inicio > El primer trabajador

LA MALA LECHE

El primer trabajador

Martín Rodríguez
Agrandar fuente Achicar fuente

En muchos de mis ratos libres pienso en Charly García. Tengo todos sus discos, y tengo bajados por lo menos la mitad. En el mp3 directamente hay una carpeta con un compilado de canciones de todas las épocas (Sui, Porsui, La Máquina y Serú, su época de colectivización de los bienes de producción, y después LA TREMENDA OBRA SOLISTA de los años 80).

En uno de esos ratos se me ocurrió que su mejor disco es Parte de la religión. Pensé, pensé, pensé, y concluí en que es el mejor porque es un disco donde toma distancia de la época. ¿De qué época? En principio de la primavera radical, que contiene y procesa y deglute, relativamente, varias épocas a la vez. Porque una parte de 1983 le hace respiración boca a boca a 1973. Y otra parte huye de ahí. Y así.

Charly García es una pieza estructural de la transición democrática, de esos ritos que auparon la melancolía y la novedad, cosa que hizo sonar al mismo tiempo sabiendo conjugar la inocencia y el cinismo (porque toda bisagra de época empuja almas al precipicio de las desilusiones). Pero toda su obra hasta la de este disco (de 1987) reconstruye aunque ocultamente la relación de un rockero del tercer mundo con el mundo y la ciudad que le tocó padecer: una contabilidad de las libertades en juego y la percepción escandalosa de todas las formas y violencias naturalizadas. García contó los 70 con horror antes del show del horror: su disco gótico (“Instituciones”) repasa ese país en blanco y negro y el aullido del minimoog pide la modernidad, que descienda el elefante del rock sinfónico, o subir hasta esa altura que lo saque de ahí. Era como un Rick Wakeman en el país de López Rega, un pianista loco en medio de los tiros que toca toca toca para compaginarlos, para unir sus notas a ellos y para escapar de ellos. Todo a la vez. Sus canciones de esos años, por suerte, reviven la mirada de la perplejidad y nos acercan al punto de esa conciencia. Escucho esos discos en viaje y siento que una voz dice: “creo en la civilización”. Creo en Charly. Reescribe a Borges en la clave posible de: el rock argentino y la tradición. No somos payadores de la pampa. Nos merecemos el mundo. Aunque ya sabemos que para tenerlo hay que pintar la aldea. Sí.

Charly es otra gran obra de, desde o para la clase media, como Mafalda, Clarín o el kirchnerismo en alguna de sus versiones. Un hombre del rock que si hubiera nacido en NYC sería Lou Reed, pero que le tocó mirar desde la periferia del mundo el centro de su ciudad. Pero en este disco (Parte…) se logra distanciar y promover lo que hasta ahora estaba disperso: las canciones intimistas, la poética neurótica y deliberadamente alejada de la cultura que se dejaba atrás, es decir, la Armada Brancaleone de la Transición Democrática. El título aislado de una canción hace de exorcismo: “El karma de vivir al sur”. Charly ya reconoce la solidez del nuevo orden. ¿Y cómo es ese mundo? Un mundo rudo, injusto, moderno, excluyente, sin ilusiones colectivas, y a la vez democrático para siempre. Parte de la religión inicia el camino hacia su definitiva posada: Say No More.

Desde 1987 prácticamente que las letras de Charly no dicen nada. Aunque la nada se diga “bellamente”. O aunque la nada sea el mensaje. Porque sí: la nada es el mensaje. Desde 1972 hasta 1987 puso las canciones. Desde 1987 puso el cuerpo. En 1994 editó el incomprensible “La Hija de la lágrima”, que pretendía ser una obra conceptual a partir de la inspiración que le produjo una discusión de mujeres gitanas en la calle, donde una le decía exactamente eso a la otra: “yo soy la hija de la lágrima”. La novedad era el femenino en primera persona con el que Charly aulló la mitad de las canciones de ese disco que es simplemente eso: una suma de canciones hermosas, un disparate, una historia que no supo contar. Con pequeñas señales: como en la que comprobaba el encallecimiento de su piel, un rockito que decía estrictamente “la sal no sala”.

Cuero duro del campeón de las canciones modernas. Toda gran época si no te mata, te hace más fuerte.