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OPINION

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Nuestra generación se debía una final

Luca Sartorio
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Pertenezco a una generación diezmada. Soy uno más de los nacidos en la era post-Maradona. Soy parte de esa generación que nunca ganó nada. De aquellos que nunca vieron (vimos) una Argentina pasando cuartos de final. Llenas de fracasos, nuestras imágenes mundialistas se limitan a un puñado de dispares frustraciones. Nos tocó el cabezazo de Ortega a Van der Sar y el gol agónico de Dennis Bergkamp en Francia 98. Vimos a Marcelo Bielsa increpando a Verón por ir caminando a patear un córner del 0-1 ante Suecia en las madrugadas de Corea-Japón. Tuvimos esos cambios contra Alemania en 2006 que dejaron a Messi y a Saviola en el banco, a Cruz en la cancha y a Riquelme saliendo por Cambiasso para perder en los penales ante las atajadas de Jens Lehmann y su mítico papelito. Y, como si fuera poco, cuatro años después Alemania nos volvió a sacar, esta vez sin épica ni piedad, en ese agresivo 0-4 de Ciudad del Cabo en Sudáfrica 2010. Un abanico de derrotas de todo tipo y color que nos llevó a soñar cada mundial con la ilusión de ser no mucho más que unos humildemente semifinalistas.

Brasil 2014 transcurrió tan rápido que uno no tiene tiempo para detenerse a dimensionar lo que se está viviendo. Te encontrás un miércoles a la noche festejando en el Obelisco y, cuatro días después, te despertás un domingo en las vísperas de una final del mundo. Nunca vivimos algo así pero el vértigo es tal que no alcanzamos siquiera a darnos cuenta. Es por eso quizás que en el medio de toda esta euforia insistimos en recordar la magnitud de las circunstancias. “Miren que esto se vive una sola vez”. “No todos los días van a jugar una final del mundo”. Casi que hacemos el pobre esfuerzo de recordarlo porque de otra forma uno se sentiría en falta. De alguna manera tenemos que sentar precedente de que sí lo hacemos, de que sí lo estamos dimensionando. Pero en el fondo, creo que todavía no nos damos cuenta.

Sin ser abrumadora, esta selección supo determinar a tiempo su identidad. Mejoró sus retrocesos y sus coberturas defensivas. Encontró en los ingresos de Lavezzi, Biglia y Demichelis los ajustes para resolver la asimetría del desbalanceado 4-3-3. Resignó tenencia y territorio, fue contundente cuando tuvo que definir y a puro esfuerzo y concentración logró meterse, merecidamente, en la definición. Incluso acotó la dependencia de un Messi que no tuvo que ser la llave determinante en los últimos partidos y logró encontrar un funcionamiento colectivo que le dio argumentos para seguir avanzando. ¿Sufrió? Como todos en este mundial. Y, a los tumbos, acá estamos.

Nunca nos terminamos de convencer de que podíamos llegar hasta acá. Porque si bien ahora florecen todos los “yo te dije, yo te avisé”, ni siquiera los más crédulos podían ver este desenlace tras aquel primer tiempo contra Bosnia. Pero, de menor a mayor, el equipo fue. Ante Suiza se dio el salto de carácter que el equipo necesitaba. Unos acertados cambios y un planteo más consolidado mostraron, contra Bélgica, la verdadera faceta táctica de la selección. Y encontró en el partido contra Holanda, la primera gran prueba de jerarquía que se debía esta selección. Así fue que terminamos de darnos cuenta de que habíamos encontrado el equipo. De la hoguera al olimpo en poco más de diez días, esto fue para nosotros Brasil 2014.

Miren, quién sabe qué puede pasar. No nos vamos a mentir, de Ushuaia a La Quiaca no hay nadie que no le tenga terror a esa blitzkrieg teutona de pases y desmarques a pura velocidad. Con el recuerdo latente de las últimas dos eliminaciones y el alucinante 7-1 a Brasil, Alemania me genera un pánico de novela. Y, en el fondo, uno no puede evitar sentir satisfacción. Sentir que ya estamos acá, que con esto alcanza, que ya se llegó. Que ya está. Ya vamos a poder decir que vimos una final del mundo. Una que no es de la película Héroes. Una que no tiene a Maradona, a Ruggeri, a Caniggia, al Goyco, a Burruchaga. Ya tenemos nuestros Messi, nuestros Mascherano, nuestros Higuaín, nuestros Di María. Nuestra generación se debía una final y acá está. En el fondo, sí, ya está, ya llegamos. Pero: “Miren que esto se vive una sola vez”. Si es así, habrá que salir a ganarlo entonces.