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LA MALA LECHE

Salud de la República

Martín Rodríguez
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La salud a la presidenta le hizo delegar y el país no se hundió. Los días de Boudou sirvieron más para adobar el humor político que el humor social. No obstante, al final de cada día, nos llega la cifra de reservas que el periodista Tomás Bulat tuitea, un recuerdo del “riesgo país”. ¿Cuál es la crisis, en qué consiste, cuál es el diagnóstico? Se dicen cosas a la vez, en paralelo, superpuestas. Pero el reloj de arena de la economía se ubica ahí: en las reservas.

El cambio de gabinete compactó al gobierno. Jorge Capitanich y Axel Kiciloff se junan. El más joven fue asesor del más viejo, incluso cuando a Axel el kirchnerismo le generaba más dudas que certezas. Como buen marxista, el conflicto con el campo se las despejó. Se fue Moreno, Marcó del Pont y Lorenzino, se limpia el terreno para que la economía no tenga tantos “puntos de vista”. El rompecabezas falló.

Dicho esto… hablemos de Moreno.

Mi vecino, “el hombre de al lado”, el despachante de aduanas que vive solo y del que hablé alguna vez en esta columna, fue compañero del “Napia” (así lo llama) en los años 80. Habla bien de él. Habla de un humano. Y sin embargo hay algo en la media sonrisa de mi vecino cuando lo nombra que creo adivinar: reconocer la distancia entre la persona y el mito. Para él Moreno puede ser un rosquero, un guapo, un pan de Dios. Pero nunca “eso” que se dice.

Moreno es la leyenda política más autoconcientemente construida desde 1983. Uno tiene la impresión de que trabajó como un obsesivo de la gestión, del detalle, Axel Kiciloff lo describía como un ferretero, que sabía dónde, en qué cajón, se guardaba cada clavito de tamaño X. A la vez, su pasión por el derrame de leyenda ensalzó el único personalismo que los Kirchner toleran a su lado: el de los que son capaces de incendiarse, de quemar todas las naves. Un energúmeno a lo bonzo que hace reír en palacio, pero cuyo fuego también pudo quemar algunos puentes con las mayorías que miran sin gracia las gracias lejanas. Porque los temas de Moreno eran los temas de la justicia social: LA CARNE ARGENTINA. Moreno impuso ese tic de incorrección, de funcionario 24/7 que personaliza todos los debates, que posa de barrabrava, que se enamora de ser un “feo, sucio y malo”. Fue el más enfático en disputar al papa, era el más “ni yanqui ni marxista” de un gobierno que imaginó siempre a su izquierda “la pared”. Moreno fue un “malo bueno” (injusto y guarango con los injustos, los que creen que tienen derecho natural al buen trato y a la sumisión), fue un esotérico (un kirchnerista católico), y fue un simulador de una violencia incomprobable (¿realmente más allá de ese vozarrón nasal daba miedo?). El funcionario de trato directo, despectivo, pero justiciero era intachable. Y obligaba a que propios y ajenos hicieran esa distinción: no es corrupto. Como cuando la presidenta, delante de todos los ahorristas en dólares (sus funcionarios), le preguntó en tono cómplice: “¿Moreno, usted ahorra en dólares?”. Yo no, decía con el gesto, sonrisa pudorosa, un nativo entre millonarios. Abría las manos. Tengo las manos limpias de dólares. “¡Tienen las manos sucias de sangre!”, les gritaba a los periodistas de Clarín en un cóctel en La Embajada. Su problema eran las manos: la mano invisible del mercado, la mano negra del Estado. El mercado central y La Salada eran sus vicios, su ring de titanes de la economía real. Su diplomacia “alternativa”: Argentina tuvo dos hombres en Angola, Guevara y Moreno. Su excesiva conciencia para autonarrarse, es decir, para conseguir amplificadores de sus chistes y exabruptos de palacio también lo condenan a ser, en el futuro, un personaje peronista en busca de un autor. Porque, como a muchos, la cuenta del producto de poder por sobre el consumo de poder le da deficitaria. Su integrismo piantavotos, su simpatía exclusiva entre propios, su pasado militante modesto, porteño, en Las Cañitas antes de ser «Las Cañitas» pero sin ser La Matanza, lo obligará a ser el pensionado de un papel, de un chiste, de una política de justicia sin tantos logros, porque trabajó para el bien de barrios humildes en los que podría caminar sin ser reconocido.