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LA MALA LECHE

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Vedere Roma e dopo contarlo

Martín Rodríguez
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Un amigo se fue a vivir a Escocia en busca del amor. La conoció en Buenos Aires, una joven escocesa que vino a radicarse un tiempo, durante la edad dorada del 3 a 1. Se conocieron, se enredaron, él le enseñó a decir “te amo”, ¿se amaron? Esa respuesta fue a buscar un año después al norte frío del viejo continente. Pum! Le fue mal. Volvió. Pero antes de irse, es decir, antes de partir, de volver a casa, eligió pasar una semana en Roma. Llegó, se hospedó, salió a caminar, se sentó frente a la Fontana di Trevi, abrió su cerveza Peroni, y dijo: ya estoy en casa. Somos italoargentinos aún cuando en nuestra sangre floten viejos genes gallegos, judíos, vascos, turcos, nativos. ¿Por qué?

Fui con mi mujer, mi hijo y demás parentela a Roma. Vengo de dos generaciones que jamás pisaron el viejo continente. De Italia tengo un único anzuelo genético: mi bisabuelo, padre de mi abuela materna, un veneciano que vino a trabajar el campo (primero a Mendoza, luego a Santa Fe): Valentín Noel Baldovin. Un nombre tan remoto, que en la computadora del museo de la emigración ni figuraba. Andá a saber.

Me atrevo a hacer algunas recomendaciones y sugerencias para el buen viajante argentino luego de la experiencia:

1. No se enreden con el idioma. Si se habla despacio, en nuestro criollito (tan azucarado por la vid italiana por cierto) las personas entienden. No es necesario sobreactuar como los mozos tucumanos de La Parolaccia de Puerto Madero obligados a cantar sosteniendo la torta caliente del cliente cumpleañero “tante auguri, tante auguuuri!”. Todo idioma es una música, una entonación, que se va adhiriendo, como el polvo a las cosas. Pero no hace falta forzarlo: hay quien cree que el italiano se habla en caliente, se grita, se levanta los brazos… Tal como una parte de su cine circense for export nos lo hizo creer. Los porteños no hablamos en lunfardo, ni todos bailamos tango, y los romanos tienen permitido ser introvertidos, incluso hoscos. Dicho lo cual, me permito decir que en general son gratos, sonrientes, conversadores, no caminan mirando su blackberry (es un país de bajísimo consumo virtual), elegantísimos. Mujeres y hombres.

2. Vayan a ver el fútbol italiano. Fuimos a ver a la Roma al estadio olímpico (le hizo tres goles al pobre Udinese, con uno del genio Francesco Totti) y convivimos la mitad del partido con la batalla cultural de la tribuna: por un lado Los Tifosi de la Roma que (contra la ley anti discriminatoria) insultan con racismo a los napolitanos (en esa guerra popular y prolongada entre Norte y Sur) versus los hinchas de la Roma que silban esos cantos romanos como buenos cristianos amigos de la ley que, muchas veces, está a la izquierda del vulgo.

3. Las referencias culinarias son rotundas y las trazo rápido:

Todas las pizzas están por encima de la línea de la riqueza, tienen mejor salsa y menos queso. Son de masa fina. Las sirven crocantes.

Los tomates, los que acá llamamos “tomatitos cherry”, allá son una golosina, una fiesta del sentido. Se podrían comer como postres. Se venden en puestos callejeros, que también venden frutas, bebidas, golosinas. Casi siempre atendidos por inmigrantes asiáticos.

Los vinos son parejos, no hay diferencia, es más: nuestros vinos de mesa son más picantes, más atrevidos, menos “frutales”. Entre paréntesis, destruyamos la poética del vino: “el eco de la cereza sobrevolando la madera”, ¡no! El vino es una bebida para acompañar la comida. Un vino argentino acaba de salir campeón mundial. Repito y agrego: un vino argentino que no sale más de 100 pesos. O sea: no hay nada que haga valer tanto la pena el desembolso de cientos de billetes por una botella de ese vino toro que sirve para comer… y tumbar algunas penas.

Fiambres: cualquier fiambre que compren a 1,80 euros en la góndola de un supermercado (por ejemplo una simple mortadela) es un lujo. Y como el lujo es vulgaridad no se metan en el juego del mejor fiambre, en un barcito lindo con mesa de madera y la excentricidad de un tano que te corta en la cara la pata de jamón. No hace falta pagar el espectáculo para que el paladar tenga su fiesta: el promedio del fiambre, como el de la pizza, es parejo. Se compra un buen pan, una bandejita de mortadela de pollo, una mayonesa, un vino (por ejemplo Ruffino) y se camina la ciudad de punta a punta.

La pasta es ridículo describirla, elogiarla, inflar su mito legítimo y ancestral. Cualquier nativo podría comer todos los días un plato de spaghetti a la carbonara y ser feliz como la primera vez.

Vi Roma, dopo volveré.