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Ser progres hoy

Martín Rodríguez
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La paternidad se politiza sola. Aunque uno quiera o no quiera. Es una situación delicada. En parte por algo así: porque convierte a cada uno en portador y transmisor de la cultura. Sí, suena denso, pesado, romano, pero supongo que es la parte del mundo más solemne e irrevocable que nos toca y que cada uno decide si le toca. Empecemos por aceptar que con bombos y platillos decimos que sí, que es así. ¿Qué se nos aparece ahí? El territorio nebuloso de la culpa: ¿por qué y a qué traje un hijo al mundo? (Y extraños en mi mente los que se niegan a la reproducción…)

Qué le voy a decir, qué no le voy a decir, qué le voy a desmentir de lo que le enseñan en la escuela, y así, un núcleo vital de dudas totalitarias recrudecen esa conciencia desdichada, que se mezcla con la idea de tener una arcilla en las manos y el derecho a la invención del mundo.

Bluff.

Pasa el tiempo y los hijos no son tus hijos/ son los hijos de la vida leés en una tarjeta pegada en la caja de una Farmacia Homeopática donde la cajera te habla y no te mira, te da el vuelto y no te agradece, y vos te das cuenta que esos sueños, sueños son, y que esa cultura es un lugar de pertenencia, acaso una naturaleza llena de ideología, es decir, llena de eso que pensamos y no sabemos que pensamos. O algo así.

Ser padre en esta línea tiene ese extremo de la experiencia del náufrago: estás en una isla vos, tu mujer y la criatura, a la que le tendrán que contar de dónde viene, de qué país, enseñarle a hablar, a comer, a nombrar las cosas. A dibujar el árbol genealógico en la arena. Afuera es mundo, adentro: un refugio del amor y la sonrisa que da certezas. Pero esa ilusión es falsa. Ni estás en una isla, ni estás solo. ¿Podría tu hijo vivir sin saber quién es Videla e igual ser un ladrillo más en la pared adonde está escrito nunca más? También llevamos la otra cara de la misma moneda: creemos que la mejor educación es una que enseña a saber qué es lo que está naturalizado, cuál es la barbarie del tiempo que le toca, sus muertos punk.

A la vez, uno siente que nada, ninguna ideología paga el precio de una posible felicidad. Y la libertad puede ser esto también: no saber nada del mundo, saber lo menos posible. Cazar, recolectar, jugar, ser feliz. ¿Estamos dispuestos a callar? ¿Por qué sentimos que educamos si obligamos a ver y a sentir? ¿No era así el rictus de nuestra saga inmigratoria: no decir nada del viejo país abandonado del otro lado del mar? Viejos mundos.

Cuando me enteré de la muerte de Videla tuve una primera impresión: no-siento-nada. Y una segunda que por vanidad puse en un tweet, ya masticada: Sabor amargo: nací bajo su presidencia, pero me acompañó su sombra, lo pensé todo lo que una cultura hizo que lo piense. No fui tan libre. Bien, estamos hablando de eso: de la libertad. Pappo, en sus inicios, escribió una canción que se llamaba “Adónde está la libertad”, y que en su letra decía algo lúcido en medio del desconcierto de la época que se le venía encima: “yo solo quiero escapar/ de toda esta locura intelectual”.

Volvamos entonces al punto: la paternidad se politiza sola. Aunque uno quiera o no quiera. Nunca volvés a tomar tanto contacto con la raíz de tu clase como con ella, cuando empieza, cuando mirás al policía de tu cuadra con la candidez de estar frente a quien puede asegurarte que tu hijo camine tranquilo por esa ciudad. La línea invisible de “lo que está de tu lado” se mueve sin pedirte permiso. Rompe las credenciales de la corrección o incorrección política a la que estabas afiliado.

El tiempo pasa, y nos vamos haciendo tecno-viejos. Miramos la serie “Los 80” de Natgeo antes de dormir. Vivimos el momento en que el mundo que conocemos empezó: las arandelas de lo que ahora es luz, sólo luz. Las primeras vueltas de las ruedas de la velocidad. Y si en ronda de padres nos ponen a cantar con el fuego en el centro, seguro que ya no cantamos una que sepamos todos, sino una que no sabemos que sabemos todos, que también es de Pappo: “no puedo evitar/ que vengan hacia mí/ los sánguches de miga”. La paternidad y la panza, otro gran tema.

Los hijos juegan con las migas que dejamos. Eso pienso, amigo. Y este texto se autodestruirá antes que lo pueda leer ese niño que no deja de joder con la pelota.