política, sino que tiene que ver con una cuestión más cultural. El peronismo es algo más vitalista.

¿Tuviste repercusión de parte de espacios políticos, de pibes militantes que hayan leído el libro?
En general el libro funciona siempre en lo que es la base, tiene una relación como de cierta identificación en esa militancia. Pero en lo que es cuadros de clase más alta, hay como cierta reticencia, del estilo: “ojo con esto, hay cosas que estaría bueno pensarlas”. Pero la aceptación por lo general es buena. Las malas no me llegan. Sé que se lee, muchos militantes lo leen, de hecho por Facebook me lo piden. Yo creo que en un momento el kirchnerismo representó para mí el gran avance político de la historia reciente, y si bien quizás hay zonas con las que no estoy de acuerdo, a pesar de que lo siga bancando, este libro en algún punto es mi aporte a lo que es retratar la época. González dice un poco eso también, que es uno de los primeros libros que lee al kirchnerismo, en el sentido de su propuesta de renovación. El acercamiento a los jóvenes, esa búsqueda de la juventud, pero también la presencia de un público efervescente que venía del rock, de la cumbia, del cuarteto, y que por ahí con este libro sintió cierta afiliación, más identificatoria quizás que con la idea de militar. Esta lectura, igual, la hice mucho después. Pero creo que el libro tiene ese aporte. No sé qué va a pasar con esta nueva edición. Es un libro que publiqué en 2007, pasaron seis años, ya el hecho de que siga vigente es demasiado. Y haber llegado a Santoro… Santoro me escribió diciendo que estaba pintando cosas en relación al libro, que quería que hagamos el libro juntos. La Escolástica llegó a más de donde podía llegar.

¿Por dónde pasa hoy la literatura que te interesa?
Estoy esperando que empiecen a escribir los más jóvenes. Pibes cuatro o cinco años más chicos que nosotros. Creo que nuestra generación está muy viciada ya. Hay cosas que me gustan, Hernán Vanoli, por ejemplo, pero igual veo a una generación de la que no se puede esperar ya ningún gesto novedoso. Me parece que el kirchnerismo nos mató, nos bajó una línea muy potente, en la que tenés que escribir en contra o a favor de la agenda, no sólo una agenda política, sino una agenda cultural. Todos los que estamos produciendo, todos los que nos morfamos la crisis de 2001 hasta ahora, estamos escribiendo pendientes de la agenda, consciente o inconscientemente. En ese sentido creo que somos una generación muy viciada. Es un poco lo que intentamos con (la revista digital) Paco. Romper la agenda. Hay cosas que leo de pibes que hacen taller conmigo y creo que hay algo ahí. Son por lo general pibitos, chicos que vivieron el kirchnerismo, que asumieron sus conquistas como algo natural, y me parece que tienen el foco puesto más allá. Estoy esperando que ellos escriban. La novela de (Martín Felipe) Castagnet, por ejemplo, marca una zona que a mí me interesa. Estaría bueno que se vayan por esos lados.

¿A qué le decís ni a palos?
A las editoriales de fotocopias, a las crónicas “literarias”, a recordar a los muertos.