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LA MALA LECHE

Ley

Sofía Mercader
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“En la villa no hay ley”, le comenté una vez a un amigo que me preguntó sobre el tema. Él se quedó pensando, repitió: “en la villa no hay ley”.

La primera villa a la que entré fue la 20, en Lugano. Fui con un amigo que militaba en un MTD, ahora trabaja en el AFSCA y también se dedica a abrir locales de Nuevo Encuentro por la comuna 15. Me acuerdo que el MTD eran 2 o 3 personas que te hacían sacar la batería del celular cuando estabas en una reunión con ellos. Iba a esas reuniones también un dirigente de la villa al que años después me lo encontraría en la Legislatura, lo saludé recordándole que lo conocía, obviamente él no a mí.

En la 20 el enemigo número uno era un tipo que se llamaba Villar. Con ese nombre era imposible no hacerse una imagen de narcotraficante asesino con guardaespaldas de 2 metros a su alrededor, una especie de zé pequenho blanco, o de rasgos andinos. Nunca lo vi a Villar, pero siempre me quedó la idea de que era muy malo, y también la idea de que debía haber un Villar en cada villa.

La villa no me impresionó tanto, recordaba lugares parecidos que había visto en mi vida: algunas casas precarias de compañeros de la primaria, barrios del conurbano en los que vivían los albañiles con los que trabajaba mi papá, algunos lugares que quizás había visto en Misiones, cuando yo era muy chica y mi familia tenía una casa ahí. Lo que ahora pienso es que algunos lugares del conurbano son un poco más abiertos, más bajos, más tranquilos. La villa de la ciudad es amontonamiento, pasillos sucios, escaleritas caracol para subir a la pieza de arriba.

La segunda villa que conocí fue la 21-24 de Barracas. Como en mi primera experiencia, no tenía muy claro por qué estaba yendo ahí, me lo habían propuesto y me sumé, lo que implicaba levantarse temprano los sábados a la mañana, tomarse dos colectivos, llamar a alguien para que te vaya a buscar a la entrada, llegar al lugar. Siempre me sentí un poco invasora, las villas son como un pueblo en el que todos se conocen, y como en todo pueblo, si caés un poco de la nada naturalmente te van a mirar mal, a desconfiar.

Siempre el asunto era la “organización” de los villeros. Las asambleas, las reuniones, tratar de que las personas se “sumaran”, hacer actividades, proyectar películas, jugar con los chicos, armar el torneo de fútbol, hablar con los vecinos, que te contaran anécdotas que nunca entendías del todo (no se quién dijo no sé que cosa, fulano fue a amenazar a mengano, etc.).

Después entendería un poco más cómo funciona esa mecánica: está en Ciudad de Dios, está en Elefante Blanco, está en una película muy clase B de unos chicos de la 21-24. También me contaría un poco mejor después mi último novio, que era de la 31. En las villas no hay robos, no hay violaciones (quizás sí dentro de una familia), pero hay guerra de bandas. No hay una razón mucho más alta para empuñar las armas que la de la diferencia de barrios adentro de la villa. Si sos de tal barrio no podés pisar tal otro, y viceversa. El día en que uno cruzó la línea, allí fueron los otros con sus armas a hacerle saber que ese no era su territorio. El día que uno es asesinado, empieza el ajusticiamiento y así hasta que alguno da el tiro de gracia. Después queda la guerra latente.

Yo trataba de entender eso, encontrarle alguna razón. Así como también trataba de entender por qué las hermanas de mi novio preferían tener hijos y quedarse en su casa. Un amigo que trabaja en una escuela pobre dice que es tanta la violencia que tener un hijo da cierto resguardo. También tener hijos, matar a alguien, exponerte a que te maten, tiene que ver con la perspectiva de futuro que tenés. A algunos nos hicieron pensar que hay que mirar para adelante, pensar qué vas a hacer, quién vas a ser en el futuro, a cuidar tu vida. A otros no. Me cuesta ese límite, porque a veces, pienso: ¿por qué es mejor lo mío y no lo otro? Y después siento que es todo lo mismo, y me pierdo en la diferencia entre el bien y el mal. Quiero entender por qué a algunos no les parece tan terrible la sangre derramada. Y entonces cuando lo entiendo, ya perdí todo punto de referencia posible, y justifico todo. Y vuelvo: en la villa no hay ley. Te mataron un hijo, o te vengás o le vas a cantar a Gardel. En la villa no hay ley. Hay Asignación Universal, hay personas que trabajan en blanco, hay planes, pero no hay ley.