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CAJA NEGRA

  • zambayonny

El laberinto

Zambayonny
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Durante los primeros meses posteriores al accidente de mi marido alguien hacía sonar el teléfono de casa cuando no había nadie y solo dejaba dicho en el contestador: “Mis respetos a la viuda nueva”.

Cuando yo era la primera en llegar a casa borraba de inmediato el mensaje pero cuando mis hijos lo escuchaban antes todos nos sentíamos un poco más desamparados.

Nunca supe quién era el que llamaba.

Aquellos tiempos fueron los peores. De pronto la realidad se nos había dado vuelta por completo y no veíamos en el horizonte ninguna manera de seguir adelante con nuestras vidas.

Mi hija dormía conmigo en la cama matrimonial desde que regresamos del velorio. “Nos quedamos solas”, me decía y me contaba que lo veía a mi marido parado al pie de la cama. “Ahí está… ¿De verdad no lo podés ver?” y señalaba la cortina.

Yo, que había pasado mi vida viendo muertos, no veía ni la cortina.

Mi hijo mayor no lloró en ningún momento, parecía estar bloqueado por la pena. Recién a las tres semanas del accidente empezó a revisar de a poco las cosas de su padre: fotos, libros, papeles, planos y dibujos. Finalmente después de mucho analizarlo se animó a atravesar el patio para ir al taller del fondo de casa donde mi marido hasta el día anterior a su muerte había estado construyendo un laberinto de ladrillos y cemento. Un recorrido absurdo de paredes que iban y venían enroscándose sobre sí mismas formando pasillos cada vez más angostos bajo el techo de una habitación no muy grande.

El pobre chico pasaba cada vez más tiempo en ese cuarto sin revocar observando el laberinto a medio edificar y tratando de comprender la obra desde afuera porque todavía no se animaba a entrar en ella.

Finalmente una noche nos reunió a su hermana y a mí y nos dijo que había decidido terminar el incomprensible laberinto que había empezado su padre y nos pidió que por favor no fuéramos más hasta el fondo y que no le hiciéramos ninguna pregunta al respecto de su trabajo. Ambas le dijimos que sí de inmediato con tal de volver a verlo entusiasmado con algo.

Desde entonces comenzó a internarse día tras día en aquellos pasillos angostos cargando el balde de cemento y los ladrillos. Por la noche nos contaba que en algunos rincones la carretilla no doblaba, que había que seguir a mano, que se perdía o que le costaba volver y que por eso no nos preocupásemos si a veces prefería quedarse durmiendo adentro en algún rincón de la construcción.

Por ese entonces el contestador dejó de repetir “Mis respetos a la viuda nueva” y al mismo tiempo mi hija regresó a dormir a su cuarto sin volver a ver a su padre muerto en la cortina. Nunca supimos si lo que estaba haciendo mi hijo en el fondo del terreno tenía relación con estas mejoras en nuestra vida diaria pero en algún punto de nuestros corazones elegíamos creer que sí.

Cuando se cumplió el primer aniversario los tres fuimos al lugar del accidente y dejamos flores.

Enseguida se volaron por el viento. Era como si estuvieran barriendo.

Durante aquella primavera mi hijo abandonó el colegio y solo salía de casa para recibir al camión que le traía las compras para la construcción: cemento, cal, ladrillos, cables, baldes, mangueras y herramientas. Las adquisiciones eran cada vez más seguidas y todos los ahorros que su padre le había dejado él los invertía en esos insólitos pedidos con absoluta convicción. Luego cargaba las cosas en la carretilla, atravesaba el patio en silencio y se metía en su mundo nuevamente.

Yo no entendía cómo encontraba lugar ahí adentro para seguir levantado paredes pero había prometido no molestarlo por lo tanto no le decía nada y solamente le dejaba la comida preparada en la heladera para que él comiera cuando quisiera.

Con mi hija apenas lo veíamos. A veces el pobre regresaba desahuciado como si no hubiese comido durante días, pálido por la penumbra y huraño como un sobreviviente de la guerra. Entonces se bañaba, cenaba en silencio delante de nosotras y ante nuestra mínima insinuación o pregunta acerca del inexplicable objetivo de su tarea sólo nos respondía que todo era cuestión de recordar el camino y que a veces tenía miedo de mirar.

Rompiendo un poco mi palabra alguna vez me ofrecí a acompañarlo para que me mostrara lo que estaba haciendo ahí adentro y hasta lo advertí sobre los peligros de un posible derrumbe, pero él se negó y solamente me repitió que no corría ningún peligro porque estaba continuando con la obra de su padre, nada más.

Se estaba volviendo loco de tristeza.

Una tarde apareció desde el fondo temblando pero con el paso firme tras varios días de ausencia. Traía algo en sus manos. Se acercó a donde yo estaba con su hermana y me lo entregó con mucho cuidado como si fuese una ofrenda. El objeto estaba sucio y maltratado por el tiempo pero lo reconocí de inmediato, era la brújula que mi marido había perdido durante una expedición que habíamos hecho a las montañas cuando éramos novios mucho antes de que nacieran nuestros hijos. No era una brújula parecida, era aquella misma brújula.

Me puse a llorar.

-Allá está todo lo demás, mamita… van a hacer falta muchos más ladrillos -me dijo con una sonrisa en el rostro después de tanto tiempo.

Ilustración: Daniel Caporaletti