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After Chabón

Diego Sánchez, Emiliano Flores
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Se cumplen diez años de Cromañón, la tragedia no natural más grande de la historia argentina, que se cobró 194 vidas y partió en dos tanto al rock nacional como a una generación entera de jóvenes. Más allá de las responsabilidades penales derivadas de un juicio extenso, nos preguntamos por los efectos. ¿Fue el llamado rock chabón, a partir de sus “limitaciones”, una incubadora natural de la tragedia? ¿Hubo, en ese sentido, una suerte de “venganza social” que diluyó el análisis de otras responsabilidades? ¿Qué pasó con el rock y la juventud en estos diez años? Preguntas y muchas respuestas para una historia que no cierra.

Cromañón es un significante colmado de imágenes y representaciones que condensan lo que sucedió el 30 de diciembre de 2004: 194 muertos y una sucesión de irresponsabilidades empresariales y complicidades políticas que derivaron en la tragedia. Pero también es eso, una tragedia, con todo el peso que tiene esa palabra en la Argentina. Una tragedia más, un drama que concentra contradicciones, atraviesa historias de vida y produce interrogantes. A lo largo de estos diez años Cromañón encapsuló el dolor de miles de personas pero también se convirtió en la forma de aludir a un problema. Y el rock, como expresión de una identidad juvenil, no quedó al margen. Más allá de lo que la justicia tenga para decir respecto a las distintas responsabilidades penales en relación con la tragedia, lo que ocurrió hace diez años puso en escena también una serie de tensiones ligadas a la cultura joven y a sus espacios de pertenencia, que parecen problematizar ese pantano sobre el que se construye la afinidad con un “circuito” y una “generación”.

Cromañón es nuestro acontecimiento como generación”, escribió a mediados de 2008 el colectivo Juguetes Perdidos en un documento titulado “No escondamos nuestras bengalas”. Era un texto que aspiraba a una recuperación identitaria entre las cenizas de una tragedia que, también, había vuelto su mirada hacia las formas decadentes de ese rock. Nuestras fiestas -aseguraba- eran la forma que teníamos de resistir, de crear un suelo por el cual transitar sin dolor”. El título molesta, pero excede la lectura del error o la reivindicación desafortunada; en la tensión con esa autocrítica demandada por muchos -y que podría ir tanto desde la pulsión suicida a usar bengalas en un espacio cerrado, como al propio “ascetismo estético” del universo chabón- el documento da forma a su argumento. “Por eso no debemos caer en auto-culpabilizaciones que borran nuestras fiestas, que ocultan y niegan todo lo que hicimos para vivir en aquel terreno resbaladizo.” Las mil mesetas resbaladizas del documento, en definitiva, transitan sobre uno de los problemas que también se cuentan entre los efectos de Cromañón: la invisivilización de una generación. 194 muertos no reconocidos como propios. Cromañón como un error disonante en la historia argentina. O también, como aquello que parece atravesar a todos los actores de esta tragedia: como el error de los otros.

cromañón2Radiografía de la pampa chabona

Creo que eso que estalló en Cromañón podría haber estallado en cualquier lado y que no se debe necesariamente a un fenómeno cultural como el rock chabón, de hecho ocurrieron eventos trágicos vinculados a otros géneros musicales”, analiza el sociólogo y doctor en antropología social, Pablo Semán. “Fue una combinación fatal de irresponsabilidades.”

Semán es autor del ensayo “Vida, apogeos y tormentos del rock chabón”. Allí, luego de trazar una genealogía del género, sugiere la hipótesis de una “venganza social” amplificada por Cromañón. “En la medida en que el “rock chabón” desafió la hegemonía de los rockers de clase media y sus estéticas -escribe en el ensayo-, los juicios musicológicos aliados a la consideración sociológica que lee lo emergente en clave de decadencia consuman un involuntario ajuste de cuentas ansiado desde hace tiempo.” De esa forma, Cromañón aparecería así como consecuencia natural de ciertos “manierismos chabones”: la economía de recursos, la carestía simbólica. Algo que Semán rechaza a la hora de pensar la tragedia. “Lo que estalló en Cromañón es una cosa y lo que sucedió con el rock chabón es otra.”

En los ‘90 el rock se masificó, dejó de ser una expresión de los chicos de clase media. Como cantaba Mollo: Nace un hijo negro, cachetazo al rock, dice el abogado, investigador y docente Esteban Rodríguez Alzueta. “Esos jóvenes de los sectores populares, que no tenían cabida en la política, en la televisión, en las políticas de estado, hicieron con esos “dos tonos” que caracterizarían al rock chabón una caja de resonancia, la oportunidad para expresarse.” Y agrega: “La esquina empezó a ser un lugar para construir una identidad. Allí los jóvenes intercambiaban información, se peleaban, enfiestaban, aprendían a cuidarse unos a otros.”

Para el historiador y crítico musical Sergio Pujol, el rock chabón “tuvo un fuerte respaldo de un público joven en su mayor parte proveniente de familias del segundo y tercer cordón industrial. Lo que diríamos una juventud proletaria en una era des-proletarizada.” Y pone en contexto: “Si bien el rock argentino siempre tuvo algún anclaje “popular” (pienso en Pappo, pero también en Sui Generis, por su masividad que atravesó clases sociales), todo parece indicar que el capítulo “chabón” tuvo un componente de clase más definido.”

Esa masificación del rock, por lo demás, se conecta, según Semán, con la propia extensión del territorio conurbano durante aquellos años. “Cambiaron las escalas”, asegura. En ese sentido reconoce un repertorio de temas sociales comunes -más que una afinidad estética o musical, amén de las nuevas condiciones de producción de música derivadas de los años 90. Sin embargo, no considera al rock chabón como una expresividad uniforme ni a Cromañón como el único sitio donde esta “nueva” juventud se concentraba. “Cromañón juntaba 7 mil personas por noche pero había otros 250 mil que hacían otra cosa: la gente salía de sus casas, se juntaba en las esquinas, en los locales, en las iglesias, en festivales. Que nosotros no lo tengamos registrado no quiere decir que no fuera tan importante en la experiencia de la cultura juvenil como lo que pasaba en Cromañón, o que ese fuera el único lugar.”

cromañón3Algo peor

Cuando el 30 de diciembre de 2004, un incendio arrasó el local de Omar Chabán durante un recital de Callejeros -una ascendente banda de la movida chabona-, provocando un total de 194 muertos, además de cientos de heridos y víctimas directas e indirectas, muchas miradas se posaron sobre esa trayectoria que, finalmente, parecía confluir en la tragedia. Rock, precariedad, carencias. Semán, sin embargo, responde. “Yo no diría que en Cromañón estallaron todas las contradicciones porque no era un punto necesario.” Para el investigador, parte de lo que vino después, y que puso al rock chabón en el centro de la escena, “tuvo que ver con una venganza de clase”. “Siempre es más fácil observar los problemas de la estética del otro cuando hay una diferencia de clase: todos podemos ver el machismo de la cumbia villera pero no los del rock nacional.” Y agrega: “El problema es que muchos creen que el juicio estético es equivalente al juicio político o sociológico. Una cosa no deriva necesariamente en la otra. No se caracteriza una sociedad, menos en términos de bien o mal, por los estilos musicales que son aparentemente hegemónicos.”

Entonces, ¿qué tensiones y problemas se desprenden de esta tragedia? Para Pujol, Cromañón “reveló varias cosas: la vetustez -que costó vidas- entre un modo de producción forjado en el under de los 80/90 (eso estaba en la cabeza de Chabán, indudablemente) y los visos de masividad de una escena musical que ya no encajaba en aquellos estándares. Puso al descubierto el grado de irresponsabilidad de productores y músicos, y obviamente también del Estado, que habilitó un lugar inadecuado para eventos de esas dimensiones.”

Cromañón no se explica en la cultura chabona -opina Rodríguez Alzueta- sino en todos aquellos actores y prácticas que lo fagocitaron: la futbolización del rock, la lógica del amontonamiento. Lo que pasó es producto de la imbecilidad argentina aprendida y repetida durante años. Cromañón tuvo un impacto, cuya onda expansiva había que controlar. Cuando una sociedad no sabe qué le pasa, tiende a buscar la paja en el ojo ajeno. Y Chabán era el personaje ideal para ocupar ese lugar. También Cromañón sirvió para ver que Argentina era un país sin salidas de emergencia. Donde había una revista (creo que era La García) que ponía puntajes y hacía un ranking sobre los recitales donde la gente fumaba más porro, donde había más banderas, más cantos y más bengalas o fuegos de artificio. Y los Callejeros iban punteros en ese rubro. Esto no quiere decir que no tengamos que pensar alguna forma de reproche social para con Chabán y Callejeros, pero lo que pasó ahí, tuvo que ver con todos nosotros”, completa. Y agrega Pujol: No sé qué tipo de autocrítica se le puede pedir al rock chabón como subcultura o movimiento sociocultural. En todo caso, queda claro que los integrantes de la banda no pueden quedar fuera de culpa (y así lo entendió la justicia). No eran artistas contratados, solamente, ajenos a la economía política de la música como espectáculo.”

cromañón4Rocanroles y destino

El impacto fue total”, responde Juano Falcone. Integrante de La Caverna, ex percusionista de Casi Justicia Social y hoy de Don Osvaldo -las dos bandas que fundó Patricio Fontanet tras la disolución de Callejeros-, Falcone es desde hace años una de las voces más activas en favor de la inocencia penal de la banda. Entendemos que eso incomoda, pues la absolución implicaría una revisión estructural que pondría en jaque a una cultura de atar con alambre, que aún está muy atrincherada, pese a algunas cartas de intención”, asegura.

Pero más allá de las idas y vueltas judiciales, y del debate por las responsabilidades penales y sociales de Chabán, Callejeros, Ibarra y otros involucrados, ¿qué pasó con el rock chabón después de Cromañón? ¿Qué pasó con esa juventud?

Bandas como La Caverna, La Berisso, Salta la Banca, Ojos Locos y otras, todas con sus diferencias, parecen abrevar en una tradición que, diez años después, sobrevive entre la maduración del género, la renovación generacional y las esquirlas de la tragedia. “Los shows ya no son lo mismo”, confiesa Falcone. “Y aunque seguimos siendo músicos, y en nuestra responsabilidad no caben las de un inspector, un funcionario, o un policía, hemos hecho nuestra parte para modificar el estado de cosas. Lamentablemente, lo estructural no depende sino del Estado, y no creemos que haya sido revisado en profundidad.”

Creo que los jóvenes hoy día, sobre todo los jóvenes de los sectores populares, tienen un mundo más complejo -opina Rodríguez Alzueta-. Se siguen midiendo con un mercado que promete éxito a cambio de consumo, un mercado que atrae, interpela, genera lazos; se miden también con el consumo para todos que terminó por redefinir los términos de la pobreza relativa. Un consumo desigual e improductivo, pero importante puesto que del mercado se obtienen los insumos para construir una identidad.” Y completa: “Por supuesto que el consumo no es pasivo; los jóvenes no son un maniquí que se calzan la pilcha de moda. Hay resignificaciones, innovaciones, algunas de las cuales son captadas por el mercado y empaquetadas otra vez. Pero la identidad sigue teniendo como punto de apoyo las mercancías encantadas.”

Un tiempo antes de que sucediera lo de Cromañón se percibía una reacción contra el rock chabón”, recuerda Semán. “Uno notaba en los grupos de jóvenes que hacían música en las clases medias una cierta inconformidad con la generalización del estilo. Ahí surgió una búsqueda de temas más intimistas, un cultivo de la cosa más suave. Todo eso ya existía en 2004, y si bien Cromañon catalizó ese proceso, al conjugarse con cambios muy fuertes en lo relativo a la producción de música, ya no hubo un relevo del rock chabón que pueda ofrecerse como contrapunto. Hubo cientos de pequeñas bandas todos los fines de semana tocando en bares y el rock chabón fue replegándose a sus orígenes en el conurbano donde la cumbia, que ya existía desde antes, ganó mucho terreno.”

Cromañón cerró, a su manera, una etapa del rock en la Argentina. Menos que una reacción, el repliegue ayudó a definir una nueva etapa de hibridaciones, donde géneros e identidades parecieron distenderse. Desde la cumbia como género hiperexplotado por nuevas camadas de músicos porteños, al indie platense que refrescó una escena porteña golpeada por las clausuras, el paisaje de estos años mostró modificaciones que, por supuesto, no se inscriben como causalidades necesarias, pero se leen como características del universo joven de la Argentina post Cromañón. Bandas “indies”, por ejemplo, como 107 Faunos o Él Mató a un Policía Motorizado -que habría de debutar en 2004, poco antes de la tragedia- se lanzaron a una búsqueda que no parece prescindir ni de la ética de lo independiente ni de cierta emotividad popular.

Creo que el elemento que cierto indie platense (y no sólo platense, también del Conurbano sur o incluso en algunos casos de Capital) y aquel rock chabón tienen en común es básicamente el barrio”, arriesga Juan Manuel Strassburger, periodista y co fundador del Festipulenta. “Hay que tener en cuenta que tanto el indie a secas, como el indie platense y derivados, surgieron con fuerza antes de Cromañón, por lo que no se podría vincular de manera causal a uno con otros. Pero ambos se nutrieron sin complejos del barrio y lo resignificaron de manera positiva. Por supuesto, seguramente, no sea lo mismo el barrio que aparece de a pinceladas en Pequeña Honduras de 107 Faunos que el que podemos encontrar en las letras de Viejas Locas o Los Piojos; hay una fantasía distinta. Pero su presencia es fuerte (y creativa) en ambos casos. Y la razón es simple: el barrio existió (existe) en sus infancias. Y les resulta natural retratarlo o aprovecharlo como insumo vital de sus canciones.”

Pasaron diez años de la tragedia de Cromañón y la única certeza que brinda el paso del tiempo es que los jóvenes que formaron parte de esa experiencia hoy están más grandes. Muchos siguieron con sus vidas y otros aún conviven con el trauma de aquella noche. Las condenas políticas y judiciales, con vaivenes, alcanzaron al Jefe de Gobierno de ese entonces, Aníbal Ibarra, y a Omar Chabán y los integrantes de Callejeros. La otra parte de la condena, según algunos, recayó sobre una subcultura que, por su componente popular, suburbano y emergente, pareció convertirse en el punto de fuga perfecto de un universo más amplio de responsabilidades y autocríticas.