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FUTBOL PARA EXTRATERRESTRES

  • Fútbol para extraterrestres

En nombre del espectáculo

Zambayonny
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Hay algo que ocurre sistemáticamente cuando juega de local un equipo de los denominados grandes contra un pequeño club de salarios ajustados y figuras con poco renombre: el equipo grande ataca como debe y el equipo chico se defiende como puede.

Esta situación, tan natural como poner las manos al tropezar, suele colmar de una indignación berreta a ciertos relatores, comentaristas, jugadores y aficionados en general que envalentonados por creer que los asiste la razón, y en nombre del espectáculo, acusan al equipo más débil de no ofrecer una estrategia más atrevida.

En nombre del espectáculo, dicen.

Ya quisiera yo contarles las cosas que ha hecho tu hermana con la misma excusa.

Acá está la cuestión donde me quiero detener. Estos mismos repentinos promotores del juego vistoso y la voluntad ofensiva que exigen con firmeza a los clubes más chicos que sean audaces en sus planteos, suelen ser extremadamente cobardes, mezquinos y calculadores en sus propias vidas donde optimizan su alienante rutina profundizando sin riesgo el mismo surco de la canción triste que siempre lloran, dejando que el jefe les escupa la comida, traicionando sin miramientos por un poroto de más, resignando sus convicciones al primer postor, no arriesgando jamás con algo distinto, no proponiendo nunca ni una migaja de novedad, atornillándose al asiento del empate y viendo pasar las oportunidades delante de sus ojos con más temor que esperanza.

Sin embargo con los negocios de los demás son muy jugados. Te incitan a pedir con 17, te hablan de las virtudes del golpe por golpe, tienen siempre a flor de labios la frase “redoblar la apuesta”, exigen cambios ofensivos, te apuran a echar la falta con 29 de pie, te quieren hacer invertir en bonos raros y te mandan a la línea de fuego con un fusil quebrado desde el sillón del comedor.

Estos paladines de la valentía ajena son los mismos que se quejan del tamaño de las canchas cuando su poderoso equipo visita un estadio que tiene el campo de juego más pequeño.

-En esta cancha no se puede jugar -exclaman con fastidio cuando pierden (cuando ganan no les parece tan chica).

Sin embargo las medidas de las canchas habilitadas para los campeonatos oficiales están dentro del reglamento de la FIFA por lo cual esa queja de pusilánimes abre la puerta a la misma queja en sentido inverso:

-Esta cancha es demasiado grande, acá no se puede jugar…

O también a otras de similar envergadura, por ejemplo:

-Perdimos porque ellos tienen jugadores muy altos.

-No les pudimos hacer un gol porque tienen un defensor negro.

-A ellos les quedan muy ajustadas las camisetas y nos hacen dudar de nuestra sexualidad.

-Hacía frío y extrañé a mi mamá.

-La pelota no dobla.

Dato “Me importa un carajo”: ¿sabía usted qué el máximo permitido para el ancho de un campo de juego de fútbol es de 90 metros y el mínimo de largo también es de 90? Por lo tanto una cancha podría ser cuadrada midiendo 90 x 90 y estaría perfectamente habilitada. Aunque como exigen que sea rectangular podría medir 90 x 90,1 y listo.

Sin embargo estos miedosos con megáfono cuando desean aleccionar a algún jugador que intenta algo distinto lo menosprecian diciendo que le “agarró un ataque de habilidad” como si el talento fuera un golpe de suerte momentáneo y al mismo tiempo algo que algunos no merecerían tener. No soportan que la cuenta se vaya de los cálculos, que alguien exceda la mediocridad en donde reinan ellos, que la magia aparezca lejos del ilusionista o que la realidad se convierta en una carrera con obstáculos donde no puedan avanzar con sus lugares comunes y sus frases hechas.

El asunto en verdad es que ya no es tan sencillo ganarle a los equipos chicos y eso los pone un poco nerviosos a los que siempre tuvieron el poder. Estaban mal acostumbrados a ganar y a golear solamente con la fuerza insondable de una camiseta acomodada, a imponer su historia de vitrinas colmadas por sobre la igualdad ante la justicia, a torcer por tradición la firme convicción de los árbitros desde épocas sin televisores, a repartir la cosa entre pocos, a dejar bien en claro los status, a mandar sin ser elegidos, y a comprar a cualquiera con el peso de una billetera con más pasivo que presente.

Y en nombre del espectáculo rematan con sus habituales peticiones de manual:

-¡Que por lo menos vayan a buscar el gol del honor! -reclaman excitados al encontrar al vencido doblegado contra el suelo apenas respirando, obligándolos a que se exponga todavía más y así el poderoso pueda terminar de cortarle la cabeza para que no quede ninguna duda de quién es quién.

Lo que estos voceros de sus propias frustraciones desean en verdad es acorralar hasta el límite al derrotado, es verlo sufrir una goleada histórica, es ensancharle la herida para exhibir la sangre de los que no ganaron como ejemplo para que nadie se atreva, es reducirlos a la mínima expresión para que aprendan. Es exponerlos al ridículo y finalmente someterlos al escarnio público, porque para ellos el concepto de espectáculo es muy similar al que tenían los emperadores de la antigua Roma cuando le bajaban el pulgar a los cristianos.

Ilustración: Daniel Caporaletti