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El pornógrafo

Gonzalo Bustos
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A los 12 años vio su primera película porno. Fue una experiencia iniciática: hoy está a punto de estrenar su film número 16. Siguiendo el legado familiar, estudió Derecho pero abandonó cuando llevaba más de media carrera. Hoy muchos lo consideran el “intelectual del porno nacional”, quizás una manera de sintetizar un estilo a contramano del mítico Víctor Maytland, y en donde cada escena, cada plano y cada torsión de la historia aparecen en función de una obsesión mental y narrativa que parte, siempre, del sexo. Renovador del género, obrero de la técnica y el lenguaje, César Jones es, para muchos, el mesías del cine porno argentino. Un viaje a las profundidades de la mente -y el camino- de un hombre que encontró en la excitación el sentido de su vida.

Una madre -más de 50, maquillaje rosa de ama de casa- plancha y le pregunta a su hijo -un rubio de mayoría de edad en estreno- si hizo lo que le pidió. “Es vital”, le dice ella cuando él contesta que sí. Un hombre -el macho de la familia-, vestido de obrero, entra en escena con gesto patriarcal. La cámara lo recorre de arriba hacia abajo y la imagen se vuelve difusa. La claridad retorna: el hombre desnudo en un cuarto, a sus pies madre e hijo chupándosela.

Ese es sólo el comienzo del último tramo de Visiones de un erotómano (2014), el film número quince del director porno César Jones. Secuencias como esas son comunes en el derrotero sexual que este platense de 43 años despliega en sus películas. Sus historias van más allá del porno: no es sólo sexo explícito, hay un espesor narrativo que dota de significantes -que el espectador deberá decodificar- a cada encuentro carnal que planta.

En César Jones y sus producciones conviven espíritus europeos. Sus ideas hechas porno tienen solemnidad inglesa, el toque art y bohemio francés, la entrega italiana. Sus films sobresalen respecto a la media nacional del género cuyos rasgos característicos son el golpe directo, el roce constante con lo bizarro y la parodia al fenómeno social de turno. Dicho de otro modo, si el porno argentino ha sabido hacer películas las fantasías populares -la enfermera, la policía, la colegiala, por citar algunos clichés-, Jones se encargó de las suyas. Sus inquietudes pulsionales, sus deseos, están en sus films. “Mis películas son la saga de mi entrevero con el mundo”, explica. “No podría concebirlas de otra forma.”

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El mito dice que Víctor Maytland fundó el porno argento. “Maytland es el porno local. Antes de él no había nada, o había poco, y a partir de su primera gran idea cambió todo”, escriben Alejandra Cukar y Daniela Pasik en Porno nuestro. Crónicas de sexo y cine. Puede que estén en lo cierto: su película Las tortugas mutantes pinjas (1990) es el film porno más vendido de nuestro país (¡y hasta tiene una remake yankee!). En esa cinta reside el germen de lo que se precipitó después: el chiste fácil, la historia que deviene en la mayoría de las mentes, la realización por la mera acumulación.

En el transcurrir del mito está César Jones, que vino a “salvar” esa industria que nunca llegó a ser tal y quedó reducida a un ambiente. “Es cierto que nosotros dos somos las caras visibles, encima de dos estilos opuestos. Pero en el medio, incluso antes y después, hay mucha gente. Está lejos de agotarse en él y en mi”, dice Jones. “Se hace foco porque somos los más visibles. El contraste acentúa la ilusión de que somos nosotros dos solamente. Pero es eso: una ilusión.”

César Jones***

Hijo de “una familia conservadora”, Pablo César Seboli –así en el DNI– estudió en el colegio San Luis, una institución recta y católica de La Plata. Eso no le impidió que en la primavera de los videoclubs llegara al porno. Todo lo contrario. “Fue como que lo exacerbó. Los mandatos y el rigor de una educación religiosa sabemos lo bien que le puede hacer a cualquier mente púber en busca de aquello que le prohibieron. Es más, muchos pornógrafos provienen de esa educación”, cuenta. “Creo que algo del placer perverso (en el buen sentido del término) que uno experimenta por la sexualidad tiene que ver y se le agradece a la educación religiosa.”

A los 14 años Jones tomaba los casettes condicionados del local del padre de un amigo. De esa época recuerda que “eran unas panzadas geniales. Agarramos el último coletazo creativo integral del porno. Mediados de los ’80. Todavía existía la idea del porno como un largometraje con cierta trama y espesor narrativo. Era un porno que no sufría de la hipercompartimentación de hoy. En una misma película veíamos prácticas muy jugadas no aptas para gente impresionable y saludablemente mezcladas.”

En el último verano de receso escolar llegó el debut sexual. En medio de unas vacaciones con amigos en Mar del Plata, César ingresó en carne propia a ese universo que consumía pantalla de por medio. Los amigos dieron con una prostituta de la que tienen un grato recuerdo. “Sexualmente lo re disfruté. Fue como vitalista. Se armó como una amistad genuina con la mujer y el hombre que la cuidaba. Ella fue sapiente y dulce. Nos hizo entrar al mundo del sexo muy cuidadosamente. Una ternura que no dejaba de lado lo picante.”

Cuando terminó el secundario se anotó en Derecho. “Lo único que quería era seguir haciendo las cosas de la vida que me gustaban sin que me jodieran. Entonces elegí una carrera para que no me molestaran”, explica. Metió materias con rigor marcial, eran todos nueves y diez aunque llegaba a cursar sin dormir tras largas noches en Cemento. Todo terminó una mañana del tercer año. La cabeza hizo click. No quería que su vida fueran las leyes que “no tenían nada que ver conmigo”. Se paró en medio de una clase y se fue para nunca más volver.

Con la ruptura sobrevino una temporada de tornados. Se peleó con sus padres, se fue de casa a convivir con una novia. Experimentó las embestidas de la convivencia. No tuvo piedad con los excesos. Se quebró. Luego, vino el cine. “En un momento me vi tan a la deriva que necesitaba un tipo de marco institucional que viniera a demarcar un poco. Si voy a apelar a eso que sea en algo que me guste y ame, en hora buena me metí en la carrera.”

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David Mochen es amigo de César Jones hace más de veinte años. Miembro de la banda El Sueño de los Insectos –para la que CJ compuso la letra del tema “Tu verdad”–, es el encargado del “diseño sonoro” de las producciones de su compadre desde antes de que éste hiciera porno. “Siempre fue de llevar las cosas un poco más allá de lo establecido, de lo conocido”, dice Mochen de Jones. “Hace años publicó dos libros de poesía, un material genial que desafía las fronteras del género escrito. Así que no me sorprende que quiera cuestionar al espectador, al oyente, al lector, o a quien fuera. Y para eso, su herramienta es proponer una trama que va más allá del facilismo.”

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La primera película porno que filmó César Jones se llamó Las fantasías de… Sr. Vivace. Era 2001 y terminaba de cursar el último año de cine. “Fue alucinante. Nos enfrascamos en la tarea sin ninguna pretensión de escándalo social. Era un placer muy puro e inocente por hacer la película por el acto creativo en si”, recuerda. El proceso fue largo, no había más límites que los que demandara cada proceso. Incluso, una jornada se filmó dos veces: la luz no había conformado.

A pesar de su fascinación por el porno, Jones no veía en él su futuro. Con el tiempo se dio cuenta de que había varios indicios de eso. “Los cortos que estábamos haciendo no trataban sobre sexo explicito, pero había un erotismo, una forma de iluminar, de recorrer los cuerpos con la cámara… Usaba los elementos del género sin poner el género en pantalla. Era una cuestión de tiempo para que entraran en fase.”

Entonces, todo comenzó formalmente en 2001. Después vino una filmografía que por estos días está llenando su casillero 16. Si todo sale como está previsto en abril se estrenaría Toda en la boca (un informe ordinario).

Tras pasar por varios trabajos (en su mayoría como empleado administrativo), encontró en el cine porno su oficio y de eso vive -con lo justo, aclara-. Se remonta a esos tempranos dos mil para contar cómo fue la reacción de sus padres: “cuando cobró visos de convertirse en un oficio lo tomaron con simpatía. Y vieron que podía ser algo estable.”

Esa tierra firme donde decidió pisar resultó ser un suelo blando, o más bien, un terreno que se fue fragilizando por el mal caminar de sus nativos. “No se consolidó una industria porno por una torpeza generalizada de los que habitamos el medio en Argentina, no saber aprovechar lo que muchos ven como un yugo pero que es una rampa de lanzamiento: Internet, por ejemplo”, explica Jones. “No hemos sido buenos empresarios de nuestros propios productos. Otra razón es que en las pequeñas primaveras hubo una conducta depredatoria interna. En vez de ofrecer más y mejor, se ofreció cantidad sin tener el menor respeto para con el producto y el público: un montón de baratijas que terminan desgastando los engranajes de algo que quiere ser una industria.”

visiones de un eroto***

La cabeza pesa. Una obsesión se carga los pensamientos. El foco es impreciso hasta que, de a poco, se clarifica. Así describe César Jones el advenimiento de una idea que puede terminar siendo una película. “A veces el gatillador hacia la conciencia puede ser una anécdota de lo más trivial. Un recorte, una mirada, una palabra de un semejante. En general uno tiende a creer que ese incidente disparó, pero para mí hay un caldo que se viene cultivando en el inconsciente y un hecho lo remonta. Ahí empieza el proceso donde lo racional, las horas, el trabajo y el esfuerzo entran a tallar todo aquello.”

Cómo “todo aquello” termina siendo sexo es el interrogante. “Ya está en la génesis, en mi forma de concebir el porno. Ni siquiera es que tengo una pretensión intelectual. El hecho de que haya cierto espesor narrativo es en función de la repotenciación de lo erótico.” Después de ensayar la respuesta Jones pone una escena de Temporada alta (2007) donde muestra un incesto crudo y duro para ejemplificar la maquinaria mental que tracciona en su cabeza. “La ucronía de Temporada alta que plantea un no incesto, la idea de esa ausencia, nos lo hace contrastar, no sólo con nuestro saber racional del carácter cultural del incesto, sino también -he ahí la clave- con nuestra percepción sensual de la condición prohibida de esa práctica, que sufre un vahído interrogativo, digamos, al encontrarse en el film con la naturalización opuesta: no se trata de que el incesto esté permitido, sino de una noción que en el universo del film parece no haber existido jamás. La colisión ocurre en la psique del espectador, entonces. Pero yo no me planteé todo eso al momento de hacerlo. El punto de partida es puramente sensual.”

Ese mismo puntapié inicial que tiene en su mente es el que lo atrajo –y atrae– del género. “Lo que más me gusta del porno es su marca básica y primera: el mostrar sexo explicito en pantalla”, dice. “Uno se da cuenta que es una herramienta fundamental para rastrear el deseo humano en materia sexual, y a la vez un dispositivo de placer fenomenal. La capacidad de ser un dispositivo audiovisual destinado a producir placer sexual a través del ejercicio de mostrar imágenes de personas teniendo sexo explicito. Disfruto de esa distancia que funda y esa proximidad intima entre el espectador y la pantalla, ese sentido que se construye.”

Si el porno rastrea el deseo humano, el de Jones -su deseo, su porno- vierte luz sobre espacios oscuros. En Visiones…, por ejemplo, se ven la sublimación -que puede llegar hasta el disfrute de la violencia-, el cruzar los límites de ¿la moral?, las ansias de un otro incorruptible. Y todo, claro, tiene al sexo como motor.