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NOTAS

El corazón mirando al sur

Martín Rodríguez, Federico Scigliano
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Algunos números atrás nos propusimos trazar una mirada sobre el Conurbano, un territorio que suscita una de las miradas políticas y culturales más intensas de estos tiempos. En este caso queremos hablar de Boedo, un barrio que merece ser visto a la luz de sus “invenciones”, de sus personajes, de aquellos que aún recrean su espíritu. Boedo pertenece al sur, ese sur porteño que sigue siendo sede de la reserva natural de una cultura popular portentosa. Seguimos los pasos de una experiencia en el corazón del barrio, con artistas plásticos que trabajan sobre la “alta cultura”. Se puede ser pintor, un pintor exquisito, un curador excepcional, pero parece que hay un modo “boedista” claramente reconocible, una raíz barrial que impregnará las condiciones. Un misterio llamado Boedo al que intentamos aproximarnos.

Echamos una mirada al barrio desde los ojos de Lucas Marín, que no es un fanático talibán del Ciclón ni es un murguero, simplemente es el creador de un espacio llamado “Mapa Líquido”, que cumple con su condición cartográfica: fijó la coordenada de una galería de arte lejos del circuito palermitano brilloso, de la pacatería céntrica del negocio y se instaló en esa experiencia periférica llamada Boedo.
Su carta de presentación reza: “Mapa Líquido es un espacio de arte contemporáneo fuera de los circuitos establecidos de las galerías. En el 2006, comienza a tomar forma este proyecto en el barrio de Boedo. La idea es generar un mapa dinámico en constante formación, con obras, artistas y proyectos que a medida que se incorporan modifican el perímetro y el movimiento del mismo. Hay un intento de redibujar constantemente el territorio conceptual del espacio.”
Lucas Marín pertenece a una familia de artistas y emprendedores. Sus padres se afincaron en el barrio cuando llegaron de Mendoza y abrieron un espacio llamado “Pan y Teatro” que jamás descuidó el placer ni la necesidad culinaria del vecindario ya que en un comienzo vendían el pan en la calle.
Como Barracas, como Parque Patricios, como La Boca, la impronta boedista fue proletaria y áspera cuando el sur de la ciudad era sede de la vida obrera de la metrópolis. Sin embargo, la marca de Boedo –una marca que veremos volver una y otra vez- fue la enorme vitalidad cultural que se vivió en sus calles y sobre todo en sus bares. Bibliotecas populares, ediciones clandestinas, peñas de artes y oficios, editoriales, teatros, revistas, escritores, dramaturgos, letristas de tangos, músicos y actores organizaban la vida del “proletariado inteligente de la barriada” como lo llamaba Roberto Arlt.
En esos inaugurales años 20, cuando la ciudad empezaba a organizar un eje polar norte – sur, decir Boedo era decir bastante más que el nombre de una calle pobre de un lugar pobre, era en sí mismo un posicionamiento ideológico más o menos claro sobre el lugar del intelectual y del artista en la sociedad, y un antagonismo con el aire aristocratizante y elitista de los grupos artísticos del centro norte de la ciudad. Y esa marca quedó. Boedo es una usina de cultura del sur de la ciudad desde aquellos años hasta hoy, sus instituciones fueron cambiando, sus protagonistas también, sin embargo hay una persistencia que indica un nervio conductor, un diálogo con la historia, una memoria material de aquellos antagonismos. Una forma de intervenir cultural y políticamente en la ciudad.
“Boedo estaba mas tranqui, había menos gente caminando”, dice Lucas, tratando de ceñirse al modo en que se le representa el barrio de su infancia. “Yo hace cuatro años tomé el depósito que tenía Pan y Teatro y se me ocurrió abrir este espacio.” El espacio es “Mapa Líquido”, su galería. “Yo recuerdo que Boedo era un barrio de viejos, y a la vez tenía toda esa historia de lo que fue en los años ’30. Pero que estaba medio dormida, no había mucha gente joven viviendo en el barrio. Hace más o menos 5 o 6 años que se empieza a notar un cambio que coincide con proyectos, con la apertura de espacios, como el caso de “Timbre 4”, que es un teatro en una casa, ahí en Boedo al 800. Y en ese espíritu entra Mapa Líquido.”
Una vieja transmisión radial futbolera que seguía la campaña de San Lorenzo tenía una publicidad que decía “Boedo, barrio de tango, cultura y San Lorenzo” y al parecer de estos cronistas, nada define mejor a este entrañable barrio del sur que esa mezcla azarosa de cultura popular tanguera, murguera, futbolera y designio barrial. Es un barrio del sur de la ciudad, tal vez el último, el que más conversa con esa columna de la clase media porteña que es la avenida Rivadavia, pero conserva intactos esos rasgos de barriada popular con los que fue construyendo su identidad allá a principios del siglo XX, cuando todos los barrios armaron su historia.
Lucas cree que es interesante lo que pasó a nivel histórico en un aspecto anterior a la propia producción artística: Boedo como usina cultural era el producto de una vida barrial vital. “Lo que nos interesa es crear lazos entre los mismos artistas, cierta idea de proyecto en común… eso es un poco Mapa Líquido. Ni siquiera estoy hablando de una cosa a gran escala, de cambios sociales a gran escala. En principio quiero crear lazos entre los artistas, y por ahí eso lo puedo vincular con lo que pasaba en este barrio en los 30, con la peña “Pacha Camac”, con la idea de que se está generando algo entre un grupo de gente”.
Lucas trae a la charla ese nombre de resonancia inca, Pacha Camac, verdadero santo y seña de la vida cultural de los arrabales del sur. Con ese nombre, José González Castillo, anarquista, dramaturgo, letrista de tangos, luego padre de Cátulo, fundó en los 30 la peña de artes y oficios más renombrada de la época, en la terraza de uno de los bares de Boedo al 800. Que Lucas diga ese nombre secreto para hablar de su proyecto habla de ese río profundo que corre debajo de la cultura popular porteña.
La preocupación tiene ensayos, intentos. “Esto está un poco en el proyecto de la Cooperativa de Saberes, donde cada artista y amigo, desde la poesía, la pintura, la teoría, tiene un saber, algo que está investigando, y la idea es poder escuchar al par, en una clase que nos dé a todos. La idea es aprender un poco del que tenés al lado. Como una universidad portátil en constante crecimiento.”
“¿Cómo hago –se pregunta Lucas- para que un poeta pueda tener un diálogo con un pintor?, ¿cómo sumar las dimensiones y mundos que cada uno tiene?” Y tras esa pregunta dispara su batería de conceptos. “Esto es lo que puedo aportar a nivel social, un grado de comunicación que me cuesta ver en determinados ‘guetos’ que hay por ahí.” Lucas habla de un arte en general, de poetas, pintores, músicos contemporáneos, a los que imagina carentes de valores comunitarios.
“No me imagino hacer una marcha para pedirle a alguien apoyo. Esto es anterior, lo tenemos que hacer nosotros. No hay nadie a quién pedírselo. A diferencia de ciertas movidas políticas, lo primero que tenemos que lograr es construir puentes, comunicarse, si no me puedo comunicar con otro artista de otro palo, algo nos está pasando. Hay que tejer nuestra parte de red social, la que nos toca, bueno, estamos en el campo del arte, que es el que tengo cerca, fui a una escuela a aprender eso. Yo lo que quiero es compartir mi caja de herramientas con otros artistas. Esa es mi tesis.” Hay algo en esto, que es resabio del antiguo barrio obrero: en las herramientas, en la idea de que el barrio es un lugar en construcción, casas que nunca terminan de construirse, porque siempre hay que hacer al fondo el cuarto para el nene, hay una vecindad más solidaria… Lucas se representa una vecindad cultural.
“La idea es superar ciertos guetos. En principio en el ámbito que a mí me compete: el arte. Y lo puedo relacionar con lo que pasó históricamente acá. Yo sé que las artes visuales no son populares, pero lo que quiero es lograr un punto de partida de un proyecto que sea grande. Palermo tuvo un momento de ebullición más marketinera. A diferencia de eso, yo siento que Boedo tiene una lentitud más real, que hay algo como latiendo en el fondo entre los artistas de acá, pero que no es una cosa orientada en principio a la estructura comercial.”
Mapa Líquido no es una galería con un staff de artistas fijos, como un espacio comercial, sino la base de un proyecto que a la vez se posiciona. El año pasado estuvo en ARTEBA, donde vendió muchas obras. En Mapa Líquido, según Lucas, “no pasa eso de que cada artista deja su cuadro, y punto. A mi me interesa la historia de este barrio, y a la vez, no rescataría la estética de esa época dorada, la estética –por ejemplo- de los Grabadores de Pueblo, sí me interesa cierta energía de laburo que había, el nexo entre la gente, el espíritu. Yo creo que existen los fantasmas. En Boedo pasó algo, y está bueno desde el lugar contemporáneo hacer presentes los fantasmas, y usar de esa energía que no sé dónde puede llegar a nivel estético.”
Cuando lo escuchamos a Lucas hablar de la historia y de los fantasmas que recorren el barrio se nos hace más patente aún que la idea de cultura que allí habita está en las antípodas de la forma en que la gestión actual del Gobierno de la Ciudad la concibe. Para estos artistas, cultura no es turismo, ni producción cultural dos noruegos que vienen a bailar “tangou” a los festivales internacionales. Boedo no es una “marca” a la que haya que instalar, y Arlt, Tuñón, Julián Centeya o Manzi no son tips exóticos para recorrer en una combi.
En septiembre de este año se han convocado a diferentes espacios de arte contemporáneo de las provincias a presentar sus proyectos en Mapa líquido, el proyecto llamado “Interior” presenta una infografía (montada en una de las salas de la galería) del recorrido y el concepto de cada espacio y en la otra sala las obras de todos los espacios mezcladas entre sí mostrando el diálogo entre las mismas. Los espacios que participan son: ED contemporáneo de Mendoza, La Guarda de Salta, La Mandorla de San Juan, Casa 13 de Córdoba, Germina Campos de Santa Fé y Estudio 13 de Río Negro. Por otro lado, hoy hay un grupo formado por Diego Grinbaum, Alejandro Taliano, Juan Miceli, Camilo Guinot que está en un proceso de investigación trabajando en una obra multidisciplinaria. Otro formado por Daniela Fiorentino, Gabriela Franco y Marcela Rapallo, que vincula la poesía, la manipulación de objetos y dibujos digitales en vivo. Y hasta el 20 de Junio se puede visitar la muestra “Planetícolas” con pinturas fotos e instalaciones de Emiliano López, Nat Oliva y Silvina D’Alessandro. Con texto y consultoría de Rafael Cippolini a partir de una idea del propio Lucas Marín.
Dejamos Mapa Líquido, caminamos por esas calles del Boedo profundo, fuera del tiempo, con pastito entre los adoquines, pensando que tal vez esa imagen sea capaz de reflejar una idea de la cultura, del pasado, de los diálogos posibles.