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FRONTERAS

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No lo dejes apagar

Ni a Palos
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Si bien a esta altura del partido resulta difícil saber si “conflicto en Medio Oriente” forma parte de una etiqueta producto de la coyuntura o si va camino a convertirse en una sección en si misma para la prensa escrita, las tensiones en la región, tanto internas como externas, se convirtieron en un dato ineludible de la política internacional en los últimos años. Mirado desde un plano, buena parte del arco sur y oriental del Mediterráneo padeció o padece una situación de severa inestabilidad. Túnez, Libia, Egipto, -y Bahrein y Yemen con desenlaces todavía inconclusos-, desde octubre de 2010 padecen los sacudones de un movimiento que empezó con rasgos muy modernos y ciudadanos pero que esconde una paradoja. Es que mirado en perspectiva, la llamada revolución democrática árabe, con su convocatoria desde las redes sociales y en reprobación contra gobiernos que llevaban varias décadas en el poder, parecen tener como resultado el fortalecimiento del fundamentalismo musulmán en detrimento de regímenes que con sus puntos oscuros, constituyen los más laicos y modernizantes de la región.

Hasta ahora, los alcances del remedio propuesto por la comunidad internacional –es decir, ese pequeño grupo de países que se consideran a sí mismos como garantes del orden internacional-, demostraron ser peores que la enfermedad. Basta ver cómo está Irak luego de la invasión y la caída de Saddam Hussein o Egipto desde la caída de Mubarak. Lo cierto es que hoy, nuevamente los ojos del mundo están posados en Medio Oriente, ese mundo que desde estas tierras empezamos a conocer con un poco más de interés a partir de ese contrapunto entre oriente y occidente que se originó con la caída de las Torres Gemelas y que pareció entrar en un impasse a partir de la caída en desgracia de sus principales protagonistas: George Bush y Bin Laden.

Sucede que una vez finalizado ese contrapunto, tan falto de relato como gravoso para la humanidad, se inauguró en la historia un período de esperanza signado, entre otras cosas, por las promesas antibelicistas de un Obama galardonado con el Nobel de la Paz.

Lamentablemente, ese período de esperanza alumbrado especialmente por el contenido de su discurso pronunciado en la Universidad del Cairo donde prometió relanzar la relación de su país con Medio Oriente, duró poco. En los últimos días, varios gobiernos –especialmente Estados Unidos y Francia- consensuaron un lugar para darle un shock a la industria armamentista y blanquearon su intención de emprender una acción militar contra el Gobierno sirio, al que consideran responsable de los supuestos ataques con armas químicas del 21 de agosto. Dos años después, y casi con 100.000 muertos desde que comenzaron las protestas, el gobierno norteamericano parece decidido a intervenir y ya llevó al Congreso su propuesta de ataque. “Ni una sola bota de soldado estadounidense pisará suelo sirio. No habrá un compromiso indefinido. No se asumirán las consecuencias de la guerra civil de un país”, afirmó Kerry, Secretario de Estado norteamericano.

La acusación de Estados Unidos fue negada por el propio Presidente sirio y lógicamente muchos recordaron las promesas que justificaron la invasión a Irak, donde también se acusaba al gobierno de Hussein de tener armas de destrucción masiva. Como era de esperar, el acompañamiento internacional no fue el esperado. Rusia, China e Irán y una buena porción de los países que integran el G20 se mostraron reacios a una intervención unilateral y hasta el Papa organizó sus jornadas de oración y ayuno en contra de las “guerras comerciales para vender armas”. Al cierre de esta edición, Obama puso paños fríos a lo que parecía una decisión tomada y aceptó analizar la propuesta realizada por Putin y avalada por Siria, de dejar bajo control internacional sus armas químicas. Algo que por poco que parezca, no deja de ser una buena noticia para un mundo que todavía está a tiempo de demostrar que su techo cultural no sigue siendo el que canonizó Stallone con su interpretación de Rambo.