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RUIDO DE FONDO

  • claire castillon

Burbujas en los ojos

Hernán Vanoli
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Desde hace varios años, la Editorial Dedalus viene traduciendo exponentes de la teoría social y la literatura francesa contemporáneos. Michel Maffesoli, Bruno Latour, Frederic Beigbeder y el inquietante Regis Jauffret desfilan por su catálogo. Se trata de traducciones que encuentran un equilibrio delicado, pero no por eso tibio, entre el castellano neutro y ciertos usos rioplatenses de la lengua, y de esta manera consiguen que los textos adquieran una proximidad inesperada, que a veces desacomoda las expectativas del lector con una tensión que se agradece. Por ejemplo en el inicio de “Sven”, en Las Burbujas de Claire Castillon –libro al que vamos a referirnos-, se lee: “No se con quién quedarme. Lawrence me hace gozar, Sven me hace reir y Jean-Pierre me embola. Saber que, tarde o temprano, voy a dejar a Jean-Pierre contribuye a mi equilibrio psíquico”.

El de Castillon es un volumen de microrelatos organizados como monólogos poco usual para el mundo editorial argentino. Multipremiada y traducida a veinte idiomas, esta autora de 39 años construye una relación problemática con las expectativas de género. La mayoría de sus protagonistas son mujeres, pero también hay hombres. Ambos se maltratan, se desconfían, participan de una guerra silenciosa. Como si se tratase de uno de esos libros para elegir cómo va a llamarse un bebé, cada texto lleva un nombre por título. Hay historias de amistades pueriles, padres absorbentes, mujeres infieles, parejas rotas. Si bien la serie está obsesivamente organizada en torno a las relaciones de poder que hacen que la vida cotidiana de la pequeña burguesía sea una especie de infierno, los estereotipos son esquivados con destreza y una espinosa capa de humor. No hay mujeres sufrientes ni mujeres combativas, no hay hombres bestiales y retrógrados: no hay pedagogía ni lamento. Por el contrario, Castillon construye una invitación a preguntarse cuál fue el punto en el cual las convivencias entre estos personajes se torcieron en un giro perverso, sádico o macabro, más allá de los condicionamientos culturales. En ese registro, la fuga hacia el absurdo consigue una empatía particular donde los roles cristalizados de víctimas y victimarios se complejizan; y donde no hay reconciliación posible. La propuesta es la de una abstracción muchas veces irónica que invita a la sospecha: los personajes continúan su existencia y construyen explicaciones delirantes para el desorden del mundo que los rodea.

Quizás sea un libro demasiado cargado para leer de un tirón. La estrategia de construir universos en base a monólogos fragmentados deja un efecto de mazazo que aconseja su dosificación; no por el minimalismo sino por la acidez. De un saque tantas burbujas pueden hacer arder los ojos, incluso empalagar. Sin embargo hay algo masoquista en todo lector. En casos extremos, se recomienda leer Las Burbujas a la par con El amor es eso, de Regis Jauffret, publicado por la misma editorial. Dos libros casi simétricos, con microrelatos de una estructura similar. Ambos escritores fueron pareja, quizás hasta la publicación de estos libros demoledores, de una chispa amarga.