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LA MALA LECHE

Es la tarea, es la tarea, es la tarea…

Martín Rodríguez
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Hecho maldito para un credo laico. La devaluación tuvo algo del impacto del papado de Bergoglio. Algunos… no-la-podían-creer. Una pregunta era cómo llamar a eso: a una decisión de política económica llena de daños colaterales. Y se hizo oír el trueno de las viejas corridas cambiarias y enemigos llamados por la presidenta como “los mismos de siempre” (sic). Seguir hablando de los problemas de comunicación de un gobierno que lleva más de diez años en el poder es –de mínima- seguir nombrando mal un problema. Que la economía no es la feria de la parroquia se sabe, tanto como que las teorías conspirativas no explican todo. El gobierno tomó una decisión de la que tendrá que hacerse cargo más allá de las cargas simbólicas y de cara a las mayorías damnificadas.

Reproduzco dos fragmentos de notas que salieron tras la decisión del gobierno.

Una, de la Agencia Paco Urondo, de insospechable cinismo, en el editorial del lunes 27 de enero, y que tuvo altísima repercusión también en medios opositores. Ahí se pudo leer: “Una devaluación tan aguda es una bruta transferencia de ingresos a los grupos exportadores. En mayor medida a los agropecuarios y en menor a los grandes industriales. Este instrumento -la devaluación no controlada- siempre va en detrimento de los sectores populares y de la masa trabajadora.” Los amigos de la agencia apuntan la forma de contrarrestar el daño: “El kirchnerismo, como movimiento que lleva adelante los destinos económicos del país, cuenta con algunas herramientas como para poder amortiguar los resultados que acarreará esta decisión: Asignación Universal por Hijo, el reciente plan lanzado Progresar, la suba del Salario Mínimo Vital y Móvil, el aumento de las jubilaciones y las paritarias. // Pero debido a lo dramático de la medida, es urgente una batería mayor de medidas que contrarreste lo decidido. Esto es: más ingresos directos a los sectores populares. Seguramente existan, en el flamante equipo del Ministerio de Hacienda, quienes puedan diseñar estas respuestas. Valgan estos ejemplos de la historia nacional: suba de retenciones, la Junta Nacional de Granos, gravar la renta financiera. Además, actuar sobre la problemática de los subsidios a las tarifas de gas y electricidad, donde el Estado aún no ha podido discriminar entre quiénes los necesitan y quiénes no.” La preocupación detalla un lugar: el de quienes pueden discernir qué decir, contra quién decirlo, sabiendo que es exactamente en ese receptor de donde sigue dependiendo la suerte y verdad de la vida de los pobres. Critican al gobierno sabiendo que lo mejor se espera del gobierno, sin eludir la raíz del hecho: la devaluación.

El segundo es un texto aparecido el martes 28 de enero, en el conocido “Blog de Abel”, donde el mismo compañero Abel escribe un post llamado “Después de la devaluación”, y donde –fiel a su estilo- repasa y ralentiza la velocidad del análisis. Abel dice quién es (“Soy peronista, apoyo a este gobierno”) y también dice: “No estoy en favor de la devaluación como herramienta: es una medida con un costo social y político importante, que no soluciona nada en el mediano plazo, porque las variables vuelven a su cauce previo. El camino es disminuir costos y aumentar la productividad. Pero esa es una conclusión teórica: No tengo la responsabilidad de la decisión. Si la tuviera, tal vez la situación de las economías regionales, la disminución de las reservas, la brecha con el dólar ilegal, me hubiera obligado a esa misma medida de emergencia. Dije otras veces en el blog: Los gobiernos no deciden devaluar; lo hacen cuando no pueden evitarlo).” Insisto: a Abel no se le caen los anillos para decir lo que ve. Y para decir que lo que ve no es lo que desea. Y cierra su post: “El juicio definitivo sobre esta devaluación, y sobre el equipo económico, dependerá de la capacidad de controlar la inflación. Con las herramientas – no conviene dejarse llevar por la fantasía – de un gobierno democrático, en el último lapso de su mandato, que debe tomar en cuenta a los gobernadores, con influencia en el Congreso, y, por supuesto, a los sindicatos, que deben responder a sus afiliados. Tiene a su favor, estimo, que, justamente, a estos actores les conviene un encauzamiento razonable de la situación. Aún así, la tarea requerirá prudencia y muñeca. O volverá a ser necesaria, a breve plazo, una nueva devaluación. En esto, estimo, se juega la continuidad del ministro Kicillof. A pesar de la reluctancia tradicional del kirchnerismo a cambiar sus funcionarios, un fracaso en la tarea, me parece, exigirá que sea el fusible”.