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RUIDO DE FONDO

  • dubin La razón de mi lima

Negra es mi alma, negro mi corazón

Damián Huergo
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Hay una inquietud que David Viñas, a partir de sus ensayos y ficciones, clavó en la frente de la cultura nacional y de los que se refugian en su paraguas agujereado: ¿Dónde están los negros en la literatura argentina?, murmura el fantasma del viejo a los que subestiman la potencia del lenguaje. ¿Dónde están los orilleros de esta ciudad que convierte en centro todo lo que toca?, nos recuerda cuando tropezamos con la estupidez de asociar likes con crítica literaria. ¿Dónde está el gauchaje en la etapa del capitalismo financiero?, nos pregunta cuando salimos desnudos al mercado laboral, solos o en banda, cubiertos con el capital simbólico por detrás y con el monotributo por delante. El poeta Mariano Dubin agarró el guante que usaba el viejo Viñas para aplaudir con una sola mano. Y, con la rabia criolla del humillado, salió a festejar “la vida del vago de la esquina”, a re-encontrarse con su tierra, sus ancestros y con los saberes que el piberio trafica en la esquina a cielo abierto.

La razón de mi lima (homónimo del blog que sostiene Dubin) se publicó por primera vez en 2009. Desde entonces, como un billete de dos pesos en una feria del conurbano, circuló de mano en mano, revalorizándose por cierta ética clandestina de producción que coincide con el valor que cargan sus páginas. Reeditado recientemente por la hiperquinética editorial Pixel, funciona como pico intermedio donde se une la “trilogía Bardo” -tal como la llamó su autor-, compuesta por Con los pasos de la mala vida (2006) y Bardo (2011). En este triángulo, escrito desde el borde del casco blanco e histórico de La Plata, la ciudad más higiénica, soñada y manoseada de la provincia de Buenos Aires, Dubin le canta a la indiada, a los negros, los villeros, las putas y a todos los “catinga cabezas” de cuerpos sudados. Lo suyo no es extractivismo poético o poesía social que aterriza en la ribera, para -cual cronista de Fundación- transformar vidas ajenas en plusvalor literario. Por lo contrario, como un trovador, Dubin recorre la “Favela tolosana”, las calles portuarias de Berisso -como la hermosa Nueva York, donde se consigue el mejor vino patero pisado por inmigrantes-, el Chaco o Santiago del Estero, buscando épicas y proezas. Dubin, a meta soneto y verso libre, como “un criollo Walt Whitman”, le canta a los cuerpos que se manifiestan en el hacer. En otras palabras, les escribe a tipos que “se merecen un poema”, como el Pantera que bajó a una “estatua griega con anabólicos” en la puerta de un boliche; o a Jesús el Limeño, uno de esos pibes que cargan la muerte como fija, cuerpos silvestres que mutan los modos de vivir y de morir, incomprensibles para la subjetividad urbanita.

Si bien Dubin apela a una lectura epigonal desde la gauchesca hasta la cumbia villera, el libro que mejor se complementa con sus poemas es ¿Quién lleva la gorra?, la investigación del Colectivo Juguetes Perdidos. Como si mantuviesen un diálogo en diferido, ambos se involucran en las cartografías de los nuevos barrios, señalando que -para los pibes, orilleros y caídos-, como bien dice Dubin, “la norma siempre es aquello que no somos”.