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Dardo Scavino

Mariano Vespa
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Un poco por osadía y otro tanto por empuje, la juventud está históricamente vinculada con las grandes transformaciones. En el libro Las fuentes de la juventud, Dardo Scavino (1964) traza una genealogía de distintas concepciones sobre la juventud, a la faz de instancias políticas, como lo fue la relación tutelar de los conquistadores a los colonos o el empuje del movimiento juvenilista en la construcción de la nación, entre otras. Radicado desde hace más de veinte años en Bordeaux, donde enseña literatura latinoamericana en la Universidad de Pau, otra de las preocupaciones teóricas de Scavino es entender cómo funciona el lenguaje en esas prácticas ideológicas. De esos cruces habla en esta entrevista.

En un pasaje de Las fuentes de la juventud decís que cada nueva generación trae esperanzas de regeneración. ¿Cómo surgió tu interés hacia las concepciones de la juventud? ¿Cómo pensarías a la juventud hoy?

Para mí la juventud es uno de los nombres del sujeto moderno. ¿Por qué? Porque la juventud fue, desde la Antigüedad, la edad de la emancipación, cuando el menor se convertía en mayor, y la modernidad politizó esta emancipación individual: la desplazó a las sociedades. Yo traté de mostrar en qué momento se produjo esa politización de la emancipación. Fue al inicio del colonialismo moderno. Ahí empezó la modernidad, con la conquista de América. Cuando empezó a pensarse que una sociedad libre era una sociedad emancipada, una sociedad que ya no vivía según las leyes de otra sino que dictaba las propias. Por eso la modernidad empezó a pensar que los pueblos tenían, como los individuos, edades, que crecían, que había pueblos infantiles, pueblos jóvenes y pueblos adultos. Yo creo que esta concepción de la juventud está en crisis porque está en crisis la concepción moderna de la emancipación, la idea de un sujeto que se autodetermina, que se da sus propias leyes de vida. Está en crisis la idea de que el propio hombre pueda crear un hombre nuevo. La revolución no significaba otra cosa.

Hay una relación con el pensamiento de Sloterdijk. De hecho en una entrevista anterior hablaste de la categoría del cyborg.

Es la idea del hombre operable, en efecto. Y del biopoder. Antes el poder operaba sobre el software. La educación, sobre todo. Ahora puede operar sobre el hardware. La «revolución» estaría en manos de los químicos, de los biólogos, de los ingenieros informáticos. La modernidad había pensado la historia como una serie de reprogramaciones del software de los humanos. Y de pronto empieza a discutirse la idea de que a través de ciertas intervenciones en el hardware, de orden químico, genético o cerebral, pueden modificarse los comportamientos humanos. Los comités de bioética ya están discutiendo eso: ¿por qué sería fabuloso curar la sordera o la ceguera de una persona con un chip pero estaría mal curar, por ejemplo, sus tendencias agresivas? Pero mi libro no habla de eso. Apenas si se asoma hacia el final. En todo caso, nuestra época empieza a ver a este hombre nuevo como un personaje más bien inquietante.

En el libro citás el aporte de Raynal en relación a la tutela colonial. “Lo joven” condensa un sentido en relación a las Indias Occidentales: tiene que ver con la idea de emancipación. En su concepción la juventud aparece como “una mayoría imperfecta o inacabada.” Sin perder de vista la idea del Raynal, ¿cómo interpretarías que otro jesuita como Francisco, doscientos años después, exhorte a la juventud a ser protagonista y no balconear la vida? ¿Puede pensarse un vínculo con la idea de porvenir que proponen Alberdi y Echeverría?

Me parece que el papa Francisco está más cerca de Echeverría o Alberdi que de Raynal. Los argentinos pensaban que la juventud traía lo divino, entendido como la capacidad de iniciar una vida nueva, un hombre nuevo. Por eso habían fundado una asociación que se llamaba Joven Argentina, imitando la Joven Italia de Mazzini. No hay que olvidarse de eso: la Argentina fue un invento de los jóvenes. Francisco está interviniendo así en un debate teológico fundamental en el interior del cristianismo. ¿Qué significa la encarnación? ¿Que la divinidad se manifestó a través de un hombre? ¿O que lo divino es, a fin de cuentas, una dimensión humana? El hombre sería el único bicho sobre la Tierra que tiene la capacidad de crear y recrear sus formas de vivir y de pensar. El único que se produce a sí mismo. Y para Echeverría, Alberdi o incluso Ingenieros esta capacidad era sinónimo de juventud. Francisco les está diciendo a los jóvenes lo mismo que les decía Rodó en su Ariel. No se trata simplemente de dejar de ser espectadores para convertirse en actores. Se trata de asumir la tarea de construir la nueva sociedad, sobre la base de otros valores.

El pensamiento de Alberdi y Echeverría justamente se ciñe a un período de formación de la idea de nación.

Para que existiera la nación hubo que pensar al pueblo como un individuo con una voluntad propia que pudiera gobernarse de acuerdo con sus propias leyes. Y esto no hubiese sido posible sin aquel desplazamiento de la emancipación desde el derecho individual al derecho de gentes. Es decir, sin la idea de juventud. A partir de ese momento, aparece la discusión acerca del origen de esas leyes. ¿Se trata de las tradiciones de un pueblo? ¿Se trata de una autodeterminación racional? Todos los debates en torno a la democracia, el nacionalismo, el tradicionalismo o el vanguardismo proceden de esa invención moderna que es la nación. Los jóvenes cordobeses de la Reforma, como Deodoro Roca o Saúl Taborda, pensaban que la universidad era el lugar en donde un pueblo fabricaba sus ideas y, por consiguiente, que la política universitaria tenía un papel protagónico en el diseño de la nación futura. No habría auténtica independencia del país sin una auténtica independencia intelectual de la universidad.

las fuentes de la juventud¿Tiene que ver con la idea de José Ingenieros de que la juventud no está solo destinada a cambiar el futuro sino también el pasado «corrompido»?

Para Ingenieros, como para los estudiantes de la Reforma a quienes inspiró, el presente, el orden imperante, no es más que ese pasado “corrompido”. Transformar ese orden significaba inventar un futuro diferente, un futuro que no fuese una repetición del pasado. Un auténtico futuro: distinto del presente. Y para Ingenieros, solamente la juventud, la juventud “cerebral”, podía hacer algo así. Por eso el combate generacional terminó teniendo para él más importancia que la lucha de clases: “nosotros” era, en este caso, el grupo de los jóvenes enfrentados a “ellos”, los viejos. Y de hecho, la revista Nosotros de Roberto Giusti y Alfredo Bianchi aludía a la juventud.

El rol de la juventud en distintos movimientos políticos recientes (Occupy, estudiantes chilenos, Egipto) ¿Puede tomarse como una palingenesia?

Durante casi dos siglos, el movimiento juvenilista en el que se inscribieron tipos como Echeverría, Rodó, Walter Benjamin, los estudiantes de la Reforma, las vanguardias estéticas o el movimiento contracultural de los sesenta proponían una transformación radical de las formas de vida y pensamiento. Era eso la palingenesia. Los movimientos a los cuales te referís están protagonizados por jóvenes, como sucedió con los indignados españoles, pero no sé si son movimientos que se limitan a reclamar ciertos derechos o predican nuevas formas de vida. Los veo más bien cautos en este dominio. Y muy comunitativos, eso sí.

Subyace la idea de la vuelta de la militancia joven. Si bien tu trabajo tiene un fuerte anclaje histórico visible, ¿analizaste el rol de los jóvenes militantes? ¿Qué notaste?

La idea de juventud resulta inseparable de la militancia porque desde la Antigüedad los milites o bellatores eran los jóvenes. Cuando uno pasaba a la categoría de senior dejaba de formar parte de los milites. Pero la militancia política es más bien una versión secularizada de la milites Dei, de un ejército con una misión evangélica de conversión de la sociedad: el “escándalo” de los jóvenes que educan a los viejos, invirtiendo el orden tradicional. La “vanguardia” no significaba otra cosa. A Borges terminaría molestándole esa metáfora militar para referirse al arte pero la misión de los vanguardistas era precisamente ésa: no solamente hacer un arte nuevo sino también, y sobre todo, convertir a los artistas. Pero para que el futuro pueda convertir al presente, un pueblo tiene que creer que ese futuro es superior al presente. El “mañana el mejor” de Spinetta, sin embargo, está pasando un mal momento.

Eso tiene que ver con lo que planteaste al inicio. Si la idea de juventud está en crisis, ¿qué lugar ocupa la juventud misma?

En torno a los años ochenta las posiciones comunitaristas provenientes de la academia norteamericana defendieron la idea del respeto de las diferencias, de las diferentes tradiciones, formas de vivir y de pensar. Este respeto apuntaba a bajarle los humos a los occidentales en su relación con las culturas minoritarias, y no estaba mal. Pero se convirtió rápidamente en una sacralización de las tradiciones y los valores de los grupos. Y esta sacralización es todo lo contrario del pensamiento crítico moderno, esa actitud “irrespetuosa” que solía asumir la juventud. La insolencia juvenil no era la soberbia imperialista. Y me parece que ese fue el lugar que ocupó la juventud durante la modernidad. Personalmente no puedo imaginarle otro rol. Pero yo ya soy un senior, a lo mejor es por eso.

Por medio de múltiples ejemplos, señalás que la poesía ejerce una gran influencia en los procesos emancipatorios.

Bueno, es ese el vínculo de la historia con la poesía: de repente aparece un tipo que dice que los pueblos son como individuos, que maduran y se emancipan, etc., y esa metáfora funciona, porque permite resolver un problema político y jurídico, y entonces todo el mundo la repite, y tres siglos después te encontrás con unos científicos que se ponen a estudiar la semejanza entre los niños y los pueblos primitivos y unos artistas que quieren regresar a la infancia y a las cavernas. La verdad es eso, decía Nietzsche, un ejército móvil de metáforas, de metonimias, naturalizadas, una poesía que no crea necesariamente quienes se dedican a hacer versos. Vaya a saber quién está inventando hoy las metáforas que serán las verdades de mañana. Pero una cosa es segura: después de la descolonización, después de que las “minorías” dejaron de verse como tales, es decir, como pueblos “menores”, la historia, la antropología, la psicología, ya no piensan que los pueblos primitivos sean como niños. A nadie se le ocurre ya pensar así. Hay un detalle sin embargo: nuestras concepciones de la nación, de la democracia, de la autodeterminación, están en estrecha relación con aquellas concepciones del pueblo. Occidente no sabe cómo pensar la democracia fuera de la cuestión imperialista. Sin ir más lejos, hace unas semanas un eminente economista francés, Jacques Sapir, proponía, después de la brutal puesta bajo “tutela” de la economía griega, la formación de “frentes de liberación nacional” en Europa. El neoliberalismo es eso después de todo: ya no se trata del imperialismo de una nación sobre otras sino del imperialismo de las multinacionales sobre las naciones. Neoliberalismo: etapa superior del imperialismo. Y la democracia tal como la entendemos, como autodeterminación, como emancipación, como juventud, sólo puede existir hoy como combate contra el imperialismo neoliberal. No es casual que la izquierda europea esté mirando hacia América Latina.

Parecería otro título de Spinetta “200 años de qué sirvió”. ¿En qué estas trabajando actualmente?

Estoy escribiendo sobre eso ahora, sobre rock nacional, una manera de pensar todas las cosas que me pensaron, que me constituyeron como sujeto.

 

Las fuentes de la juventud

Dardo Scavino

Eterna Cadencia

336 pp