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El amigo sudamericano

Luciano Lamberti
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Hace poco se conoció la noticia de que el FBI, durante la dirección de J. Edgard Hoover, espió a Gabriel García Márquez durante 24 años. La persecución comenzó en 1961, cuando el colombiano llegó a Nueva York para abrir una agencia de noticias cubana (de la que luego lo expulsaría por no ser “lo suficientemente radical”). Son conocidas, también, las fotos del premio Nobel con Fidel Castro, una amistad cimentada en la mutua admiración y que duró muchos años.

De viaje por Europa del Este, el “nuevo” libro de García Márquez, explora la mirada siempre chispeante del novelista que supo como nadie borrar los límites entre literatura y periodismo. Un viaje por Alemania Oriental, por Checoslovaquia, por la Unión Soviética, entre otros lugares, que trata de encontrar similitudes políticas en la diferencia, pero lo hace desde el registro visual casi documental y lo estético. Se centra en las cuestiones monetarias, en las formas de vivir, en las costumbres, en los rastros que deja el sistema de gobierno en la “gente común”. Como el gran narrador que es, lo hace a través de detalles tan vívidos que parecen desarrollarse como una película frente a los ojos del lector. Las medias rotas en las puntas de una cantante de cabaret. La avidez con la que personas de distintos países le miran reloj, bañado en oro. El hecho de que en Moscú el periodismo no tenga el carácter de lo urgente sino que se dedique más bien a los anuncios parroquiales: comprueba con asombro que nadie haya oído hablar todavía de Marilyn Monroe. Europa del Este es un mundo áspero, primitivo, cuyas fronteras son siempre imposibles de atravesar. Precisamente en esos puestos fronterizos es donde asoma con más fuerza el sistema burocrático de esos gobiernos.

García Márquez ya contiene, a esa corta edad, los atributos del que sería considerado parte de la gran renovación de la literatura latinoamericana, en términos no solo comerciales sino también formales y estéticos. Una voz personal, un fino sentido de la dosificación dramática, una mirada que incluso en esas extrañas tierras, es profundamente latinoamericana. Él ve lo que esos sistemas distan de los nuestros: y ahí radica su familiaridad. Por ejemplo: a cada lugar donde va lo persiguen los boleros (y los libros de Jack London, dicho sea de paso, que parece ser eran furor).

Anticipándose un buen trecho a varias escuelas de periodismo, García Márquez habla en primera persona, cuenta anécdotas de homenajes desaforados o filas de retretes de madera donde los ciudadanos soviéticos conversan alegremente mientras defecan, es víctima de intérpretes que no conocen una palabra de español. En vez de esconder los problemas de percepción propios del género, García Márquez hace de ellos una escuela: siempre tiene la vista tapada por un hombre alto, por decirlo de algún modo. En su mayoría, los habitantes de los pueblos y ciudades que visita son reacios a los extranjeros. Es gente hosca, sumida en bares oscuros y llenos de humo, que beben sin levantar la vista.

Estas crónicas son profundamente humorísticas, capaces de variar de registro y de ubicarse en una zona crítica, apolítica, más allá del bien y del mal. La muestra de que un escritor, cuando observa, es el hombre sin atributos.

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De viaje por Europa del Este

Gabriel García Márquez

Sudamericana

152 págs.

$179