inicio > Jesús Zulaika

ENTREVISTAS

  • Jesus Zulaika

Jesús Zulaika

Sebastián Rodríguez Mora
Agrandar fuente Achicar fuente

Anagrama es quizás una de las editoriales más distintivas del mercado de habla hispana. Con su catálogo, fundó una ética y una estética, y homogeneizó una épica de lo “alternativo” que le permitió convertir a sus libros en credenciales sociales y objetos de consumo. Consagrada como marca e ideología, Anagrama es también reconocible por sus traducciones, ese estilo castizo, por momentos demasiado cargado de “capullos” y “pollas” para el lector sudaca, pero siempre dueño de una impronta y una forma de leer la literatura que formateó la cultura hispanoparlante de los últimos veinte años. Jesús Zulaika es el responsable de muchas de sus traducciones: Amis, Carver, Wolfe, Mailer, Faulkner y Dos Passos son algunos de los autores que pasaron por su tamiz. En esta entrevista habla de su formación, recuerda el rol del mundo editorial en la España franquista y detalla el trabajo del traductor, el fantasma oculto -y por lo general muy golpeado- detrás de todo libro.

¿Cómo comenzó su carrera de traductor?

Siempre me ha apasionado la literatura. Estudié francés en el bachillerato e inglés en casa con profesores particulares. A los diecinueve años, mientras estudiaba Derecho y Economía en la Universidad de Deusto de mi ciudad natal (Bilbao) y espoleado por el existencialismo de Sartre, viajé a París a finales de abril, en autostop, y una vez allí me encontré con que -sin que nadie hubiera solicitado mi concurso- estallaba en las calles del Barrio Latino lo que andando el tiempo se llamaría Mayo del 68. Al año siguiente el viaje fue a Inglaterra, donde poco después del verano el Central Bureau for Educational Visits and Exchanges me contrató como Assistant of Spanish Language en el Sixth Form College de la ciudad de Preston. Pasé un año impartiendo las clases de pronunciación española, y a partir de entonces quedé ganado para siempre para la hermosa lengua de Shakespeare. Al volver a España inicié mi andadura intelectual y laboral en Barcelona, donde traduje mi primer libro, del francés (La press, le pouvoir et l’argent, de Jean Schwoebel). Desde entonces, con interrupciones (a veces de varios años), y con fidelidad, he venido ejerciendo este oficio con dedicación exclusiva.

¿Cuánto tienen que ver las ediciones de Losada que se leían en la España franquista de los sesentas en el amplio grupo de personas dedicadas a la traducción allí?

En aquella época los jóvenes con inquietudes leíamos mucho -obras cruciales; a grandes autores-, y como queríamos leer también lo prohibido tuvimos que recurrir por fuerza a la Editorial Losada. Es de dominio público cómo libreros intrépidos “pasaban” esos libros por debajo del mostrador a sus clientes (casi discípulos). Nadie puede negar que la clase intelectual -y las personas cultivadas en general- de la ignara España franquista tiene una gran deuda de gratitud con esta editorial legendaria. Su influencia, por tanto, en los traductores literariamente criados a sus pechos podría calificarse de enorme y duradera -si bien no exclusiva: teníamos también Gallimard, en Francia-. Y no sólo es gratitud, también es afecto (el que te inspira siempre el maestro que te salvó de la miseria cultural y te marcó un camino). Losada está en la base de nuestra formación, y en nuestra educación sentimental, y eso es algo que jamás se olvida.

¿Qué tiene que tener alguien para traducir? Nabokov decía que hacían falta dos atributos: ser aburrido y hombre.

Aparte de la boutade de Nabokov -¿un ápice machista?, ¿ingeniosa?; no tan divertida, en cualquier caso, como aquella descripción de los vascos que debemos a Borges: “…Ah, sí, esa gente que levanta piedras y ordeña vacas”-, el traductor -como apunta con acierto Alberto Manguel-, ha de ser un gran lector. Y esa es tal vez la condición sine qua non para ser bueno en este oficio (o, para algunos, arte). Amén de un gran lector, habrá de ser un gran curioso enciclopédico, un gran conocedor de la lengua de partida -y de la cultura y la vida cotidiana de los países hablantes de esa lengua-, y un gran conocedor de la lengua de llegada (lengua materna, en la mayoría de los casos), y del acervo cultural y cotidiano de los países que la hablan.

¿Qué autores disfrutó o disfruta traducir? ¿Con cuáles precisa reponer un esfuerzo extra?

Disfruté mucho con Faulkner (después de maldecir no poco en cada jornada). Entre los autores ingleses y norteamericanos que me ha gustado y me gusta traducir están Amis, Ishiguro, McEwan, Swift, Bailey, Hornby, Dos Passos, Mailer, Capote, Updike, Kerouac, Wolfe, Carver, Ford, Chang-rae Lee, Eugenides, el último Nabokov incompleto y hasta hace poco inédito. El esfuerzo extra me lo ha exigido siempre el mismo autor que siempre me ha hecho proferir las maldiciones.

¿Qué autor resulta intraducible? Y en el otro extremo, ¿un autor transparente a muchos idiomas es un genio o un imbécil?

No sabría decir quién. Ni si hay alguien realmente intraducible. Supongo que la poesía -que no es mi campo específico- a veces puede ser, si no intraducible, sí de una dificultad casi insalvable. ¿Un autor demasiado transparente para los idiomas del mundo? ¿Qué es (además de una bendición para el traductor)? Un autor demasiado transparente no tiene por qué ser ni un genio ni un imbécil. Depende. De su talento, en primer lugar. Y de sus metas, después. La sencillez formal es una virtud, a mi juicio, y la simplicidad de espíritu o de contenido puede ser bien plomiza o bien de globo sutil que asciende y asciende…

En tiempos de tan extendida autogestión de contenidos culturales, la traducción no es la excepción. ¿Qué define hoy por hoy una traducción especializada, profesional?

La traducción literaria profesional -mi campo- será siempre necesaria en tanto el hombre no desarrolle una inteligencia artificial capaz de manejar satisfactoriamente las infinitas variaciones, permutaciones y combinaciones, por así decir, y los infinitos significados, figuras, sobreentendidos, sentidos del humor, juegos de palabras, sugerencias, resonancias, matices, que es capaz de manejar el cerebro humano. Seguir con esta reflexión nos llevaría muy lejos, y en todo caso más allá de lo que plantea la pregunta en cuestión. Baste decir que los traductores literarios de hoy no temblamos ante la posibilidad de que alguna complejísima máquina nos vaya a dejar en breve sin trabajo.

¿Más allá de los métodos académicos (las carreras de traducción literaria no hace mucho que existen), cree que haya una porción inevitable de instinto y personalidad en la traducción?

La hay, sin duda. De ambas cosas. Rotundamente. Las facultades de traducción e interpretación no pueden formar cabalmente a los traductores literarios. Lo mismo que las escuelas de periodismo no pueden formar cabalmente a los periodistas. O los talleres de escritura a los escritores. Ayudan: ofrecen un marco, unos conocimientos, unas prácticas. Son útiles, en el mejor de los casos.

Borges, por tomar un ejemplo, intervino extendidamente Las Palmeras Salvajes de William Faulkner en su traducción. Piglia dice que parece una parodia de Onetti. ¿Tiene límite el autor que todo traductor lleva adentro?

Debe tenerlo. El traductor, al traducir, es un autor de otro tipo, es el “autor de la traducción”; no es un coautor de la obra que traduce. Algo muy distinto (e inevitable, creo) es que impregne más o menos de su talento y de sus destrezas el texto que tiene en las manos.

Ser traductor implica necesariamente un escritor frustrado? ¿Qué distancia hay entre la traducción y la crítica?

Podría serlo, perfectamente. Pero no tiene por qué serlo necesariamente. Hay quienes necesitan “contar” (o “contarse”), y quienes no (quienes sólo necesitan que les “cuenten”). Creo que la traducción exige y supone la inmersión más profunda que pueda lograr el lector de un texto literario. Así, frente a teóricos y académicos, frente a quienes analizan minuciosamente el “hecho literario” y los “artefactos literarios”, el traductor tiene algo de hermeneuta privilegiado. Y lo dejo aquí, porque de nuevo la reflexión e indagación nos llevarían más lejos de lo que se pretende.

A la vista de algunos debates que sostuvo años atrás con editores y traductores argentinos (Jorge Fondebrider, Jorge Aulicino y Luis Chitarroni), ¿ha cambiado en algo la perspectiva de traducción de Anagrama respecto a su extendido público latinoamericano?

En mí sí, no sé en Anagrama. En mi caso se ha enriquecido, en el sentido de que veo mejor sus puntos de vista, y cómo se percibe y se siente la situación actual en nuestros países hermanos de allende el mar (sin dejar de verlo desde aquende, obviamente). Pero en algunas cosas no ha cambiado demasiado mi pensamiento. Es un problema complejo (con independencia del encono “a cara de perro” de las posturas encontradas), y de muy difícil solución. Se entienden muy bien las diferentes baterías de argumentos, pero se apunta quizá a un blanco equivocado. Porque el problema es y seguirá siendo fundamentalmente económico, de infraestructuras de producción, y la partida se dirime fuera de nuestra palestra. Como en todo campo, la partida la juegan los poderosos -en este caso, los dueños de las empresas editoriales y de distribución. Nosotros los traductores españoles no nos negaríamos a hacer más “neutra” el habla de las tramas que traducimos si no nos viéramos ante un callejón sin salida: los lectores españoles no entenderían jamás (aunque pudieran entenderlo racionalmente) que se desvirtuara, al suavizarla, su habla, su entramado verbal, su jerga; que no se les ofreciera su percepción, uso y vivencia de la lengua, en suma. Y de poco valdría decirles que lo que leen traducido viene de otra lengua, que no se ha generado allí donde se lee, en ninguna urbe, localidad o barrio familiares, y que por tanto han de ser concesivos con sus hermanos de ultramar… De nada vale, porque, pese a ser traducido, lo que leen debe igualmente suspender su incredulidad, y eso es precisamente lo que les exigen a las palabras que leen: que les resulten verosímiles, vivas, de una expresividad conocida, llenas del color de la realidad que ellos viven. No se trata de discutir quién es el dueño de la lengua castellana (nuestra lengua común no tiene dueño). Ni de ortodoxias, ni de correcciones ni de yerros. Ni de imperialismos, ni de imposiciones. Se trata del derecho de cada pueblo a leer sus traducciones “en cristiano”, en “su cristiano”. Y si se da la desdicha de que un pueblo tenga que importar las traducciones de otro, la culpa no ha de buscarse en los textos traducidos ni en los traductores. La culpa –o, mejor, la solución- habrá de buscarse donde siempre: en el ámbito socioeconómico y en sus realidades y disfunciones.

¿Cuál es el futuro de la traducción literaria, seguirá siendo un buen negocio –si acaso lo es- o la próxima aplicación de Google empezará a correr al humano del oficio?

La traducción literaria, ¿seguirá siendo un negocio boyante? ¿Para el traductor? No, porque nunca lo ha sido (lo sabe todo el mundo). ¿Para los patronos? Supongo que sí, porque de otro modo emplearían en otro empeño su tiempo y su dinero. ¿Google va a acabar dándonos una patada en el culo? Como he dicho antes, no lo creo. Pero no me atrevo a afirmar categóricamente que no vaya a llegar el día en que eso se haga posible. Como -con sabiduría y sorna- diría el lugareño castellano arquetípico: “Cosas más raras se han visto”.