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FRONTERAS

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Por las ramas

Ni a Palos
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“Las visiones ocurren en momentos de asombro o fascinación con algún tema”, dice amalita39, usuaria de Yahoo! Respuestas, una red social algo postergada y verdaderamente alucinante. “Muchos no creen porque, en general, suceden en momentos en que la persona se encuentra sola”, agrega, seguramente, animando a que los usuarios califiquen su respuesta con un excelente. Debe ser cierto, aunque en mi caso siempre creí que una visión me iba a encontrar en casa, solo, sentado, leyendo la Rolling Stone o alguna otra revista, con la puerta del baño abierta, como corresponde a este tipo de situaciones. Pero no, me encontró en una noche destemplada y ventosa, prácticamente solo, pedaleando por la bicisenda y reflexionando sobre la capacidad de asombro que, claro, está en niveles altísimos. Tanto, que en este preciso instante me encuentro fascinado de cómo el viento, así de frío, después de un rato de pegar en la cara, tiene un efecto que se siente tan sólido como anestésico. Confieso que me confunde un poco si esta capacidad de asombro es algo mío, personal, o si, en realidad, se trata de algo más social, como la manifestación más cabal de que los argentinos asistimos, sin darnos cuenta, a una fantinización del cuerpo social tan intensa que nos hace, ante las cuestiones más obvias, reaccionar diciendo “pará, pará que anoto”, y haciendo el acting de quien toma nota, repite, “vos decís que hay empresarios buenos y hay empresarios malos, cómo es eso, contame”. Lo cierto es que la relativa soledad que regala la bicisenda a esa hora de la noche, la elevada capacidad de asombro y el efecto relajante del viento sobre la cara, generaron las condiciones objetivas para que se aparezca ante mí una imagen que casualmente remitía a uno de los temas de la semana: la toma de los colegios secundarios. Sería bastante simple decir que la imagen que se me hizo presente era la de la mística de los estudiantes, muchachos y muchachas de entre 15 y 17 años, durmiendo en el piso, haciendo su primera experiencia política, colectiva, contra el poder representado en este caso por las autoridades a nivel general. Pero estuvo lejos. También estuvo lejos la imagen de Gustavo Bazzan, uno de los padres del Buenos Aires que narró, con limitados argumentos, sus peripecias en una asamblea en la que propuso la moción de levantar la toma, para votar en la más absoluta soledad, gesto que demuestra, no sólo que esa soledad desapasionada puede generar tanta o más mística que la de los pibes morando durante días en el colegio “en defensa de la educación pública”, sino también, que en esa empatía con los medios, se esconde la consagración definitiva de un prototipo de hombre que llevaba años en gestación. Ese que, conservando ciertas marcas juveniles, aunque pase los cuarenta, se aleja del bronceado caribeño y las prendas Siamo Fuori que lo podrían confundir con un ex deportista para inclinarse por un look más cercano al winloser: profesional, tímido, sofisticado, pero no para impresionar sino para reivindicar el aura de quien hace del consumo sustentable de las ofertas de Garbarino, una causa de vida. En fin, regresando a la visión, tampoco estuvo vinculada a los destrozos que un puñado de muchachos “de espaldas al movimiento estudiantil”, vale aclarar, le propinaron a la Iglesia San Ignacio de Loyola. Lamentablemente, la visión me remitió a una de las imágenes más patéticas que dejó la toma: la de los ultranacionalistas católicos que se hicieron presentes con voluntad de hacer justicia frente a la profanación de la Iglesia. ¿Será esa aparición la manifestación de un mensaje? Probablemente no. ¿Será, la imagen de los fachos, el reflejo de una toma que no termina de irse por las ramas? ¿o es, simplemente, el mecanismo de una sociedad hipermediatizada que ante cada acontecimiento social encuentra la posibilidad de exponer, de forma descontrolada, lo enrevesado de sus expresiones? No sé, mi paseo va llegando a su fin y sería bueno que coma algo antes de seguir yéndome por las ramas.