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FALSA ESCUADRA

  • de trapito a bachiller

De trapito a no sé qué

Romina Sánchez
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Lo intentó en 2010, en 2012 y también el año pasado, cuando el foco mediático se posó en la muerte de un cuidacoches tras una pelea por el Jardín Botánico. Y no pudo. Pero este sí, según todas las variables legislativas en juego –la mayoría en las comisiones estratégicas, ya es mucho–, parece ser el año del Pro. Hablo de la búsqueda denodada de prohibir por ley la actividad de trapitos y limpiavidrios, y de sancionar, ya que estamos, a quienes marchen con la cara tapada o a aquellos que anden por la calle con palos, cadenas o cualquier tipo de “arma no convencional” que pueda usarse para intimidar o agredir. ¿Sumará el macrismo la apuesta mayor y más osada de reformar el Código Contravencional de la Ciudad de Buenos Aires, para prohibir que dos personas circulen en una misma moto en la zona delimitada por Córdoba, Pellegrini, Rivadavia y Leandro N. Alem, para frenar de ese modo el oleaje de motochorros? Dicen que sí, que esta vez va por todo.

“El proyecto pretende devolverle a los vecinos la tranquilidad y la posibilidad de transitar por la vía pública sin temor o limitación alguna, sin miedo o temor a estar vigilados o perseguidos con fines ilegales”, dijo el vicepresidente 1° de la Legislatura, Cristian Ritondo, quien presentó la iniciativa junto a su compañero del bloque Pro, Roberto Quattromano. “Queremos insistir con la ley porque es la herramienta que necesitamos para devolverle el espacio público a los vecinos”, expresó Francisco Quintana, presidente de la comisión de Justicia, por donde pasaría el proyecto antes del recinto (además de la comisión de Asuntos Constitucionales). Y el efecto Massa no se hizo esperar: ya están pensando en salir a juntar firmas que apoyen la propuesta.

Pero el problema es la raíz del problema. Nadie habla de las mafias ni de la necesaria contención estatal a tanta miseria social. Menos, de la estigmatización.

Nadie habla de vidas como la de Gonzalo.

Gonzalo es el protagonista del documental de Javier Di Pasquo, De trapito a bachiller. Tres años que conmovieron al Gonza, que en febrero pudo verse en los espacios Incaa y en Incaa TV. Su historia es la de quienes no tienen pantalla, no son noticia, es la historia de quienes asoman la cabeza para no ahogarse en las aguas del delito, las drogas y las mil formas de violencia. “Mi viejo siempre me decía que yo iba a terminar preso o con un tiro en la cabeza”, asegura Gonza, y en sus ojos vidriosos puede verse el intento de desafiar el destino profético. Hoy se encuentra en el penal de Marcos Paz, por no haberse presentado ante la justicia tras varias citaciones.

Los días de Gonza en la película fueron sus días en el bachillerato popular de Maderera Córdoba, donde aprendió a codearse con la solidaridad y otro horizonte. Eso, otro horizonte. Y si algo deja entrever el protagonista es que puede haber esperanza, mucha esperanza, pero nunca salvación. Si bien su miserable mundo –el miserable mundo– a veces se muestra en la superficie, como esa cabeza que emerge de a ratos, y subyace en cada una de las escenas, con Gonzalo durmiéndose en clase, comiendo a morir facturas mojadas en café barato, con Gonzalo sin un lugar para dormir -o sí, un baldío- y bancándose un laburo inhumano a otra escala: el último escalón de un restaurante de mala muerte, donde lo maltratan. Buscate otra cosa, le dicen. Sí, claro. Pero no tengo el secundario.

“Esta es la historia sobre una persona en su intento por, desde la nada, tratar de tener algo de ciudadanía”, reflexiona Di Pasquo. Así las cosas, el proyecto macrista se aprobaría. ¿Gonzalo tendría lugar en un cuadro así? No lo sabemos. De nuevo, la parábola cierra perfecta.