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ENTREVISTAS

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Julián De Almeida

Mariano Vespa
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Ya desde el jardín de infantes, Julián De Almeida (1975) supo que quería dedicarse a la biología. Hizo una carrera universitaria ejemplo: se licenció en la Universidad de Buenos Aires, cursó el doctorado en Neurociencias en Barcelona y regresó a la Argentina en 2009 para continuar sus estudios postdoctorales. Pero algo le faltaba. Ahí fue cuando un laboratorio de México le propuso una entrevista de trabajo. Julián empezó el viaje sin apuro, en micro hasta La Quiaca. Atravesó distintos países -como Guatemala, Panamá, o Brasil, entre otros-, se sumó a distintas comunidades -como los Rainbows o Huicholes-, durmió donde pudo y trató de escribir sus bitácoras a oscuras. Ese periplo lo cuenta en el libro Parte de existencia, que combina un trabajo etnográfico complejo y una experiencia beat al mejor estilo On the road, porque para Julián caminar no fue solo una forma de sobrevivir, sino también una experiencia filosófica.

En Parte de existencia puede leerse una distancia entre dos escenarios: el académico y el silvestre, con todo lo que implica en cada caso. ¿Hubo algún momento exacto en el que decidiste realizar tus viajes?

No. Fue una transición. Es difícil combinar lo que uno hace con las ganas de querer viajar largo y tranquilo. Mucha gente quiere viajar y no lo hace. Muchos dicen que te ponés excusas, pero también hay una realidad: tenés que laburar, tenés una familia, tenés lo que sea… y, bueno, a mí eso me pasaba con la carrera. Y como que siempre decís «bueno, termino la carrera y antes del doctorado, viajo un año». Pero terminé la carrera y ya me enganché con otros proyectos como el de ver cómo determinadas neuronas se acoplan a la actividad de las neuronas que están alrededor de ellas, a las ondas que tiene el cerebro. Ahí fue que me surgió la entrevista de trabajo en México. En principio, lo pienso como un viaje entre períodos. Y así, a lo largo del viaje me fue convirtiendo, me fui sintiendo más en el viaje que en la ciencia. Fue algo gradual, no un click, fue ese periodo de nueve meses en los que el cerebro se va convirtiendo en otra cosa.


¿
Cómo fue esa experiencia de choque con sociedades más místicas o chamánicas?

Y podés meterte a fondo en lo mágico de todo eso y no saber exactamente qué está haciendo esa droga en tu cerebro. En algún punto está bueno porque es otra mirada. Si le quitás lo mágico, te quedás con lo social o con lo personal. Realmente, yo creo que lo mejor de los chamanes es lo que hablás con ellos, lo que te dicen. Los jefes de las tribus, ayudados también por los alucinógenos, o sea por el tipo de encarar la realidad que tienen, tienen un poco la función de médicos en las tribus -curandero, médico-, pero también son los que te hablan del futuro, los que te explican cómo nació el universo. Son médicos y metafísicos al mismo tiempo. Son las personas más interesantes con las que hablás.

¿Y no se te pasó en ningún momento por la cabeza de dudar de tus convicciones científicas?

Siempre dudo, pero me gustaría dudar más incluso. A lo mejor no de las convicciones, pero sí de cómo encarar, qué mirar. Muchas veces siento que la gente no cree por pistas, por inducciones, por una búsqueda de llegar a algo más cercano a lo real.

¿En algún momento sentiste que no podías insertarte en alguna comunidad?

Viajando así, lento, hay mucha apertura de la gente. Donde no hubo ninguna apertura fue con los Menonitas, pero se entiende: son así y es su elección. Y ahí mal lo mío en querer meterme donde ellos no quieren que se metan. También me pasó con los hippies, en la comunidad Rainbow. Ellos son increíblemente abiertos; son abiertos a cualquier cosa, anticonflicto. Pero, al mismo tiempo, me sentía que yo no podía entrar. Es una distancia de decir «me cuesta entrar en su sistema de valores, de pensamiento». Pasan algunos días y decís «bueno, no me importa que me estén hablando de chacras, piensan otras cosas, tengo que rescatar las cosas buenas». Pero en cuanto a las comunidades, la gente más local, hay mucha apertura. En los lugares donde están más acostumbrados a los turistas hay mucha apertura porque saben que tenés dólares. En los lugares menos acostumbrados a los turistas, hay mucha apertura porque les da mucha curiosidad. Es casi la misma curiosidad que tenés vos con ellos.

julian de almeida 2Contame que significa para vos viajar

Creo que los viajes son de las cosas más copadas que hay. En mi caso, ya lo ves: me lima la carrera, me lima la poca plata que junto. Decís: «¿para qué?». No sé. Me gusta muchísimo. Me cambia la cabeza como cualquier cosa fuerte, me cambia la mirada. Estás viendo otras realidades. Sobre todo, así: viajando, metiéndose, viajando despacio. Pero algo que no me convence mucho es eso de viajar y volver con ese tono profético de decir «yo viajé; explico lo que es la vida». A mí me gusta más la idea «yo viajé y te muestro lo que vi”. Es un lujo viajar. Estás viajando, estás pudiendo viajar barato porque hay un tipo que se está rompiendo el lomo cosechando papa, que son las que vos comprás en el mercado barato, y vos no estás cosechando papa. Entonces, viste, bajate un poco del pedestal. Ya que tuviste la suerte de poder viajar, te las ingeniaste, bueno, podés mostrar las cosas de una forma amena, hacer reír, tal vez, o hacer flashear, si podés, pero no subiéndote arriba y diciendo «mirá, así es el mundo”.

¿Te perdiste en alguna ocasión?

Me perdí en una secuencia en Boca del Toro, Panamá porque me arriesgué más. No tenía brújula en ese momento -la había perdido-, pero me perdí porque era una isla. Y, entonces, me la jugué un poco más porque dije «muy lejos no puedo ir; es una isla». Igual, la subestimé el tamaño de la isla. Fue muy desesperante. No sabés si el camino es circular o qué, no sabés dónde estás, no sabés para qué lado tenés que ir, ya no querés caminar para ningún lado porque decís «voy a caminar y voy a estar en otro lado similar a este».

¿Hay una relación directa entre la experimentación con los alucinógenos y la experiencia de viajero?

Creo que van por el mismo lado. Es difícil explicar cuál es el interés de la gente en viajar. La gente que no tiene mucho interés en viajar, dice «no, ¿por qué voy a estar cagando en inodoros ajenos, durmiendo en hoteles baratos?». Hay una voluntad de viajar que no sé de dónde sale, no sé qué es -es difícil entender las motivaciones-, pero me parece que viene por el mismo lado de la literatura, de la de escribir. ¿Por qué escribimos? Qué sé yo. Queremos comunicar, nos gusta. Qué sé yo. Hay algo de fondo que nos hace flashear. Creo que algo de asomarse a lo extraño, a algo abismal, y entonces… creo que algo parecido ocurre en la voluntad de viajar, en la voluntad de escribir y en la voluntad de meterse en este pozo de los alucinógenos. De hecho, se le llama viaje, ¿no? Y sí, ya lo tenía desde antes, desde hace mucho. Muy asociado a un viaje que tuve hace un montón, en el 98. En el 98 hice un viaje también por Bolivia, Perú, Ecuador y Chile en el que probé ahí San Pedro, un poco de ayahuasca también. Y un poco en la carrera y siempre estuve antes metido en eso. Controlado era, ¿no?, porque tenés que hacer una carrera científica, tenés que dar exámenes de Matemática, de Física y Química y no podés estar muy colgado. Tenés que rescatarte. Pero sí que hay algo en esto de la mirada hacia el cerebro, de la mirada hacia el pensamiento… yo hice Biología, me especialicé en Neurobiología después; me fui a investigar la parte más frontal del cerebro, que es la más humana, relacionada con el razonamiento, el control de las emociones; o sea la parte más afectada por los alucinógenos. Con el postdoctorado en electrofisiología mido la actividad de neuronas relacionado con la esquizofrenia. Ya vengo muy metido por ese lado.

En cierta forma autoexperimentás

Sí. Sin hacer apología porque es eso: es algo que no es para sacudirse. Son drogas que no son adictivas, pero son drogas que la podés pasar mal. Hay que ir con coraje, y con curiosidad.

julian de almeida 3Ahora que decís que estudiás el cerebro, ¿cómo te llevás con la masificación de especialistas en neuro que son celebrities?

Un poco de envidia (risas). Está bueno que se descubra el cerebro. En Canal Encuentro de pronto está lleno de neurobiólogos y, sí, está bueno. Yo no me conecto mucho con la divulgación. Tal vez debería, pero no me sale tanto. Pero -no sé- en estos libros veo algo de también medio de motivacional. Me da la sensación de que se venden por este lado del mensaje, de que la gente quiere tener una vida mejor y la palabra científica da como la propaganda de los jabones en polvo que dicen «certificado» y aparece el científico. Le creés más. Pero no. Qué sé yo. Está bueno que exista, pero no es algo con lo que me conecto tanto. Ni con la divulgación, que no me deja de gustar -leo bastantes cosas- ni con esto del mensaje de tener una vida mejor.

¿Estudiar al cerebro implica estudiarte a vos mismo?

Sí, es loquísimo, ¿no? Un cerebro estudiándose a sí mismo. Sí, me parece lo más interesante, lo más loco, lo más complejo, lo que tenía las preguntas que más me interesaban. Entre la hepatitis y la locura, me interesa más la locura. Si tenés un riñón y un cerebro comunicando bien, me pongo a fijar cómo el cerebro comunica. Están los animalitos también. Al principio de la carrera me fui a hacer a la selva de Formosa, a seguir monos, a ver como se comportaban. Eso fue una locura.

¿En qué sentido?

Cuando se genera una nueva especie es porque encontró un nicho, como que empezó a favorecer algo. A veces, hay más de una cosa, pero una especie en particular, normalmente, tiene algo en lo que se especificó. Uno piensa que el humano es el que se especificó en el cerebro, pero me parece que no, que ya lo de la especificación ya viene un poco de mamíferos, sobre todo, del mono. Lo que tiene el mono es que es un animal pensante; es un animal que está potenciando su capacidad de entendimiento de las situaciones. Pero yo creo que por ahí lo que nos diferencia de los monos no es el pensamiento, el entendimiento, sino el lenguaje, como si lo humano, realmente, en lo que estuviera especializado es para el lenguaje. Encontró eso de la comunicación. Todos los animales se comunican, pero como que el nicho que encontró es poder potenciar la comunicación y, al mismo tiempo, se potencia el entendimiento porque transmitís conocimiento, transmitís conocimiento de uno a otro, transmitís conocimiento a través de las generaciones y eso hace que, al mismo tiempo, sea mejor interpretador, más inteligente; que haya ahí una sinergia entre la inteligencia y el lenguaje. Pero parece como que el motor fuera el lenguaje. Y los monos sí son muy inteligentes. Cuando estaba en la selva, al principio no entendía nada. Los monos están siempre cerca tuyo y no los ves hasta que te acostumbrás y te acostumbrás a escuchar los ruidos, te escuchan y se quedan quietitos y no los viste ni en pedo. Y una cosa que me di cuenta después de un tiempo era que entienden más de lo que pensamos. Como que en un momento yo pensaba que estaban asustados y digo «no, este mono no está asustado». Por momentos, sentía que se estaban haciendo los asustados. La tienen muy clara

¿Tenés próximos viajes pensados?

Sí, ahora en julio va a haber un mini viaje bajando un río por el noroeste argentino, por Los Toldos. Va a ser una locura que ya tengo ganas de hacer. La idea es bajar por el río así a ver qué pasa, sin conocer mucho. También tengo ganas de rodear la selva amazónica, que es lo más difícil de hacer. Las zonas más inaccesibles son las que rodean la selva, no la selva en sí, sino los bordes, que son más altos, donde los ríos no son navegables, donde están las tribus no contactadas. Es un viaje que tengo ganas. Estoy dudando porque, bueno, ya hice este otro viaje, escribí este libro y digo «bueno, capaz que tengo que sacar un poco más», entonces digo «bueno, capaz que estaría bueno ir a África».

¿A qué le decís Ni a Palos?

A estudiar Administración de Empresas

Fotos: Charo Larisgoitía