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LA MALA LECHE

Corrupción y política

Martín Rodríguez
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¿Cómo se relaciona la gente con la política? ¿A partir de cuántas mediaciones? ¿Cuándo puede alguien decir que “entiende de política”? ¿Quién talla esos protocolos de “acceso”? ¿Qué es la política? ¿Todo el tiempo es visible? ¿No hay también política con mano invisible?

El poema “Poesía y política” del rosarino Martín Prieto (de un gran libro de los años 90 llamado La música antes) resume esta percepción invisible y administrativa: Una mujer desprovista / de la gracia que ofrece el pasado / y un hombre de la que potencia el dolor: / una pareja transparente / tomando sol en una playa municipal / cuando unos remeros pasan en una canoa / y perturban el horizonte adornado / por una isla verde. (La política / que pareciera estar fuera del cuadro / es la misma que lo sostiene.)

Veo algo muy ancestral en esa separación entre la gente y la política. Incluso, eso que llamamos antipolítica se me representa como algo milenario, castizo. Los discursos sobre la corrupción son discursos populares, que dragan el fondo del río de cada época y que renuevan las formas del escepticismo arcaico, ese desdén que arbitra los recursos del cinismo o la indiferencia y que pone a resguardo las ilusiones y sus posibles caídas.

Primero de todo porque el género de la corrupción cuenta algo esencial, que es eso que pasa ahí. Y por más video-política, horizontalidad virtual y por más poderes corporativos que se descubran, la política clásica nuclea una serie de sentidos inamovibles a través de sus instituciones. Un presidente, un juez de la corte, un senador, perduran en su aura romana, sobre todo si –como en estos tiempos- se fortalece su valor. El “volvió la política” de estos años tuvo un tinte institucional porque “volvió” de la mano de una autoridad presidencial.

Pero en Argentina la corrupción no es sólo la trama de negocios clandestinos, sino la raíz de consecuencias duras: voladura de Río Tercero, Cromañón, el Sarmiento. La corrupción de ese modo construye sus paranoias: ¿todo funciona como dice que funciona? La corrupción muestra que vivimos en campo minado, y donde eso “invisible y municipal” que hila nuestro tumulto social está en tela de juicio. Y justamente es lo que refuerza la popularidad del discurso: si me cuentan dónde afanan también me cuentan dónde puede explotar la próxima bomba, razona cualquier baqueano. De ese modo se construye la figura del héroe republicano. Un sujeto que por un instante olvida la ética de la responsabilidad, y que define el entuerto entre pertenencia y verdad de un modo tajante, sin red. Es un tigre de papel pero qué bien hace su papel.

Es recurrente decir que la corrupción y la inseguridad son discursos de la antipolítica. Dos discursos antipolíticos clásicos porque desconocen dos naturalezas: la de las acumulaciones de poder y las de las mediaciones institucionales. El garantismo penal es de elite. La realpolitik, a su modo, y en otra línea, también lo es.

No todo el mundo está obligado a tener una relación intensa con la política, pero la “evaluación ética” es una noción básica del inevitable contacto con lo político que cualquier persona tiene, sobre todo personas que conllevan resueltas otras necesidades más inmediatas. ¿Roban? ¿No roban? ¿Cómo roban? ¿Son todos “rochos”? Más tarde, en el crepúsculo ese ciudadano se preguntará: ¿roban pero hacen? Podemos no tener una relación con la política pero no podemos sacárnosla de encima. La corrupción es una pregunta de las clases medias, se dice con razón y saña. Y lo dicen ahora, sobre todo, todos esos ex republicanos devenidos populistas que son máquinas de matar su pasado. Hicieron además un kirchnerismo solemne y romántico incapaz de admitir su propia oscuridad.

Pero aquellos que tienen una relación intensa con la política ya traen conjugada la pertenencia y la verdad. “¿Coti Nosiglia explica a Alfonsín?” Diez años de kirchnerismo tienen algo de morderse la cola. El pasado pisado les pertenece, dice Lanata a su modo. Lanata, el que no investigó nada tan a fondo, y apenas compró una ambulancia de lujo para levantar a los heridos del «régimen».