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DIARIO DE BICISENDA

Un paso adelante, 33% atrás

Emiliano Flores
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Hay hombres que buscan explicar la coyuntura desde lo último para ordenar todo en clave de cuento en el que los buenos son buenos y los malos muy malos. Ésos son los que intento evitar. Hay otros que piensan que la mayor parte de los problemas del país son discursivos y suelen embarcarse en batallas semánticas para evitar decir la palabra cepo dejando de lado que el problema es que existe un mercado paralelo de divisas. Ésos son los que más aburren. Están los que, con algo de cinismo y mucho de creatividad, señalan las contradicciones que afloran en la coyuntura turbulenta, mostrando sin compasión el lugar exacto en el que estamos situados: en el medio de una grieta que ni en pedo divide a la sociedad en dos, pero que alcanza para que filtre humedad en la pared recién pintada de blanco. Ésos suelen tener cuenta de Twitter y son los que disfruto leer. Y están los que, por lo general, sufren cuando analizan los problemas pero, cobijados en un materialismo histórico para nada visceral, ayudan a entender por donde pasa la disputa de intereses. Ésos son los imprescindibles a la hora de pensar qué hacer en este contexto.

Tuve la suerte de cenar con uno de los últimos un día después de la reaparición de Cristina a la escena pública. El clima de la cena podría haber sido de celebración, no nos veíamos desde hacía un tiempo y, después de todo, Cristina se veía bien de salud y su regreso vino de la mano de un programa sumamente coherente con la defensa de los sectores a los que el gobierno pretende representar: el Progresar, un programa que prevé un ingreso mensual de $600 a jóvenes de 18 a 24 años exigiendo como contraparte certificados de estudios a nivel primario, secundario, terciario o universitario. Según lo anunciado durante el lanzamiento, el universo sobre el que se espera extender la cobertura es de un millón y medio de jóvenes, alrededor del 30% de los que se encuentran dentro de esa franja etaria. Una política pública más, dentro de una serie de políticas públicas en las que se encuentran la ampliación de la cobertura jubilatoria para alcanzar al 93% de los adultos mayores, la Asignación Universal por Hijo, el Plan Conectar Igualdad y los créditos del Procrear. Iniciativas cuyos denominadores comunes son la protección de los más desfavorecidos con criterios de asignación transparentes y eficaces en cuanto a los tiempos de implementación. Se trata de un programa dirigido hacia un segmento de la población en el que tasa de desempleo triplica los registros que existen a nivel nacional. Se sabe que un programa de este tipo, en el corto plazo, no puede servir para mucho más que para cortar las cadenas de exclusión. Pero aún así eleva los estándares de la discusión y permite, por ejemplo, pensar una política de becas universitarias sin la urgencia de la inclusión.

Como dije, pese a lo bueno del Progresar, el contexto de la cena estuvo lejos de la celebración. Claro, es que seguido del anuncio del flamante programa, como todos, nos anoticiamos de la devaluación. Una devaluación que acumula un 33% en los últimos dos meses y que significa una transferencia de ingresos importantísima a favor de los exportadores. Pero las explicaciones de la devaluación no hay que buscarlas en el momento en el que se dispara el dólar. Menos aún, en las elecciones de octubre pasado. La explicación, siguiendo a mi amigo, hay que buscarla en la derrota sufrida en el año 2008 con los sectores exportadores. Ese momento es cuando los sectores que controlan el comercio exterior se quedan con una de las herramientas clave para el desarrollo: la generación de divisas. Por eso, tal vez lo mas importante del programa Progresar no sean los alcances de la previsión, sino el mensaje que dio el gobierno en un contexto de contracción de la economía y en un momento en el que hay que empezar a cuidar el gasto. Y el mensaje fue bastante claro: pase lo que pase, vamos a seguir ayudando a los que menos tienen.