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OPINION

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Silencio en llamas

Andrés Pinotti
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Un día antes de morir, Sebastián se encargó de comprar bujías para arreglarle el auto a un vecino del barrio. Ayudar a los demás era lo que lo mantenía vivo. Una vez le limpió el radiador y le cambió unas mangueras al Renault 4L que un viejo usaba para cirujear. “Mirá que no te puedo pagar”, le dijo el viejo. “No se preocupe, amigo”. Así era Sebastián. Y así fue hasta el 5 de febrero de 2014, cuando falleció junto a otro bombero voluntario del cuartel Vuelta de Rocha de La Boca durante el incendio y derrumbe del depósito de la multinacional Iron Mountain, en Barracas.

Sebastián Campos y Facundo Ambrosi se criaron en el barrio boquense y si bien no se conocían de antes, una vez que pisaron el cuartel se hicieron grandes amigos. Sebastián era fanático de Racing, Facundo de Independiente. Los dos amaban los fierros y se caracterizaban por ser los bufones del cuartel. “Eran terribles, se la pasaban jodiendo. Entre todas las cosas que hacían, siempre le escondían las zapatillas a un bombero que todavía sigue teniendo olor a pata”, dice Nora Fernández, madre de Facundo y segunda oficial del cuartel Vuelta de Rocha.

Los muchachos se volcaron al oficio producto de haber vivido en una familia de bomberos. Sebastián comenzó a visitar el cuartel a los 13 años, cuando todavía la estructura ignífuga le quedaba grande. Su padre, Jorge Campos, aún es comandante del cuartel que se ubica en la calle Garibaldi. “Siempre le gustó, era lo que lo movía. Los últimos dos años él trabajó en una empresa que armaba los boxes en el Súper TC 2000, pero su pasión estaba acá. Le encantaba arreglar los coches bomba del cuartel, darle una mano a la gente del barrio, colaborar con los comedores.” Y también estaba el fútbol. El amor furioso que sentía por Racing lo llevó a ponerle Mostaza a su perro. “Aunque el perro era todo negro -cuenta su padre-. El flaco moría por la Academia.”

Aquel 5 de febrero Facundo y Sebastián fueron parte de las 10 víctimas que se cobró el incendio y posterior derrumbe de la filial argentina Iron Mountain. Cuando la sirena sonó esa mañana a primera hora, un equipo de bomberos se dirigió al depósito situado en Azara al 1245. Pero Facundo había dormido poco la noche anterior y decidió quedarse y hacer guardia en el cuartel. “Entonces se puso unas ojotas y fue a la terraza. Cuando vio el gran hongo de humo bajó y me dijo: `Vieja, mejor voy a ayudar´. Y se fue caminando por el medio de la calle, porque el incendio quedaba a pocas cuadras”, cuenta Nora Fernández.

Vos ves el video y antes de que empezara el siniestro hay un vigilador que está mirando el tablero. Se prende la luz roja, el tipo va, la golpea y se apaga. Falla de la alarma. Al rato se prende otra vez la luz, sale a mirar y ve que viene una mujer de limpieza desesperada y gritando que en el fondo hay fuego –dice Jorge Campos-. A mi no me cierra que haya sido un corto circuito. Para mí hubo algún acelerante. Fueron cuatro focos de incendio. Por eso, cuando se abra la feria nos vamos a presentar como querellantes para poder tener acceso a la causa. No soportamos más el silencio de las autoridades ni el hecho de que la fiscal, Marcela Sánchez, se haya puesto a investigar el accionar de los bomberos.”

En 2006, en Londres, una filial de Iron Mountain ardió en llamas. La investigación arrojó como resultado que el incendio había sido intencional. La sucursal argentina de la multinacional -que se encarga de depositar archivos bancarios, petroleros y de otros rubros- fue inspeccionada en el 2008 por la Subsecretaría de Trabajo de la Ciudad de Buenos Aires. Aunque el edificio no cumplía con los requisitos básicos de seguridad ni ofrecía la debida protección ante posibles casos de siniestros, siguió funcionando. A casi un año del incendio, los familiares de las víctimas esperan respuestas.