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LA MALA LECHE

  • diputados jovenes

Siglo 21

Martín Rodríguez
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Martes 28 de julio con 27 grados de térmica. Días antes, Mauricio Macri en Costa Salguero asegura a sus votantes que no está en su mente privatizar Aerolíneas Argentinas o YPF. “Es un honor recibir a mi amigo Daniel”, dice Raúl Castro tras reunirse con Scioli en la vieja isla. ¿Ya no existe el mundo tal como lo conocimos? Los tiempos cambian. ¿Existe una sociedad nueva? ¿O se mantiene siempre el sambenito de que el kirchnerismo está “a la izquierda de la sociedad”? ¿Sigue siendo así?

Hace pocos días la consultora Ibarómetro dio a conocer un largo estudio con un dato aparentemente central: alrededor del 80% de los argentinos (voten a quien voten) prefieren la intervención del Estado en la vida pública (y económica). Ese dato está mostrado como consagración de una década aunque no es capaz de expresar las mil versiones de eso que llamamos “Estado”. Y está puesto contra un cuadro de situación muy concreto: los deseos de ruptura o continuidad de la sociedad frente a estas elecciones. Argentina es un país estatalista. Por tradición. Y es un país capitalista. Porque la única verdad es la realidad. Tras el largo y complejo ciclo entre 1976 y 2001, mientras vivimos transformaciones de nuestra estructura económica y social, lo que vemos a partir del 2002/3 es la reconstrucción de un cierto consenso sobre la presencia estatal en la regulación de la vida pública. Más liberalismo político, menos liberalismo económico.

En este afán de balances elijo revisar a vuelo de pájaro la agenda parlamentaria de los diputados “jóvenes” (digamos los sub 40 que vienen de la militancia). Aquellos que, desde el borde del sistema político fueron llegando al Congreso. ¿Y qué veo en esa mar de proyectos truncos, deseos en voz alta y alguna que otra ley? Desde los diputados de La Cámpora, pasando por Leonardo Grosso (del Movimiento Evita) hasta Victoria Donda (ex FPV, Libres del Sur), Facundo Moyano (ex FPV, hoy FR) y el más nuevo Nicolás del Caño (PTS-FIT), con sus más y sus menos, con intensidades y protagonismos relativos (no es lo mismo ser parte de un bloque chico y proponer mucho y ganar poco, que ser parte de un bloque grande y tener menor margen o hacer la plancha), veo una agenda juvenil común, periférica y testimonial. Cruza el mandato de la “participación” (ley de centros de estudiantes, voto optativo a los 16 años), una nueva sensibilidad hacia el consumo de drogas (plan nacional de abordaje integral de adicciones), una preocupación por la violencia institucional (y en esto el oficialismo calla demasiado), un consenso sobre el juzgamiento de los crímenes de lesa humanidad y las políticas de la memoria, la democratización sindical, algún gravamen a la renta financiera o la preocupación por la calidad del empleo, etc. Diríamos que todos los diputados jóvenes de esta década están guiados por una sensibilidad en torno a la palabra democratización.

A pesar de que no todos realizaron una tarea memorable y de que no todos interactúan entre sí (han sido amigos y compañeros hace años), se respira un espíritu de más acuerdo sobre cómo debe ser la sociedad que de cómo debe ser el Estado. Quizás porque provienen más de lo social (y sindical) que de lo político, sus iniciativas se dirigen a la sociedad y casi nada al Estado o la economía. Y, pasados en limpio, parecen participar de estos consensos:

-Ampliación de derechos (matrimonio igualitario, voto optativo a los 16 años, más apertura al debate sobre despenalización del uso de drogas o debate sobre el aborto).

-DDHH.

-Distribución del ingreso (el piso de la AUH).

¿Conforman una nueva generación política? En parte lo sabremos esta década que viene, cuando vivan su “emancipación” y dejen de ser la “Juvenilia” de una política de la que ya han aprendido bastante. ¿Es posible incluir en esta lista a Martín Lousteau o a Marcos Peña como versiones humanizadas del liberalismo? Me gustaría pensar que sí (es una columna optimista). El PRO tiene entre sus varias líneas a su pollo “liberal de izquierda”: Marcos Peña fue uno de los impulsores en las filas macristas del matrimonio igualitario (contra el ala “clerical”) y se reporta como un pragmático del fin de las ideologías que paradójica y modestamente intenta ubicar al PRO en un sendero de libertades civiles y gradualismo económico. Por supuesto que la versión parlamentaria del PRO es otra cosa.

Esta apreciación está sin candado. Muchos debates, sobre todo económicos (sobre el desarrollo, la agro-industria, etc.) tienen que ser posibles y algunos pisos deberán ser definitivos. Es decir: no es un consenso sobre “qué buen país” tenemos y cuánto dejamos atrás la crisis, sino reflejos en torno a lo cerca que subsiste una crisis y la injusticia social. Ninguna década es igual a otra. Los sueños se hacen con personas reales. He visto las mejores (y no tanto) mentes de mi generación pasar de los social (y sindical) a lo político. La moneda está en el aire.