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LA MALA LECHE

  • macri sanz

“La autonomía del arte radical en la sociedad burguesa”

Martín Rodríguez
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El radicalismo es algo más que el busto estilizado de Alfonsín. El radicalismo se puede contar con una secuencia de nombres tomados al azar pero que empieza con Balbín: Arturo Mor Roig, Mario Abel Anaya, Conrado Storani, Angeloz, Tróccoli, Jaroslavsky, De la Rúa, Mathov, Grinspun, Stubrin, Suárez Lastra, Saguier… Expresa este ripio acústico una diversidad ideológica, una tensión profunda sólo disciplinada por una conducta instintiva: el radicalismo es un partido de “centro” por vocación. (El peronismo es un partido de centro por promedio histórico.) El radical ama al partido con sus rutinas, su historia, sus internas.

En junio de 2010, José Natanson escribió en Página/12 un ensayo llamado “El alma de los radicales”, que resumía: “El radicalismo, en tanto corriente política, nació a fines del siglo XIX o a principios del XX, como expresión de la pequeña burguesía reformista que emergía en el marco de la modernización económica, la ampliación de las clases medias y –sobre todo en países como Argentina– la incorporación de una vasta corriente de inmigrantes. Típicos productos del cambio de siglo, los radicalismos asumieron un tono reformista, anticlerical y progresista y, hundiendo sus raíces en la tradición liberal-republicana, se propusieron como objetivo básico conquistar el sufragio universal y secreto y garantizar la institucionalidad democrática.”

De ese modo, cierta impronta progresista, laica, movilizadora, forma parte de su identidad originaria. A la que, alejados por un tiempo del anti peronismo torpe y del dominio balbinista, Raúl Alfonsín los devolvió en sus míticos primeros años de gobierno. El aura inaugural de nuestra democracia está ligada a ese período y a la consagración de Alfonsín como el intérprete progresista de lo que estaba en juego. Su victoria impuso una hegemonía, llamémosle, “blanca” en la sociedad argentina, que ubicó a la clase media como la novia de la democracia, portadora del virus de los deseos de libertad e igualdad. Pero el radicalismo como partido concreto, lejos de esos méritos inaugurales, hoy solo gobierna una provincia (Corrientes) cuyo gobernador (Colombi) fue prescindente de esta última interna, y gestiona por lo menos el 10% de los municipios del país.

En 1995, después de la paliza electoral, el radicalismo se reorganiza alrededor de una figura estelar casi foránea: Rodolfo Terragno. El nuevo líder convocó a las intendencias de todo el país a un congreso partidario intentando libar de ellas, de esas experiencias locales, territoriales, municipales, la fuerza de su reconstrucción. De hecho existe un libro que testimonia este esfuerzo llamado Los intendentes Radicales. Que dice en la bajada de tapa: “Los viejos mapas que guiaban la política ya no reproducen el paisaje en que nos desplazamos. Al borde del siglo 21, los intendentes son los nuevos cartógrafos de la política en la Argentina.” 1996.

Lo que había en ese antiguo paisaje desolado era la tensión naciente entre un partido conservador, provincial, agrario, sostenido por los “Intendentes radicales” que poco de diferente tenían con uno peronista, y el ímpetu “alfonsinista”, socialdemócrata, un poco (¡un poco!) reacio al mandato neoliberal. Un parlamentarismo levemente progresista sostenido por una territorialidad conservadora. Finalmente, la creciente figura de Fernando De la Rúa dio la síntesis de esos dos polos. Gobernó la ciudad “progresista” e hizo del partido una fuerza definitivamente conservadora.

Pero el fracaso de ese gobierno de coalición dejó al partido boquiabierto, dueño siempre de una estructura “en alquiler”, con un sentido histórico perdido. Lo que sobrevivió como reflejo fue el histórico apego al institucionalismo que se ostenta –en el mejor de los casos- por su protagonismo en dos momentos fundacionales: la ley Sáenz Peña y la vuelta democrática de 1983. Sin embargo, ese rictus siempre lo volcó a sentirse más un protector de la Ley, un custodio de las formas, un partido más institucional que instituyente. Y en estos años, el polo laico/progre/urbano fue absorbido por el progresismo K, y el radicalismo “del interior” fecundó un liderazgo cuyas caras son las de Julio Cobos y Ernesto Sanz.

Quienes se “sorprenden” de la reciente alianza radical con la derecha del PRO, parecieran desconocer justamente la historia radical con sus tensiones. O parecieran haber visto la ideología radical sólo según la versión edulcoradamente de izquierda que el kirchnerismo hizo de Alfonsín.