La era de Francisco trajo su luz a un barrio perdido: Flores, el lugar de nacimiento de Jorge Mario Bergoglio. Entre el destino turístico, las exigencias del franciscómetro y el eterno business del país telúrico, el gobierno porteño ideó el Circuito Papal, un city tour por los puntos que marcaron la infancia y adolescencia del hoy Papa en el barrio de los boliches, las pistas de patinaje sobre hielo y las aguafuertes arltianas. Un viejo hijo de Flores se sumó al tour y volvió en éxtasis. ¿Cómo es y cómo se muestra el lugar que vio nacer al representante de Dios en la Tierra?
El Circuito Papal es un invento argentino financiado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires que responde a un proceso natural: la transformación del Papa Francisco en una atracción turística. Los interesados tienen dos opciones semanales: un tour en micro que va de Flores a Monserrat en busca de “los lugares claves en la historia de Francisco” o una recorrida peatonal reducida a los cinco espacios que marcaron su infancia y juventud. Jorge Mario Bergoglio nació en Flores el 17 de diciembre de 1936 y desde el 13 de marzo de este año, se convirtió en la gran ofrenda del barrio hacia Occidente. Parado frente a la entrada de la Basílica San José de Flores, Javier es el engranaje municipal dentro de esta maquinaría turística y religiosa. Él es el encargado de guiarnos a través del Circuito y a simple vista se percibe como un hombre amable y resignado vestido con un polar amarillo. Cuando poco después de las tres de la tarde decide empezar “porque viene la auditoria”, somos tres las personas entregadas a su relato: una mujer oriunda de Miami, una joven estudiante de periodismo de la Universidad Austral que vino a hacer una *crónica* y yo. Yo soy el único que proviene del mismo barrio de Francisco. “Quiero ver cuáles son los lugares que compartí con el Papa, quiero mirar”, respondo, lo cual es estrictamente la verdad.
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Mi único miedo es parecer demasiado “progre”, demasiado fariseo. Soy sospechosamente joven, visto una cuidada desprolijidad y me muevo con la soltura cínica y liberal que sólo puede ofrecer el ateísmo. ¿Será el Circuito Papal una actividad turística más o es acaso el paso previo a la transformación definitiva de Flores y de toda la Argentina en un patriarcado medieval y cristiano levantado sobre un mar de shale gas? Voy a intentar pasar desapercibido.
El Circuito comienza ahí mismo, en la Basílica San José de Flores. A pesar de la década ganada, que le permitió a los bancos vecinos renovar sus fachadas y recuperar para la cuadra un cierto aire moderno y capitalista, la Basílica ofrece todavía una imagen levemente decimonónica: hay tres hombres durmiendo en las escalinatas, y el flujo incesante de personas no se asocia a la “indiferencia” sino a ese mismo devenir desclasado y medieval del ambiente. Hasta 1888, Flores era un partido que se extendía de Caballito a Liniers y del Riachuelo a la Paternal y para un porteño de entonces eso era “las afueras”. Cien años y pico después, el barrio parece guardar aún un espíritu impreciso con respecto a la big city: no tiene la identidad integrada de Caballito ni se funde en el fade conurbano de los barrios del Oeste; es apenas una división administrativa que busca su pertenencia entre los pliegues de una historia romántica y desfasada.
Allí Bergoglio encontraría su vocación. Nos cuenta Javier que en la primavera de 1953, un joven Jorge iba camino a un pic-nic cuando decidió hacer una parada extraña: movilizado por fuerzas mayores, entró a la Basílica y se arrodilló ante el confesionario. No era una actitud inusual en un hijo de familia católica pero habría de marcar la estela de su leyenda. Allí en el habitáculo, entregado a la sacristía de la reconciliación, Bergoglio recibiría el chispazo divino, una enigmática determinación a convertirse en sacerdote. Como una hagiografía preliminar, la historia del futuro Papa se va llenando lentamente de las causalidades y simbolismos propios de las vidas de los santos: Javier recita ese día como una iluminación celestial, un capítulo más en la serie de manifestaciones inevitables de una vida predestinada. Dice que podemos sacar fotos; estamos protegidos por el silencio reconfortante de la fe y el orden.
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La ucronía es inevitable: ¿qué hubiera pasado si el Papa porteño era consagrado durante la gestión progresista y secular de Aníbal Ibarra? Se nota la comodidad en el armado del recorrido: el texto memorizado por Javier funde la trama urbana colectiva con la vida religiosa de un individuo exitoso, y no duda en señalar que “la Argentina es un pueblo netamente católico” o que “el catolicismo es la religión oficial”, mientras describe puntos turísticos del barrio. Yo asiento. La dulce casualidad del amarillo compartido por el PRO y el Vaticano, hace que todo resulte un poco más fácil.
El siguiente destino es la escuela “Cnel. Ing. Pedro Antonio Cerviño”. Allí el pequeño Jorge cursó sus estudios primarios. Javier nos lleva cuatro cuadras por la calle Pedernera, y tras pasar la mítica heladería Palmeiras, la Universidad de Flores y esos comercios ignífugos que ayer recargaban cartuchos y hoy hacen trabajos dentales, se detiene. “Los hice parar acá para que vean estas casas, que son lo más parecido a cómo era el barrio en la época en que vivía el Papa”. Conozco esta esquina. Estamos en José Bonifacio y Varela, a 100 metros de donde viví durante más de diez años y donde aún hoy viven mis padres. Javier insiste: “Son las típicas casas chorizo, como las de los cuarenta, antes de que el progreso y la modernidad cambiaran todo”. Me cuesta abstraerme e ingresar en su relato. La Miami woman está fascinada con ese paisaje humilde y jesuita, que a mí me recuerda a la adolescencia en los años noventa. ¿De quién es el pasado? Javier repetirá varias veces eso del “progreso que arrasa todo”, como si en el fondo el tour fuera un paseo por la entropía irreversible de la modernidad, aquello que convirtió al Flores ingenuo que vio nacer a Jorge Mario Bergoglio en este Harlem blanco donde los reventados, los talleres clandestinos, la clase media originaria, los coreanos y judíos, el centro comercial, las villas, y los puteros lúgubres que aún no recibieron la caricia gélida del feminismo audiovisual, dieron forma a la figura sufrida y misericordiosa de este inesperado Papa Francisco.
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La pregunta no se incluye en el tour pero está implícita. ¿De quién es el Papa? Como en la política partidaria, acá también se tironea su figura. Es el logo perfecto de la presencia baladí del PRO en la comuna, el golpe de salud de una iglesia moribunda, y la cara sonriente y campechana con que los curas disidentes de la bella capillita Juan XXIII intentan compartir su mensaje de humildad con el barrio. ¿Es acaso Flores un territorio religioso? El rostro del Papa decora uno de cada tres comercios pero no hay banderas blanquiamarillas colgadas de los balcones. Utopía radical, el Vaticano es un Estado demasiado alejado para los habitantes de este barrio y sus hijos nos llamamos Jessica, Braian o Federico, y no Luján, Piedad o Felicitas. Flores vive el catolicismo como una extensión ingrávida del orden público y una rémora permanente de su pasado de gloria: Francisco parece menos una integración con el orden conservador que una forma segura y pacífica de reencontrarse con su identidad urbana.
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Javier hace apenas una mención veloz en la puerta del colegio: dice que su directora nunca imaginaba que sería “tan solicitada” por la prensa, y que allí también asistía otro argentino del mundo, el señor Alfredo Di Stefano, noticia de este 2013 por un mentado romance con una mujer varias décadas más joven. Es el impacto de los grandes relatos sobre las vidas pequeñas de todos los días.
El “potrero” es la siguiente escala, previo paso rápido y ad hoc por la Plaza Varela y la puerta de la histórica casona del poeta Baldomero Fernández Moreno. A esa altura el Circuito parece un simple tour por el barrio. Flores tiene sus hitos. Roberto Arlt lo describió en reiteradas oportunidades y hasta Daniel Melero lo homenajeó en su tema “Nazca”. Fue el escenario y tema de sendos libros de César Aira o Alejandro Dolina, dos escritores nacidos en la Provincia de Buenos Aires. Es cierto que Aira, por lo menos, es vecino, y se lo puede ver comiendo un helado de sambayón por ahí. Francisco por su parte es el nuevo referente del barrio, un nacido y criado que se volvió mundialmente famoso. Frente a la casa de Fernández Moreno, Javier nos dirá que a Bergoglio le gusta Dostoievski y la literatura en general. Parados en el playón de la YPF, nos contará la tarde en que fue ungido obispo. Las historias se superponen. Flores es un barrio como cualquiera que jamás gozó de infraestructura turística: a esa altura Javier nos pedirá varias veces que no saquemos fotos, para no poner nerviosos a los pibes de la plaza.
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El potrero de Membrillar y Francisco Bilbao es otra víctima del progreso. Del lugar donde peloteaba el joven Jorge hoy sólo queda una plaza seca y enrejada, bautizada con el nombre de una escritora anarquista de comienzos de siglo XX. Otro gesto de Francisco. Frente a la plazoleta está la casa de Carlos Salvador Bilardo. Por alguna razón, la gusana de Miami está obsesionada con San Lorenzo: lo menciona varias veces, como buscando el gen “popular” del Santo Padre sudaca, su propia genética olvidada en el cálido viento de la Florida capitalista. Francisco parece también eso: menos una amenaza al populismo, que su consagración como sentido común y fetiche tras diez años de tasas chinas e integración latinoamericana. Yo pienso que nunca vi un potrero y que no hay nada más jesuita que esa palabra que evoca humildad y “basismo”. Javier contenta a la mujer y habla de la pasión del Papa por el soccer. Los simbolismos del destino vuelven a aparecer: Javier nos recuerda que el día de la consagración de Bergoglio, su número de socio de San Lorenzo salió en la quiniela vespertina; en la nocturna salió el 88, “El Papa”. La gusana explota en éxtasis.
De allí hace unos metros hasta el “Solar de la Infancia”. Se entiende la sincera desilusión turística de Javier: el hogar donde pasó su infancia el Papa es hoy una casa de clase media, con ladrillo a la vista, puertas Pentágono y un sistema de alarmas de monitoreo satelital. Lo único que pone a la historia en su lugar, es una placa conspicua y seca de la Legislatura Porteña. “En esta casa vivió el Papa Francisco”, reza. Todos les sacamos una foto e imaginamos cómo sería.
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En la novela El sueño, César Aira cuenta la historia de tres personajes: Mario, el hijo de un diariero de Flores, Lidia, una mujer alojada en el refugio para madres solteras que solía estar junto a la escuela Virginio Grego, y Elena, una dura monja superiora del Colegio de la Misericordia. Como toda novela de Aira, lo que empieza siendo un relato de tintes realistas, recostado sobre una prosa fluida y precisa, acaba entregado al delirio libertario de su autor. La costumbrista historia de amor se convierte en el centro de una conspiración tecnológico-religiosa que se salda con la batalla de dos inmensas monjas robot sobre la esquina de Directorio y Camacua. La novela es mucho más interesante de lo que puede sugerir este resumen.
En esa misma esquina termina el Circuito Papal. Allí, en el Instituto Nuestra Señora de la Misericordia, el Papa comulgó por primera vez con Dios. Javier nos detiene en la ochava, donde esta pintado el escudo de la congregación. Nunca había reparado en esa leyenda fabulosa que la decora: Cuore a Dio, mani al lavoro. La religión es también esa mano callosa y necesaria que te despierta del sueño y te manda a laburar. Después de una hora y media de caminata, el Circuito llega a su fin. Fuimos al encuentro del otro, como pide el Papa, y nos volvimos cada uno a su casa. El Circuito Papal es una política turística azarosa y rudimentaria; es también la inesperada consagración de un barrio complejo y atravesado por desigualdades de todo tipo que ahora verá pasar desde el barro de la Plaza los contingentes de turistas. ¿Será el Papa Francisco la transición hacia una nueva etapa conservadora, popular, que camina siguiendo el paso apelmazado del pueblo? Es probable que ni Dios ni el PRO tengan la respuesta.








1 COMENTARIO
sergio
Como diria Botana, porque no a-cogerse a los beneficios del Catolicismo, uno no sabe lo que puede pasar, antes de morir te lavas los pecados y vas directo al cielo, eso es lo que hace Macri…
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