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RUIDO DE FONDO

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La palabra y las cosas

Damián Huergo
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Soy abogado, sólo me interesan los hechos”, dice el actor ruso Vladimir Vdovichenckov en Leviatán, la película que debería evitar que Darín dé un discurso pre-electoral en la tarima de los Oscar. La misma frase podría sintetizar la obra del poeta y abogado Julián Axat. En Rimbaud en la CGT, su último libro, lo sólido es lo único que persiste, los hechos son lo sagrado; la búsqueda del lenguaje necesario para nombrarlos, también. En su poesía la palabra no es liviana, tampoco espuma aguachenta ni efervescencia política de ocasión. En las primeras páginas, a modo de haiku-manifiesto, se lee: todo el aire / se desvanece / en lo sólido.

Lo sólido en Rimbaud en la CGT es el Estado, lo que ocupa el espacio público y el privado; el Leviatán heredado de la modernidad que produce ciudadanía y que -a la par- la consume. Desde allí habla el poeta, desde una de sus cientos de bocas que se muerden entre sí. En “Ars Poética pos 2001”, escribe: la Poesía / habla / todo el tiempo / del Estado. Axat utiliza su lenguaje formal e informal, lo desborda, lo convierte. “AUH”, “Campaña electoral”, “Rosca”, “Fierros”, “Dios”, “democratización”, “Registro”, “Sala”, “Código Civil”, son palabras centrales de la jerga estatal. Axat, como poeta y agente del Estado, las transforma en piezas de barricada, las descubre marginales en el mismo centro del universo de bienestar que habita.

Al igual que en Ministerio de Desarrollo Social de Martín Rodríguez o MEcon de Mara Pedrazzoli, la sombra de Rimbaud transita pasillos ministeriales con aire acondicionado, comisarías del conurbano y barro militante. El poeta cobra del Estado pero no vende su organicidad. Se burocratiza pero no se despersonaliza. El Estado pasa a ser un medio para la poesía. El poeta, un medio del mismo Estado para lo que el burócrata no puede o no sabe decir.

Axat escribe sobre las cosas que lo desvelan. A simple vista parecen incompatibles. Sin embargo, en su voz se enhebran y multiplican el sentido. En Rimbaud en la CGT vuelve sobre la versión soprano del micro-camping poético, nacido y criado en los noventa. Aparecen los pibes silvestres (“yo salgo / de caño / y a la vez / cobro la AUH” // dijo uno de mis asistidos / antes de declarar ante el Fiscal) cazados como zombies por las sirenas azules. Arañan los tentáculos del pulpo peronista y ladran los caniches del General. Se indaga de modo bolañesco sobre Miguel Ángel Bustos. Sobrevuelan los cuervos del pasado y las ausencias eternas. Se convive con la rosca de amigos y con la historia del barro y el oro. Y, sobre todo, en cada unas de sus páginas se aspira a la justicia -en sus formas sociales, constitucionales y poéticas- como el único territorio posible.

Axat no es un poeta más. De procedencia materialista y detectivesca, continua el linaje de aquellos que apostaron y apuestan por la palabra justa. Al fin y al cabo, parafraseando al personaje de Dmitri en Leviatán, Axat podría decirnos “Soy poeta, sólo me interesan los hechos”.