inicio > ¿Qué es esto?

LA MALA LECHE

  • Lucas-Azcona-Roberto

¿Qué es esto?

Martín Rodríguez
Agrandar fuente Achicar fuente

“La madre de la estudiante chilena Nicole Sessarego Borquez (21), asesinada en julio pasado en el barrio porteño de Almagro, agradeció hoy la «valentía» del padre del joven detenido (Ariel Lucas Azcona, 22) como sospechoso del homicidio, quien lo entregó a la policía.” (Clarín, 10/11/14)

Dos historias.

1. Eduardo Trasante es el padre de Jeremías, un chico asesinado en el barrio Villa Moreno de la zona sur de Rosario hace dos años (acribillado junto a otros dos militantes del Movimiento 26 de Junio por una banda de narcos, y por “error”) es pastor evangelista, y como parte de sus tareas asiste a la cárcel donde están presos los asesinos de su hijo.

2. Roberto Azcona es el padre del joven presunto autor del crimen de Nicole, la también joven estudiante chilena asesinada en el barrio porteño de Almagro. Junto a su hija identifica en la televisión la figura de su hijo y lo entrega a la justicia. Estas dos historias ocurren en paralelo.

El primero, cumple en el anonimato el trabajo misionero al que las iglesias evangelistas se abocan recorriendo el sistema penitenciario argentino. En estos días habló en la radio y dio una lección de cristiandad formidable.

El segundo, tiene todas las luces mediáticas encendidas sobre sí, y contó lo que todos oímos: vio la reproducción de las cámaras de seguridad en la que la joven chilena que residía en Buenos Aires era seguida por un joven, pero no distinguió a su hijo. Su otra hija, en plena madrugada, lo despertó llorando porque tenía la certeza de que el asesino desconocido era su hermano. Lo vieron juntos. Es, dijeron. El padre entregó su hijo a la justicia.

¿Qué quiere decir esto? ¿En qué se relacionan estas figuras paternas? La del padre que “perdona” al asesino de su hijo, la del padre que no perdona que su hijo sea un asesino, a pesar del amor.

En un principio diríamos que confían en la ley, confían en la justicia, se subordinan a ella. Representan, como pensamos durante la temporada de linchamientos del otoño pasado, que contrario a ese momento de “conmoción social”, estas son víctimas que no piden más Estado sino que asumen su lugar social, se exigen ser más Sociedad. El padre evangeliza a los que mataron a su hijo. Sabe dónde, cómo y en qué condiciones pasan el día y la noche en un país cruel donde la cárcel es una doble condena: es la reclusión y son esas condiciones inhumanas de reclusión también. Como si el hacinamiento, los códigos tumberos, la mala comida y el terror fueran el plus de venganza con que se termina de colmar la percepción de una justicia que siempre parece incompleta. Como pasa con los violadores: sabemos que los violan, nos termina de reconfortar que el violador es violado. Intramuros se completa el círculo de la venganza que late en la justicia.

Un hijo asesinado, un hijo asesino, y la madre de la chica asesinada que valora la valentía del padre que lo entrega completan este cuadro de civilización insoportable. ¿Qué pasa entre estos padres que no piden sangre o que no se escudan en la sangre? ¿Qué son esas formas piadosas? ¿Qué pacto quiebran?

La ley no te obliga a denunciar a un familiar ante un delito. Protege la célula del Estado. Pero la gravedad de este padre que sí denuncia, y el otro padre, que tiene su hijo muerto y renuncia al impulso de venganza ante esa pérdida, hace que de algún modo los dos se sobrepongan a un punto ciego del orden civil: son padres que no se vengan, que no ocultan a sus hijos de su propio crimen, que se ponen del “otro lado”. ¿Hay una nueva forma de sociedad en esos padres? Ellos están diciendo: mi vida continúa, no soy mi hijo. Se están separando del hijo, marcan un límite a la sangre, una fisura por la que entra la sociedad a esa sangre. Y ese subrayado, eso que podría ser también una mutilación física, algo que podríamos pensar imposible en una madre, digo, esa rendija del discurso es esperanzadora.

En Irán, hace poco tiempo, la madre de un joven asesinado por otro joven tuvo la decisión, cuando el asesino de su hijo estaba a punto de ser ahorcado, de perdonarlo. Se paró, le dio una bofetada y lo perdonó. Y ese perdón, en Irán, actúa con el peso de la ley también, porque la suspende. La madre del difunto puede decir hasta dónde la justicia. El asesino de su hijo fue perdonado por ella, y en ella, se ahoga cualquier otra voluntad.

Volvamos a Argentina, un pueblo construyendo el mosaico de una sociedad y un Estado. Estos padres excepcionales se sacan de encima la ley de la sangre, que es, en parte, una ley de la calle, del ojo por ojo. No matarás, están diciendo. Los hijos entierran a los padres, según la naturaleza y la cultura. Estos padres entierran a sus hijos, pero en su piedad, en su infinita virtud, hacen un bien absoluto.

En el hijo que entierran o “entregan” plantan otro deseo imposible: que no muera nadie más.