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El Distinto

Sebastián Rodríguez Mora
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Todos los jueves a las nueve de la noche, en unas canchas paralelas a la vía del Sarmiento sobre la calle Yerbal, Barcelona y Real Madrid ocupan el turno más importante de la jornada. El Gordo Eugenio, arquero de la Casa Blanca, calza unas Converse de última. Su fuerte son los achiques que se transforman en arrojadas de costado, tapando la definición abajo, en una postura muy similar a la del lobo marino cuando reposa. “Jugué de arquero al hockey muchos años en Pilar”, se define. Si no fuera por la dupla central Titi-Pedro, tipos pesados pero tiempistas, el Gordo haría muchos de esos cierres poco ortodoxos a los delanteros del Barça.

La semana se organiza alrededor del clásico de los jueves. El viernes inmediatamente posterior es el tiempo de las cargadas vía mail interno (fotos trucadas en Paint incluidas), los diagnósticos ad hoc de cada lesión o resentirse de cuádriceps y gemelos. Luego llegará el almuerzo amistoso entre ambos planteles para recomponer los roces de ayer. Se juega fuerte los jueves, cada pelota vale oro. Tal vez vale más que eso: vale el derecho a joder quirúrgicamente al otro de 9 a 18.

El fin de semana borra casi todo vestigio de rivalidad. Los pocos que se juntan afuera de la oficina salen a la noche, hablan de otras cosas, son amigos o no tanto. Los que tienen familia llevan a sus hijos al cine, lavan el auto en jogging, duermen la siesta. De todos modos, por dentro resuena un pálpito que emana del jueves que viene, que se acerca cada vez más nítido. Revisan el pronóstico extendido, a ver si llueve y se suspende. Fessia, mediocampista poco dúctil y morfón del Barcelona, mientras mira con su novia una película romántica con la que no termina de conectar, recuerda el majestuoso caño que le propinó Miguel Rinaldi de Contaduría, flaco y gambeteador pero con un pulmón menos en cada pique dados los 30 cigarrillos diarios. A Fessia se le tensa la mandíbula con la sensación de la pelota aún construyendo una obra de ingeniería entre sus piernas.

Llegado el lunes no hay demasiados comentarios. El martes sí, ya se puede ver a los dos hemisferios creativos del Real, Marcos y Sergio Caruso –(no son hermanos, se dio la casualidad de que comparten apellido, talento y lado de la cancha), debatiendo junto al dispenser para recordar lo que salió bien y mal el jueves pasado. Los otros cuatro jugadores del equipo en general se limitan a escuchar de lejos, a lo sumo el Gordo se acerca para opinar respecto de algún gol que se comió. Rinaldi hace lo que le dicen mientras el oxígeno le llega al cerebro. Titi y Pedro funcionan como binomio –un caso rarísimo de simbiosis, sus escritorios se enfrentan, comparten tareas, se entienden de memoria y saben las limitaciones técnicas y físicas de cada uno a la perfección. Giménez, el muerto del equipo, siempre está hasta las manos de trabajo así que nunca se entera. El acuerdo es tácito: Giménez está porque en Contaduría no hay más hombres.

El rejunte estilo Resto del Mundo que integra el Barcelona es una singular acumulación de talentos desperdiciados. Tal vez por ser de distintas áreas, o por ser de diferentes edades, o por ser todos egoístas profesionales, juegan horrible y siempre terminan a las puteadas. Sin embargo el historial entre ambos equipos viene parejo. La hoja A4 es una pieza de museo amarillenta y ajada, impresa con los casilleros de Excel completados a mano cada viernes. Algunos resultados están borroneados y escritos arriba, efectos de matches polémicos. Por regla general, el fútbol entre amigos pareciera no depender de un árbitro; digno de la tradición romana, la ley vive en cada uno de los jugadores. Al menos, hasta que hay una falta adentro del área, o un revoleo de planchas no del todo claro. En general, los que vienen jugando desde siempre son los que tienen la última palabra. Esto sucede desde los inmemoriales tiempos en que hasta jugaba Marcelo Morlaco, ¿te acordás de Morlaco?, dice y marca la erre el Mariscal Mirante, último hombre de Barcelona y gerente de Administración. Otra convención: en una traspolación de las jerarquías laborales, lo que juzga el gerente zanja las jugadas polémicas. La autoridad hace dupla con su discípulo, el semi chupamedias Federico Seeber, chico bien de San Isidro que vive tapando los abismos que el Mariscal deja en la cueva, al final de la cual, bajo los tres palos, aguarda el Loco Medina, arquero volante/volador que de joven vio mucho a Gatti -ya es lo suficientemente viejo para hablar de cuando era joven. Alexis Bendersky, blue-eyed, corte de pelo estilo jugador profesional, tiene su hábitat junto a la raya lateral como su ídolo Rodrigo Palacio y alterna buenas y malas comunicaciones con Horacio Prieto, la Tanqueta, definición de nueve de área en decadencia, una especie de último Elvis sin jopo pero con el mismo magnetismo negativo. Gran delantero de espaldas al arco, pero sólo de espaldas. Zurdo, demasiado zurdo, genera anécdotas y no tanto gol: tira una masita para que embolse el Gordo pero su botín se clava en un ángulo, o la pica con clase sobre el arquero al que descubre adelantado, pero también sobre la red perimetral, metros por encima del travesaño, y el empleado de las canchas de alquiler debe trotar hasta el descampado de la vía para que no se roben la pelota. Completan la nómina el mencionado Alejo Fessia, enlace trunco entre defensores y delanteros por no poder evitar los espejismos de goles propios ante sus ojos y el Vincha Diego, primo del anterior, extremo contrario a Alexis, encarador y de buen pie, pero extremadamente calentón. El Vincha siempre es el primero en putear a su propio equipo, empezando por su primo.

Mirante se jubila a fin de año y está muy insistente con las anécdotas. No hay que darle mucha charla porque la inminencia del retiro lo pone nostálgico. Quizás no sea nostalgia, porque tiende un poco a la fábula. Pero en la empresa casi no queda quien lo contradiga.

Barcelona juega con otro esquema táctico, si es que lo tiene. El Real se para con un 2-2-2 que se mantiene dignamente todo el partido. En cambio, el 2-1-3 mutante del Barcelona es fiel reflejo de su plantel. Todos al ataque al recuperar la pelota en los primeros quince minutos, cuando hay más aire y se puede bajar para contener las contras mortales de los Caruso. Desbandada y hasta un exceso de heroísmo en la última media hora. Se comportan con el desorden de las hormigas rojas. Corren pases inevitablemente largas como desesperados y se aplauden con exageración por el esfuerzo entre el emisor y receptor, se sacan la pelota unos a otros sin querer, exageran las faltas, en general son más tramposos. Pese a todo, el malón deforme que plantean pone en aprietos de vez en cuando al Madrid, porque éste tiene de facto un jugador menos o un jugador en contra (depende cómo venga ese día) en Giménez. Ya definido en extrema sinceridad por sus compañeros como cono vestido, Giménez es un agujero negro en el artificial césped.

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El miércoles anterior a aquel memorable partido había transcurrido dentro de lo habitual salvo por un hecho importante: la Tanqueta Prieto se contracturó la espalda jugando al pádel con unos amigos y quedó descartado. En estas situaciones siempre se consigue un reemplazante externo a la empresa, algún extracomunitario que cubra el puesto. Pero dada la inminencia del jueves y un designio del destino, nadie de los catorce jugadores sabe a quién llamar, todos los candidatos se borran y peligra el equilibrio. La circunstancia logró que se considerase inesperadamente al pibe que había entrado hacía poco en Limpieza. Maximiliano Quispe, boliviano flaquito de hombros tan poco separados por el cuello y el torso que parece apresado todo el tiempo con una faja. Quispe era lo menos atlético que existía en la oficina –lo que ya es decir bastante- pero parecía, dentro de lo poco que hablaba con el acento recién desterrado de El Alto, que alguna vez había visto rodar una pelota.

El día del partido, Maximiliano informó que estaba preocupado por la hora a la que iba a llegar a la casa. Vivía en alguno de los últimos parajes del segundo cordón del Conurbano, al otro día tendría que estar a las ocho en la oficina. El Mariscal le prometió gestionarle una entrada más tarde, no te preocupés Masi yo lo hablo a tu jefe y entrás a las nueve y media. Le habían consiguieron una truchísima 10 del Barcelona comprada sobre Florida y le recordaron que se trajera las zapatillas y los cortos mañana desde la mañana. A minutos de arrancar el partido, en una noche algo nublada, llegó al trote con un botinero bajo el brazo y la camiseta ya puesta, hecho que sus compañeros de equipo observaron con gestos de aprobación. Así empezó la ficticia entrada en calor, patear de media distancia, elongación simbólica. Cada uno a su lugar, Real Madrid-Barcelona, Barcelona-Real Madrid: otra noche de fútbol íntima y amateur en el centro de Caballito. Durante la siguiente hora no importaría nada más.

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Los pocos que presenciaron el golazo del pibe de Limpieza como mínimo dijeron esa misma palabra en voz baja, golazo, y lo dijeron sin ironía. Salió sincero e involuntario de las gargantas de todos, hubo quienes lo gritaron más, como Alexis que fue testigo privilegiado, porque corrió al lado de Maxi todo el trayecto desde mitad de cancha, esperando un pase o al menos una pared. Parece que el altiplanense había trabado y sobrevivido a la pelea pierna a pierna con Sergio Caruso. Se le había ido un poco larga la pelota, por lo que había avanzado con los dos pies juntos a mantener la posición cueste lo que cueste, con esa impunidad que se establece entre el veterano y el que viene de invitado a jugar, ya que en el extremo caso de que se quejara por el pisotón y posterior vuelo inercial, recibiría un comentario del tipo acá se juega así capo, si no te gusta andá con las chicas de vóley a Ferro. Pero no fue el caso. Caruso S. trabó y fue como trabar contra un panzer. Se fue un poco para adelante, tropezándose con la pelota que había frenado en seco cuando llegó la Topper talle 36 de Quispe. El de blanco se le derrumbó encima, pero con fuerza inesperada Quispe sopesó la embestida y dejó escapar la primera de las sutilezas. Habiendo recibido en toda su humanidad a Caruso, Maxi dejó que resbalara prolijamente sobre su espalda mientras adelantaba el hombro para esquivarlo y salió dominando la redonda, justo en mitad de cancha.

Nadie supo jamás si era zurdo o derecho. Era lo mismo, no hubo tiempo de nada. Las zancadas parecían no pisar el pasto; hubiera sido una imperfección que lo hicieran. Justo el otro Caruso, Marcos, había quedado en su cancha por haberlo corrido a Fessia para recuperar la pelota, sabida su preferencia por la autogestión. Maximiliano, pelota y pie un solo elemento, bailó con gambeta brasilera para salir por derecha, pero a último momento la dejó ir larga hacia la izquierda. El nueve del Madrid quedó hundiendo los Penalty de tapones cortos en el aire. Esa pelota obligó a Rinaldi a usar lo poco de energía que le quedaba para cortarlo, pero éste se recuperó y giró sobre la pelota alternando ambos pies, cambiando de dirección de vuelta al centro y petrificando al monumento a la nicotina que tenía delante.

A cada paso de Quispe la vibración de la esperanza iba en aumento. El Mariscal cuenta la misma historia todas las semanas y en su relato el deslumbramiento siempre es mayor. Es eso que logran los golazos: una densidad tal que anticipa su importancia para quien los vea, se adelantan a su culminación para que la sensación de plenitud y belleza sea completa. En el caso de ese día, sólo la pelota perdida por los Caruso sería material de conversación durante meses. Giménez, en pleno ataque de invisibilidad futbolística, vio pasar a Maxi con una velocidad que hizo dudar de su presencia en la cancha. Ya enfrentado a la dupla defensiva merengue, la obra maestra empezó a completarse. Para el momento en que Titi y Pedro empezaban a salir juntos y al mismo tiempo escalonados, para achurarlo en caso de ser necesario en dos etapas, podían escucharse los gritos velados de aliento después de cada buen movimiento. Los del Barcelona soltaron algún ooole y Buena Maxi que en boca del Mariscal, parado cerca de su área, desde donde veía el periplo del intenso joven boliviano hacia la eternidad, se fueron repitiendo y transformando en euforia. Del primer Buena Masi al último grito de gol no transcurrieron más que instantes, pero su instinto estético lo obligó a ponerle unas notas de emoción en las que se quebró la voz masculina y desprovista de eses finales.

Masi encaró a los esbirros con una naturalidad insospechada. El Mariscal cuenta que ante la asesina zancada de Titi a media altura buscando muslo llevó de pie a pie el balón, de zurda a derecha y sin bajar la velocidad se fabricó una pared consigo mismo tirándole un discreto pero efectivo caño a Pedro, mientras esquivaba la mole blanca por afuera del pasillo mortal que le propusieron. El final a toda orquesta, la firma de autor, lo que realmente ninguno de los que vieron el golazo alcanzaron a imaginar en medio de tanta idealidad deportiva, fue la definición. El Gordo Eugenio salió proyectado aparatosamente hacia delante con un achique Mundo Marino, confiado en que el pibe no conocía su arma secreta. Indiferente total, el distinto la centrifugó con una bicicleta saturniana por detrás de la espalda enviándola hacia arriba y adelante a la vez que saltaba la tapia de grasa, para aterrizar a escasos centímetros de la línea de gol y acompañarla con la vista hasta el fondo del arco. Un tipo que paseaba al perro por el descampado lo gritó de lejos, lo que hizo que los trece jugadores restantes volvieran a sí mismos. Un milagro había ocurrido y ahora la vida continuaba. Uno a cero ganaba el Barça.

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En una conversación con el Gordo unos años después, me contó que el partido en sí no había durado más de quince minutos, porque se largó una llovizna finita después de la genialidad del pibe Quispe y siguieron jugando medio atontados, tanto que el Mariscal pisó mal queriendo anticipar un pase y se resbaló, recargó todo el cuerpo sobre una sola pierna y se rompió los ligamentos; tuvieron que suspender para llevarlo a la guardia.

Cortaron con los partidos por un buen tiempo, porque reemplazar al Mariscal era para todos como una traición, por más que su nivel fuera cada vez más desastroso. Además, con la lesión se le vinieron los años encima, y ese fue el tiro de gracia para los clásicos. Habrán llenado la hoja A4 dos o tres veces más y después todos empezaron a poner excusas, a buscar obligaciones para el jueves a la noche. El vacío que había generado la obra de arte de Quispe dejó huérfana de intensidad a la tradición, y a la semana Maximiliano desapareció de la empresa sin avisar, no vino más. Al mes de no saber nada lo dieron por renunciado y para muchos fue un alivio, todo lo sucedido ese jueves se transformó en mito. A partir de ahí se comentaba en el horario de almuerzo como una anécdota necesaria. Entonces el golazo, fuera de toda lógica y posibilidad, es algo recordado incluso por quienes no lo vimos. Los equipos no existen más: Rinaldi murió de un infarto previsible, el Vincha entró de vigilador a la noche así que nunca más pudo. Titi y Pedro iniciaron juicio –simultáneo, obvio- y los demás ascendieron o se fueron de la empresa. Comparto con el Mariscal su último año antes de jubilarse, y desde hace tiempo está más allá del bien o del mal. Es una tradición relatar el golazo del pibe de Limpieza porque es lo que, a fin de cuentas, mantiene el lazo social adentro de la oficina. Ahora los nuevos están queriendo organizar un partido para la semana que viene, algo bastante informal, pero se sabe que no es más que un volver silencioso a la mística perdida. Veremos qué sale. Falta gente y todavía no hay acuerdo sobre el día.