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FALSA ESCUADRA

Dominguicidio

Romina Sánchez
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El domingo me hace ver el lado malo, feo, sucio de las cosas. Todo lo que en la semana me pareció amable o, por lo menos, tolerable, el domingo me resulta la peor de las versiones. Si de lunes a viernes soy, entonces, una ciega que no quiere ver, el domingo se me destapa la olla. Y el puchero se me viene encima, como a tantos. Quedamos hechos sopa.

En la semana -no soy original, lo sé- por más felicidad que puedan darme mis actividades, espero el fin de semana. Y me hago constantemente, como una eterna adicta en recuperación, las promesas de salidas, limpiezas, trabajos. Minga. Vivo tan al palo la semana, y los sábados, aunque eso implique darle a la escoba toda la jornada, que el domingo me levanto con resaca, real o con humor resaca, que es resaca sin resaca: da igual. Los domingos me vuelvo una depresiva, tengo ojeras de publicidad y en el pelo solo me veo canas. El después de la euforia es angustia o muerte.

Veo las agujas del relojito made in China en la mesa de luz, incorruptibles en su deber, en su honestidad brutal. El domingo se te pasa y ni el corpiño te pusiste. Te levantás al mediodía y desayunás como si vivieras en Los Ángeles, porque si el domingo es la muerte, que entonces sea violenta. El domingo, reunión familiar o no mediante, también da igual, es comer porque sí, porque el mundo del ocio -¿del ocio culposo?- se va a acabar.

Metés siesta. Te despertás a eso de las seis, cuando parecen las diez, y el domingo sigue ahí, con su quietud inquietante. No hay nadie en la calle. Quiero gente en la calle. Esa que en la semana me molesta. El domingo es puro gataflorismo. Si en la semana me, oh, juro, volver a El padrino, el domingo me hago fan de Adam Sandler. Y me odio por eso. Me molesta todo, como la gente que siempre está de humor, el domingo me genera desconfianza. Será porque al ser bisagra de la rutina, es rutina.

Y no encuentro forma de evitarlo. Me trae ex, trabajos fallidos, proyectos truncos, frustraciones. Pero no me trae soluciones. Es mera existencia. Me dice todo lo que no soy, lo que no puedo, todo lo que me gana. Me chupa la creatividad y me arroja a todos los lugares comunes de la novia dejada, la feminista fracasada, la mujer bobita. Me llaman para salir. Y salgo pensando en el lunes, como si le estuviera metiendo los cuernos. Llenate de cosas, ponele acción, me dijo una amiga, y no le entendí si hablaba de un chongo o de una de Chuck Norris.

Y hago zapping de libros, de música, de tele. Ni el fútbol me calma. En el zapping del zapping se me va el domingo, cortándome las cutículas o gugleando gente. Así, el sinsentido puede arrojar que un obispo se llama casi igual que el cantante de Amar Azul. Y gugleo sobre la depresión del domingo. “Aunque Dios haya creado el mundo en seis días y el séptimo descansó, pocos seres humanos pueden descansar los domingos”, “El problema del domingo es que nos obliga a reflexionar sobre nuestras constantes contradicciones: pensar una cosa, decir otra y hacer… otra”, me muestra el monitor. Para qué seguir, si ya hay que pensar que se está a horas de una agenda del tamaño de un elefante en la nuca. Dicen que quizás la angustia no sea por la inminente rutina sino por su ausencia. Pero pasa que la angustia es previsible. Estamos en problemas. Es la soledad, también dicen. Como sea, siempre pasa lo mismo. Al modo de Shakira, persisto en la política de no bañarme los domingos. Total, el lunes arranca la semana. Ya habrá tiempo de ducha. Y de dejar correr el agua.