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LA MALA LECHE

Argentino hasta la muerte

Martín Rodríguez
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1. Los católicos practicantes, los activos políticos, el periodismo sabían quién era Bergoglio antes de que sea papa. Su nombre no dejaba de pertenecer al “círculo rojo”, entendido como denominación de un microclima, tal como Durán Barba le enseñó a Macri y Macri aprendió mal. Bergoglio era querido también –y mucho- a través de la práctica de los curas de villas y sus poblaciones beneficiarias, sobre todo en las villas de la ciudad de Buenos Aires a quien consagró una de sus gestiones: la conformación de la Pastoral de Villas de la CABA. Este “dato social” pasó desapercibido no tanto por el impacto real de esa presencia sino por el perfil político de su proyección y la mancha venenosa que amenaza toda biografía: “¿qué hiciste a partir del 24 de marzo de 1976?”. La pregunta una vez que se acepta su rol político y su legitimidad, desde el punto de vista democrático, debería ser: ¿se trata de una Iglesia que pide más Iglesia o de una Iglesia que pide más Estado? No son divisiones sencillas, pero a groso modo esa respuesta es mucho más lineal en la vertiente conservadora que expresa el Monseñor Aguer. 2. Se nota que Bergoglio quiere morder la manzana de la Historia. Parece contrario a la imagen del miedo escénico que surgía en la película Habemus papa, de Nanni Moretti, cuando cada cardenal sollozaba para sí su deseo de no ser papa. “Que no sea yo” le rezaban al Dios verdadero quienes –una vez que eran elegidos- lo debían invocar. 3. Bergoglio rompe los protocolos como un político: con cálculo, con eficacia y con prudencia. Alfonsín, Menem o Kirchner fueron otros grandes especialistas en mostrar que las vallas, las rutinas, los discursos leídos, les eran incómodos. Para bien o para mal, la política argentina de la democracia es una política de sucesivos ensayos de representación que terminaron con un plus: la sobrerrepresentación. ¿Qué sería esto? No se me ocurre otra fórmula didáctica más que esta: ser el todo y ser la parte a la vez. Entender la representación como el pasaje a un lugar donde se articula, digamos, la totalidad, y esa totalidad es un peso sobre la conciencia republicana: “tengo que alcanzar a ver todas las olas del mar, oír su rumor, compaginar su orden, sus luchas y armonías…” Y a la vez: hundirse en el mar. Ser parte del mar. Saltar sobre la multitud. 4. Hace unos años, desde la moda de la fumata blanca y la fumata negra, los papas parecen emerger desde el exacto punto terrestre en el que fue constituido su poder. Se acabó el aura divina, esa espiral invisible que colocaba a un hombre, un cardenal silicio “ahí”. Las “fumatas” conformaron la metáfora perfecta de muchos otros poderes, sean mafiosos, políticos, sindicales o empresariales. El humo blanco del consenso es una cocción del poder de los hombres, el humo negro es la vigilia de una discordia. 5. Para bien y para mal este papa argentino nos ofrece una versión completamente accesible de uno de los poderes del mundo. Algo parecido pasó por distintas razones con el poder y la década kirchnerista: se volvieron reconocibles sus “tras bambalinas”. Política al desnudo. 6. Podría decir que es una sensación extraña que se acentúa en el tiempo: nunca volveré a entender tanto a un proyecto político como al kirchnerista. Y no hablo de adhesión o rechazo, me refiero más a un entendimiento subjetivo: comprendo su psicología, su narrativa de la historia, su oscuridad, su maniqueísmo, etc. 7. El kirchnerismo puso la política a tal temperatura, hasta mostrarle a una parte enorme y sensible de la sociedad no sólo lo que le molesta del kirchnerismo sino todo lo que en realidad le molesta de la política. Su forma totalizadora, hegeliana, no dejó intacto a nadie. Si el kirchnerismo toca su noche también lo es mostrando un límite alcanzado por la “politización”, y esta vez, sin que corra sangre. Con las vueltas de página “desagradecidas” de la democracia. 8. Y por lo pronto, insisto, “en mi caso”, puedo ser o no ser kirchnerista, no importa ahora, lo que no puedo –lo que no podré nunca, como miles eh- es dejar de tener la estructura de sentimientos del kirchnerismo: ese lugar donde militancia, familia, economía y tragedia componen su cuita jodida. ¿Y qué es eso? Creo que se entiende… ¿no?