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LA MALA LECHE

  • messi argentina

El ídolo de los diezmados

Martín Rodríguez
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Estadística insólita y estúpida que se me ocurrió en la dulce espera: es la primera vez que enfrentamos en una final a Alemania. Corrijo: es la primera vez que enfrentamos a una Alemania unida en una final. Las otras dos: la de los “verdes” del 86 y la de los blancos del 90 (incluso esa) era todavía la Alemania Federal. Un país de un mundo partido en dos. Esquirlas de la guerra fría, esa que acá peleamos con tanta calentura.

Hay una generación diezmada, dice el joven y lúcido Luca Sartorio en este número, para describir aquellos jóvenes que crecieron en el ciclo de mundiales grises que se inicia con la eliminación argentina en el mundial de 1994. Diego de la mano de una enfermera gorda y gringa salía sonriente de la historia del fútbol e iniciaba su larga noche. La noche más oscura del fútbol argentino. Esa de la que salimos inmediatamente, automáticamente, no importa con qué resultados, en el triunfo sobre los belgas en cuartos hace unos días. Nuestra vieja y más alta cima fue la del estadio Azteca. Una cima de la que costó simbólicamente bajarnos.

¿Cómo estaba el país en 1986, en su pico de gloria futbolera, cuando ganamos un mundial con el técnico más cuestionado y moderno (Bilardo), sin ayudita de nadie, jugando en América Latina “de visitantes” (hay que recordar el relato de Víctor Hugo diciendo que el gol de Burru era también un 3 a 2 contra México, tan lejos de su correcta “bajada de línea”)? Estaba entrando en el fin de la primavera radical, con los primeros trastornos del plan Austral y los restos del Partido Militar agazapados para cobrarse el hito cívico de su juzgamiento. Sin embargo, ese triunfo, tuvo algo de paréntesis social (como toda gloria deportiva) y algo de celebración democrática (como todo “pueblo en las calles” e ídolos en el balcón). La “zurda” eterna que ve opio de los pueblos, o que no se saca de encima el mito mal curado del mundial 78, saca sus cuentas rápidas sobre los políticos y gobierno que pescan en el río revuelto de la pasión, pero… ¿es posible que se siga magnificando la potencia de ese opio en un pueblo tan veterano de las economías de guerra como el argentino? Yo creo que la gente no es boluda. ¡Viva el opio!

Tenía 8 años en 1986. Quería jugar de 12 (sic), ya que era la camiseta que portaba el crack, Héctor Enrique. Y mi educación sentimental comprendió un primer apunte: Maradona era el mejor porque además de su genialidad en los pies, sostenía al equipo, le daba ánimo y templanza, construía su relato colectivo, paraba la pelota, era el mejor y hacía crecer a todos. Ese Maradona que ponía todo en la cancha, en el mundial del 90 comenzó a derramar su riqueza fuera de ella, por lo tanto, su relato y esa riqueza, bien mirada, empezaban a ser también los excesos de su cuerpo. Pero en la final del lejano 86 con Alemania Federal, hizo los goles “el equipo”. Brown, Valdano y Burruchaga. El último gol, tal vez el gol de la historia, fue con una habilitación extraordinaria de Diego que, minutos antes, mientras sacábamos del medio tras que en el minuto 80 los alemanes nos empataron, hizo el gesto con las dos manos de calma, calma, ese gesto que le vimos hacer a Mascherano. Calma pidió, para él y los demás. Calma es, en el peor momento, en el más nervioso, poner la pelota en los pies.

La calma que tiene, aunque no le pide a nadie, nuestro nuevo ídolo, Lionel Messi, el ídolo de los diezmados, de la generación de Luca Sartorio, y de los más chicos que Luca, menos hijos de Relatos que todos nosotros, los más viejos. Quisiera tener 8 años hoy y sentirme marcar a fuego, sentir que este equipo me “educa sentimentalmente”, ser un niño que mira el mundo por primera vez y descubre lo que se descubre de niño: no jugadores, sino formas de ser, en esos muchachos que ejercen durante un mes una representación absoluta. “¿Se puede ser un crack sin tragedia?”, es la pregunta que nos hace Lío Messi desde su desdén, desde su silencio, desde su pétrea calma de chico sin relato, sin Fiorito, sin la Tota & Guillote y blues local. Messi necesita un equipo, no inventa equipos. No quiere hacer todo, sino, simplemente, que haya una cantidad razonable de solidaridad colectiva que le permita ser una pieza clave pero no la clave secreta. En las comparaciones estadísticas con Robben, antes de Holanda había pateado menos al arco que el holandés, pero había habilitado más pases de gol. La gracia de Messi está en un lugar más invisible por momentos.

Y de pronto aparece.

Fuerza todos.