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CAJA NEGRA

  • zambayonny

El patíbulo

Zambayonny
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Se fue al mazo enojado, arrojando las cartas furioso contra la mesa y levantándose bruscamente de la silla. Llevaba casi ocho horas en ese garito, tenía hambre y la suerte le había sido esquiva como pocas veces en la vida. Para colmo no lo dejaban fumar adentro así que cada media hora se iba a dar algunas pitadas incómodo a los fondos del lugar donde, a través de una larga serie de pasillos, se accedía a un pulmón de manzana en el cual se abría un patio chiquito con olor a cloacas rebalsadas y a tabaco rancio. Si quería ir a la vereda tenía que pasar un par de controles que incluían cacheos vergonzantes y además corría el riesgo de que no lo volvieran a dejar entrar o de que cualquiera lo reconociera en la entrada del antro fumando con cara de haber perdido demasiado, así que prefería fumar en el patio del fondo.

A ese sitio lejano del mundo real pero cercado por concretas paredes altísimas, los jugadores de naipes en lugar de llamarlo patio le decían cariñosamente patíbulo. Ahí se encontraban los perdedores, entre el humo, con las caras cansadas de mirar cartas malas, los bolsillos vacíos y las excusas del manual de los presos. Las historias que se solían escuchar ahí eran tan oscuras como ingenuas. Una mezcla de lo que eran ellos mismos.

Esa noche un hombre gordo y transpirado con la camisa abierta hasta el penúltimo botón encendía un cigarrillo con el otro mientras les narraba a los presentes un plan maestro para hacerse de una fortuna sin tomar riesgos. Lo particular del asunto era que como no confiaba demasiado en sus compañeros de patíbulo se los contaba sin despejar las incógnitas. Por lo tanto a medida que hablaba iba dejando huecos importantes en la historia como por ejemplo dónde sería el robo, a quién y de qué manera.

Fue durante ese parloteo inconducente cuando de pronto se escucharon disparos, gritos y golpes. Primero como si se tratase de una lejana discusión, pero enseguida como lo que era, un allanamiento.

El gordo trabó la puerta del patíbulo para que los policías no pudieran ingresar a ese recinto horrendo que de pronto se había convertido en el único sitio seguro para ese puñado de sobrevivientes y con un golpe hizo estallar la única lamparita que alumbraba ese infierno.

-La oscuridad siempre favorece al que conoce el terreno -explicó en su susurro-. Siempre que entren ladrones a sus casas corten la luz.

Desde adentro se continuaban oyendo exclamaciones violentas, sirenas de patrulleros y pasos que se acercaban. El primer golpe contra la puerta del patíbulo retumbó dentro de esa penumbra como un trueno en los dientes. La estaban queriendo derribar a las patadas y aunque la puerta resistía porque abría para adentro era evidente que se iba a quebrar en cualquier momento.

Fue entonces que iluminando con los encendedores reconocieron en el suelo, entre las plantas, una particular figura metálica y antigua a la cual nunca le habían prestado demasiada atención porque siempre habían creído que se trataba de un adorno abandonado de la época de los aljibes. Sin embargo ahora que necesitaban escapar si o sí, la percepción se había agudizado y de repente se revelaba como la tapa de una olla enorme enterrada o como la pequeña cúpula de una construcción subterránea. Con gran esfuerzo la corrieron lo suficiente como para introducirse dentro del hueco que dejaba en el piso y sin pensarlo se fueron arrojando hasta ir cayendo sobre una superficie húmeda y viscosa.

Se quedaron parados ahí abajo sin prender los encendedores porque el gordo les dijo que los gases de las cloacas eran inflamables.

Arriba los policías ya habían roto la puerta y recorrían el patíbulo descubriendo la antigua cúpula desplazada en el suelo. Los sobrevivientes presurosos corrieron varios metros por la tiniebla, alejándose de aquella abertura para no ser descubiertos mientras los uniformados apenas asomaron la cabeza con alguna linterna que no alumbró más allá de unos pocos metros. Enseguida desistieron de la búsqueda y volvieron a sellar la cúpula dejándolos, ahora sí, en la verdadera oscuridad. Luego los agentes abandonaron el patíbulo para continuar llevándose detenidos a todos los que estaban en la superficie y clausuraron el garito indefinidamente.

Quedaron solos, enterrados y abandonados en la peor noche de cartas de sus vidas.

Los primeros dos días gritaron tanto desde el subsuelo que se quedaron sin voz y también sin fuerzas al tratar inútilmente de alcanzar la cúpula trabada.

El gordo fue el primero que en la desesperación bebió el líquido nauseabundo que tenían a la altura de los tobillos y perdió el conocimiento. Su plan ya nunca se llevaría a cabo.

Al tercer día ya no les importaba nada y decidieron tomar el riesgo de iluminar aquella caverna con los encendedores por más que los gases hicieran combustión y los quemara vivos. Pero no, pasó algo peor.

A los pocos segundos de alumbrar la oscuridad, cuando los ojos de ese puñado de perdedores se acostumbraron a distinguir figuras en la penumbra, pudieron observar consternados la redondez traslúcida del techo y de las paredes azuladas, verdosas o amarillentas según les diera el reflejo del fuego. En las alturas, a un costado de la cúpula, reconocieron entonces un enorme número 1 oxidado por los años y gastado por los paños y las manos sucias. Por tratarse de jugadores empedernidos no tardaron mucho en darse cuenta de que estaban dentro del as de copas.

Ilustración: Daniel Caporaletti