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FRONTERAS

  • hormigas

La internacional argentina

Emiliano Flores
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Los científicos las llaman Linepithema humile pero es sólo para sentirse importantes a los efectos de seguir alimentando la burocracia de los papers que garantiza su reproducción. Son, en realidad, hormigas: insectos de unos tres milímetros de longitud, de color marrón oscuro, medio miligramo de peso y están dotadas de un par de largas antenas con las que tocan y huelen todo lo que les llama la atención o quieran llevar al hormiguero. Unidas, y sumamente organizadas, forman la mayor colonia de hormigas de que se tiene noticia en el mundo. Su expansión supera la veintena de países y hay registro de su presencia en los cinco continentes. Son extremadamente agresivas con sus pares y su don para la guerra y adaptación al medio las convierten en una de las especies invasoras más peligrosas del planeta. Como el resto de los insectos invasores, compiten por el control del alimento y del territorio. Por eso, cuando se encuentran con una de su especie que tiene otra clave química -es decir, que pertenece a otra colonia-, se trenzan en un combate que suele finalizar cuando una de las dos muere. Ese comportamiento se registra en su ambiente natural, en su patria. Pero hay algo que distingue a esta especie de hormiga del resto de los insectos invasores. Y eso es que en el exterior, dejan de lado las internas para agruparse en supercolonias que se extienden por kilómetros y kilómetros de canales subterráneos. Hay registro de una colonia de linepithema humile que une Italia, Francia, España y Portugal, extendiéndose por algo así como seis mil kilómetros. Su comportamiento, fuera de su suelo originario, pasa a ser absolutamente cooperativo. Colaboran entre sí, se reproducen y desplazan a cualquier otra especie que se interponga en su camino.

Naturalmente, el nombre popular de dicha hormiga debió haber sido la hormiga peronista. O, si nos ponemos un poco solemnes, la hormiga justicialista. Pero faltos de creatividad, o temerosos de los insultos que les hubiera propinado Antonio Cafiero ante tamaña ofensa al movimiento histórico que transformó la argentina, los biólogos bautizaron a esta especie como hormiga argentina, por haber encontrado su colonia primigenia en las costas del Paraná.

El panorama no podía ser peor: compartiendo los derechos de autor del tango con nuestros hermanos rioplatenses, agotada la posibilidad de que la doctrina de la tercera posición dote de amor y de igualdad al capitalismo salvaje y concluida la etapa luminosa del nacido en Fiorito con la que buscamos transmitir algo de mística al fútbol inanimado que vemos en el cable, la hormiga argentina constituyó, por años, la única posibilidad cierta de proyección internacional que tuvo nuestro país.

Pero la historia, decidió darle a los argentinos otra posibilidad de enseñarle al mundo parte de lo que podemos ser. Esa posibilidad se llama Francisco y se trata de una forma categóricamente más humana que la proyectada por el insecto. Y empezó, como la hormiga argentina, conquistando Brasil. Ese territorio que, dejando un poco de lado los constreñidos logros de Juan Pablo Sorín, supo mostrarse como uno de los lugares más esquivos al abrazo férvido del sentir nacional. Las comparaciones son odiosas, pero sólo un capitalista delirante podría pensar en hacer dinero vendiendo camisetas de la selección brasileña en una ciudad argentina. Sin embargo, Francisco logró el milagro de convertir en millonarios a los buscas que vendían la albiceleste en plena rua de Copacabana.

Quienes conocen la política de la Santa Sede buscan, obnubilados, interpretar cada gesto tratando de responder si lo que viene es una Iglesia más aggiornada o una reforma más profunda. Los que apenas nos importa el intríngulis palaciego del Vaticano, en cambio, buscamos respondernos algo mucho más banal pero también mucho más reconfortante: ¿es Francisco, acaso, la posibilidad real y definitiva de dejar la marca civilizatoria del fin del mundo en una pequeña pero significante porción del devenir de la humanidad? Preguntas, todas, para responder con algo de fe.