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OPINION

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Cuba y los desafíos de “insertarse en el mundo”

Manuel Gonzalo
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“En la conducción de nuestra economía hemos adolecido indudablemente de errores de idealismo y en ocasiones hemos desconocido la realidad de que existen leyes económicas objetivas a las cuales debemos atenernos”

Fidel Castro, Informe Central al Primer Congreso del Partido, 17 de diciembre de 1975

Desde hace un par de décadas la academia y el mundo del big business vienen discutiendo en conjunto la inserción de las economías nacionales en los flujos de comercio e inversión global en lo que se conoce como “cadenas globales de valor” (CGV). Las CGV describen la organización de la producción que, a partir de la década del 70, incrementó su proceso de fragmentarse en diferentes partes del mundo. Un primer aporte diría que participar de las CGV implicaría estar insertos en el mundo. Una segunda mirada debería problematizar acerca de qué tipo de inserción y por qué un país debería insertarse en un flujo de producción que generalmente es “gobernado” por una trasnacional.

En Cuba este debate atraviesa un momento de particular intensidad. Este fin de semana, en paralelo a la visita del papa Francisco, se realizará en La Habana un congreso sobre ciencia, tecnología e innovación que tendrá un aporte central en esta discusión. Los diferentes acontecimientos económicos, políticos y diplomáticos que se sucedieron en los últimos años permiten que hoy Cuba comience a debatir su participación en las CGV, su forma de “insertarse en el mundo”.

A groso modo, la economía cubana tuvo diferentes períodos, ligados en buena medida a la dinámica de la guerra fría y la evolución de la producción de su principal producto, la caña de azúcar. Luego de un período inicial de experimentación, basado en la eliminación casi total de los mercados y en la primacía de los incentivos morales -en vez de materiales- hacia el “hombre nuevo”, entre 1970 y 1986 se buscó adoptar y adaptar el modelo soviético, en el denominado “socialismo con pachanga”. Se focalizó más en los resultados e incentivos económico-productivos que en los estímulos morales. La ayuda financiera, tecnológica y comercial soviética caracterizó el mejor momento económico-productivo de la isla. No obstante, hacia 1986 Fidel retornó al discurso antimercado, casi en paralelo al avance de la Perestroika. La caída de la URSS en 1989 fue un golpe que aún hoy repercute en la economía cubana.

A partir de la caída del bloque soviético comienza el denominado “período especial”: se permite la inversión extranjera en empresas de propiedad mixta, se restituyen los mercados agrícolas, se flexibiliza la posibilidad de crear empresas privadas, se facilita la remesa de divisas de parte de los cubanos radicados en el exterior y se estimula el sector turismo, que pasa a ser la principal fuente de divisas, por encima de la caña. A su vez comienza a flexibilizarse, ya con la administración Clinton, la relación con los EEUU -que culmina en la reciente apertura de la embajada americana-, y más tarde se trata de emular con la Venezuela de Chávez una relación similar a la establecida con la URSS, aunque en escala mucho menor, basada en el intercambio de petróleo por médicos y medicamentos cubanos.

Ya sin Fidel a cargo del gobierno, Raul Castro, en el informe central del VI Congreso del Partido Comunista realizado en 2011, expresó: “La experiencia práctica nos ha enseñado que el exceso de centralización conspira contra el desarrollo de la iniciativa en la sociedad y en toda la cadena productiva, donde los cuadros se acostumbraron a que todo se decidiera «arriba» y en consecuencia, dejaban de sentirse responsabilizados con los resultados de la organización que dirigían”, y agregó: “Nuestros empresarios, salvo excepciones, se acomodaron a la tranquilidad y seguridad de la “espera” y desarrollaron alergia por el riesgo que entraña la acción de adoptar decisiones, o lo que es lo mismo: acertar o equivocarse”. Un Castro schumpeteriano. Como destacan Farina y Parra en una reciente nota publicada en Marcha, los cambios incluyen «pluralización de los actores económicos, liberalización limitada de la economía, modernización tecnológica y gerencial de la empresa estatal según modelos capitalistas, ampliación significativa de la inserción económica internacional, y racionalización y descentralización de la gestión gubernamental”.

Más allá de las interpretaciones, estas frases resumen uno de los dos problemas principales de la isla hoy, que no son exclusivos de ella, sino que también afectaron a la URSS y a las diferentes experiencias socialistas/comunistas. Se trata del balance entre los incentivos individuales, que aparecen vía mercado y que posibilitan el aumento de la productividad de una economía, y la centralización en la toma de decisiones. Si algo caracteriza a la competencia capitalista es su rol como generadora de diferencias, de rentas monopólicas y de concentración. Eso ya estaba en Marx y fue luego trabajado por Lenin y Rosa Luxemburgo. En el caso de la historia cubana, el juego entre incentivos materiales y morales fue siempre ambivalente y de experimentación. De cara a lo que viene, la combinación de diferentes formas de propiedad y los procesos de competencia deberían buscar eficiencia productiva y diversidad tecnológica.

El segundo problema que enfrenta la economía cubana y que en buena medida motiva este proceso de «apertura», tampoco es nuevo, se trata de su restricción externa. La dinámica económica de la isla parece separarse hoy entre las personas que acceden a dólares, fundamentalmente ligados al turismo, y los que no. Esto determina una estructura social dual, y abre una serie de incentivos informales a lo que algunos autores denominan como jineterismo, haciendo referencia a un conjunto de actividades legales, ilegales y semi-legales desarrolladas con el objeto de vincularse, sea como sea, al sector “transable” de la economía.

La inserción de Cuba en las CGV es vista hoy como una posibilidad para generar divisas, principalmente a través de la exportación de servicios de salud, medicamentos y biotecnología. Esto a su vez permitiría ampliar y escalar las capacidades productivas y tecnológicas de la isla. No obstante, este proceso requiere de la generación de actores empresariales, públicos, privados o mixtos, que logren insertarse de manera virtuosa en estas CGV. Es decir, apropiando rentas extraordinarias, fijando precios, escalando procesos de aprendizaje a nivel local, manteniendo la propiedad intelectual en suelo cubano y evitando ser un mero eslabón en una cadena gobernada por una transnacional. En 1994 fue creado en Cuba el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. El hijo de Fidel, Doctor en Física, es un hombre de peso en el área. De la consolidación de estas capacidades productivas, tecnológicas e institucionales y de cómo el Estado cubano entienda cómo se juega al capitalismo global dependerá el éxito de la «apertura» cubana. Con sus diferencias de escala e idiosincrasia, la trayectoria china es una referencia a tener en cuenta.