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La piel de los otros

Nicolás Mavrakis
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Si Dominique González-Foerster no existiera, Marienbad Eléctrico (Caja Negra, 2015) podría ingresar sin inconvenientes al resto del trabajo de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Es decir, podría ser otro libro donde Vila-Matas convierte lo que observa en un signo en inmediata referencia a algo que leyó, lo cual lo llevaría a un libro o alguna cita, lo cual desencadenaría agudas reflexiones sobre cómo la literatura -y a mayor escala el lenguaje- crea las condiciones para asimilar la experiencia, y cómo esa experiencia es más verdadera, precisamente, a través de la imaginación literaria. De eso se tratan Doctor Pasavento (2005), Bartleby y compañía (2001) y El mal de Montano (2002), pero también París no se acaba nunca (2003) o Dietario Voluble (2008), y el listado podría seguir. Ese, sin dudas, es el territorio de Vila-Matas, y dentro de esos límites su destreza para la ficción y el ensayo puede perder cierta capacidad para sorprender, pero nunca decepcionar. El detalle es que Dominique González-Foerster no es una pieza de literatura, sino que existe como persona.

“Los felices equívocos con DGF arrancaron el mismo día de 2007 en que oí hablar por primera vez de ella”, escribe Vila-Matas, recordando que fue por una serie de malentendidos que “despistado como nunca, acabé entendiendo que debía montar a medias con DGF una acción artística en la antigua casa de verano de los Lorca”. Creadora audiovisual y performer, Dominique González-Foerster es real -y uno llega por momentos a percibir hasta qué punto su existencia perturba la tranquilidad de Vila-Matas- y lo que Marienbad Eléctrico cuenta, por lo tanto, es cómo intenta producirse un diálogo entre uno de los mejores escritores europeos contemporáneos y una singular artista de 50 años que circula por el mundo con el pasaporte de diversas becas y exposiciones que, al mismo tiempo que merodean lo intrascendente -a DGF le gustaría escribir pero no puede, así que crea “alfombras” con libros de otros-, resultan suficientemente ornamentales como para encajar con serenidad en una sala del Tate Modern o la Fundación Louis Vuitton.

Desconocida para él mismo hasta hace poco, y más allá del valor real de su trabajo, Vila-Matas se limita a aclarar que “no he visto a DGF caer nunca en la enajenación de la obra, pues tiene una relación serena con ella”, y eso es algo que coincide con lo que Marienbad Eléctrico revela respecto a DGF: el interés del autor de Dublinesca en ella no podría ser nunca estético. ¿Pero entonces cuál?

La clave podría estar en la forma en que Vila-Matas se imagina en una relación armónica e intercambiable -“así que soy un cineasta secreto y DGF una novelista muy activa”-, y cuando, después de recibir un mail de DGF -y volver a caer en “el equívoco”-, se dedica a escribir “por fin un texto teórico que desmentía el carácter meramente caprichoso de mi propensión a incluir citas”. Más significativo podría ser que compare a DGF con uno de sus máximos héroes, Robert Walser -“en todas sus últimas escenografías, el componente de evasión de DGF es alto. Y el estilo recuerda a Robert Walser, cuyos relatos…”-, e incluso que le ceda su propio lugar como escritor para pasar a ser objeto de la fugaz escritura de ella: “El día que llegué al hotel de Granada la casualidad quiso que me registrara al mismo tiempo que él: ambos fuimos muy reservados. Y desde entonces hemos seguido encontrándonos…”. Tal vez el mismo Vila-Matas lo acepte al final: “quería ponerme en su piel”.

marienbad electricoMarienbad Eléctrico

Enrique Vila-Matas

Caja negra

2015

128 págs.