inicio > Para cortar la paradoja

FUTBOL PARA EXTRATERRESTRES

  • zambayonny

Para cortar la paradoja

Zambayonny
Agrandar fuente Achicar fuente

Ya sabemos que el planeta Tierra se detiene cuando empieza un partido donde juega nuestro equipo, sin embargo cuando lo que se disputa es un clásico lo que se paraliza es el Universo.

La historia viva y atenta levanta expectante la pluma definitiva a centímetros de la hoja aguardando los acontecimientos para inmortalizar cada instante de lo que ocurra en esos 90 minutos. Los recuerdos futuros en tiempo real duelen mientras excavan en la profundidad de la mente anclándose para siempre ahí, como la raíz dura de un árbol que adornará ese jardín toda la vida. En esas páginas quedarán grabadas con exactitud cada una de las jugadas acontecidas, cada una de las incidencias, cada uno de los detalles mínimos y finalmente el lacónico e inapelable resultado que no tendrá en cuenta si el árbitro no cobró un penal claro para el derrotado o si el juez de línea levantó mal la bandera en una jugada decisiva. El número frío que adoran los que sólo saben contar.

Hay un viejo dicho que amenaza: los clásicos no se juegan, se ganan.

Antes de cada uno de estos partidos se ejecutan los ritos con la discreción de un hombre sensato mientras los nervios se entrometen, el pulso galopa indomable, la sonrisa se endurece como si todo estuviera controlado, las palabras se dosifican porque nada es importante de lo que haya que decir o que escuchar, los posibles escenarios del encuentro se recrean una y otra vez en la mente como una computadora endemoniada que intenta inútilmente cubrir todas las probabilidades y finalmente se saca al perro para que no moleste en los festejos de los goles.

Los más cobardes ruegan por no perder y los más audaces por ganar, pero todos ruegan.

Desde los satélites es difícil verlo pero los países están partidos al medio, las ciudades divididas en dos y los barrios quebrados por el centro a causa del fútbol. Uno recorre las cuadras inocentemente de una ciudad cualquiera sin prestar demasiada atención a las pintadas en las paredes que traducen con más precisión el famoso «You are here». Las señales están ahí, encriptadas en siglas con tipografía apurada, en escudos con geometría previa y en frases tachadas con otra pintura. Se pasa de territorio controlado a territorio enemigo en cinco baldosas, por eso la Municipalidad exige que cada frentista tenga su vereda en buenas condiciones.

Los clásicos no son fáciles de comprender, es mucho más sencillo adentrarse en las calmas aguas de la física cuántica o la Teoría de Cuerdas. Debido a eso el neutral mirará el partido sin entenderlo aunque se trate de un fanático futbolero. Para el neutral un córner será un córner y no la mejor oportunidad que ha golpeado su puerta en los últimos 20 años; para el neutral un penal será un penal y no el pico de incertidumbre más insoportable que recuerde desde que nació; para el neutral un gol será un gol y no un shock eléctrico en el cual el cuerpo se separará de la mente, se perderá la noción del tiempo por unos instantes y todo alrededor habrá sido puesto ahí para ser abrazado.

Y ni hablar del observador ajeno a todo esto que creerá que estoy exagerando cuando en verdad me estoy quedando corto, y pensará que todos siguen siendo los mismos aunque el partido haya terminado 0 a 0. Por eso los clásicos son también un buen motivo para contradecir (una vez más) a los que sostienen que si un partido termina 0 a 0 debe haber sido un encuentro aburrido. Esto es casi tan ingenuo como creer que si uno juega a la ruleta rusa, y sale vivo, no tuvo emoción.

Con todas estas connotaciones siempre se recalca la presión que sufren los jugadores en los clásicos (que por supuesto la tienen), sin embargo esa presión queda reducida a nada cuando se la compara con la que sienten los hinchas. Los jugadores hoy defienden esta camiseta y mañana a otra, pero los hinchas defienden la misma desde que nacen hasta que se los lleva el pitazo final.

El resultado concluyente puntúa en otra tabla, en la tabla de la vida real. Los números dejan de ser dibujos en los cuadritos de los diarios y pasan a tomar relevancia en el ánimo de las personas.

Un tipo que gana un clásico se convierte en alguien feliz: los he visto decirles a sus hijos que los aman, darle un beso en la boca a su esposa y olvidarse de la muerte por un rato.

Pero un tipo que pierde un clásico se convierte en alguien peligroso: los he visto desconocer a sus amigos, internarse en calles sombrías a la salida del estadio rumbo a ninguna parte y quedarse sonriendo en el tenso silencio del espacio entre el relámpago y el trueno.

El resto del tiempo comparten oficina, escuela, barrio, casa y cementerio.

Algunas veces ocurre algo asombroso. Sucede cuando se encuentran frente a frente representantes de estas dos naturalezas y se observan atentos en detalle, cada uno con su camiseta, cada uno con su bandera, cada uno con su estilo, cada uno con su historia, cada uno con sus anhelos y cada uno con su canción. Es ahí cuando se dan cuenta con horror que son absolutamente parecidos entre sí, entonces para cortar la paradoja, no les queda otra que agarrarse a las trompadas.

Ilustración: Daniel Caporaletti