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El no-problema de la estética

Leticia Martin
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No tiene sentido ahondar en datos de estrenos, reposiciones, obras registradas o cantidad de actores para entender que el despliegue teatral porteño oculta algún otro fenómeno sociológico. Con observar la actividad de las casi 600 salas de la Ciudad, o la apertura de un centro cultural de dimensiones descomunales, como es el CCK, uno puede sospechar que la vida teatral porteña expresa algo más que la necesidad de entretenerse. ¿Cómo se explica, por ejemplo, que alguien ensaye y trabaje durante meses en un proyecto que, al final del día, le retribuye el valor de una pizza post función? ¿Qué sentidos se construyen para que este germen siga propagándose?

Sol Echevarría y Nurit Kasztelan, antologadoras y prologuistas de la serie de ensayos Detrás de escena, que acaba de publicarse, plantean que el teatro posibilita la construcción de subjetividades alternativas. A partir de esta hipótesis es que deciden convocar a 18 de las personalidades más destacadas de la escena para reflexionar sobre el teatro actual. Actores, directores y dramaturgos piensan su práctica y generan textos que abordan distintos aspectos de la disciplina.

Detengámonos en el ensayo más filosófico. “Se puede ver el cristal roto”, de Andrea Garrote, propone pensar la cuestión del realismo en la escena. La autora se pregunta si es posible construir “verdades relativas” y de qué modo hacerlo. Acude entonces a un concepto propio: “el relativismo dialógico que asume la complejidad para crear, producir y construir una verdad”. Esto la lleva a replantear las categorías anquilosadas de artista y arte, para desembocar en una concepción descentrada del yo del teatrista, que es la del “teatro como acontecimiento”. Lo que sucede en la función no es lo que está sobre el escenario sino la relación entre el actor, los dispositivos teatrales y el espectador. Al mejor estilo de los teóricos de la recepción que lideraron los estudios comunicacionales en los años 80´s, Garrote afirma que “en” el acontecimiento está la productividad. Y esto es revolucionario en la medida en que el nuevo siglo nos propone, sobre todo, relaciones mediadas tecnológicamente. El teatro, antiquísimo, sigue trayéndonos una experiencia distinta, y a la vez nueva y transgresora, porque el teatro convoca nada menos que a la re-unión de los cuerpos. “Cualquiera de nosotros tiene la posibilidad de generar un acontecimiento artístico ya sea tan sólo percibiéndolo”, señala Garrote.

Ese poder otorgado al espectador, su adhesión nunca fervorosa a ningún método, las referencias al pensamiento de Sartre y Berkeley, y las experiencias en su rol de directora, hacen que este ensayo aparezca como de lectura imprescindible. Por otra parte, Garrote se opone a la militancia en contra del “sistema estético dominante”, tan de moda, y a la que considera premoderna e improductiva. “Instalar como problemática una lucha estética, indica cuán aburguesados estamos”. La frase no puede ser leída al pasar. Su mera enunciación expresa una posición crítica, que se dirige al centro de la endogamia teatral. La discusión con el poder, por más noble y atractiva que parezca, no es la que debe gobernar la imaginación del artista, insiste Garrote, para quién la atención debe centrarse en “crear nuevos espacios y grietas en esa dialéctica del poder y su reacción”.

En El grado cero de la escritura, cuando Roland Barthes discute el consumo literario en relación a la creación del libro, señala que justamente porque el escritor no puede modificar las elecciones de los lectores es que sus objetivos deben apuntar a la consecución de un lenguaje libre. En la misma línea, Garrote expresa que la escritura nace del hecho trágico de que el escritor, que no puede modificar los datos objetivos del consumo, se ve forzado a retirarse al desierto de las fuentes de la creación. No es evidente que Garrote haya leído a Barthes, pero la idea puede transponerse entre las disciplinas. “El hombre moderno es invadido en su conciencia y hasta en sus sueños por la propaganda de la ideología de mercado -escribe Garrote- y por más que tenga encuentros con el arte, perlas en la basura, quizá ya no quiere tanto que le bailen, quiere bailar”. Puede que esta idea no sea una respuesta definitiva pero explica acertadamente por qué la ciudad es un campo fértil a la práctica teatral.

Para cerrar hay que decir que Detrás de escena es un libro que piensa a la creación en general, y es una forma de echar luz sobre la relación que entabla cada artista con su disciplina y el sistema de pensamiento que elige. Tal vez la apuesta resulte despareja o por más abarcativa, quiero decir, la intención de esta selección puede bordear el territorio de la sobrepromesa. Sin embargo el recorte de personalidades que se decide da cuenta de una mirada instruida sobre el campo y sus tres circuitos -oficial, comercial e independiente- proponiendo un recorrido que implica conocer a varias generaciones que, a su modo, ponen de relieve los pliegues estéticos que siguen marcando el campo teatral porteño.

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AA.VV.

Editorial Excursiones

2015

140 páginas

$185