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ENTREVISTAS

  • Sanchiz x Leonardo Carreño - portada

Ramiro Sanchiz

Marcelo Acevedo
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De Levrero y Philip K. Dick a Bowie y Led Zeppelin, la obra del escritor uruguayo Ramiro Sanchiz se mueve por un andarivel particular que cruza los géneros, la información, la cultura popular y la tradición. Entre otras novelas escribió Historia de la ciencia ficción uruguaya (Llanto de Mudo) -que a pesar de su nombre es una ucronía antes que un ensayo-, Nadie recuerda a Mlejnas (Reina negra), Los viajes (Melón Editora) y Ficción para un imperio (Milena Caserola), todas ellas editadas en Argentina. Su más reciente trabajo es El gato y la entropía #12 & 35 (editada en Uruguay por Estuario Editora), que cruza una canción de Dylan, un memorable cuento de Pynchon y una de las paradojas más famosas de la mecánica cuántica para tejer una historia de paranoia y erudición protagonizada, una vez más, por su sempiterno alter ego, Federico Stahl. Con Sanchiz hablamos de géneros, referencias y la literatura enciclopédica en la era de internet.

Un canción de Bob Dylan, un cuento de Thomas Pynchon y una de las paradojas más famosas de la mecánica cuántica le dan nombre a El gato y la entropía #12 & 35, la más reciente novela de Ramiro Sanchiz, un joven y prolífico narrador uruguayo que se vale de los géneros para crear una obra que tiene como rasgo distintivo algo que no resulta tan común en la literatura reciente: todos sus relatos están protagonizados por Federico Stahl, una especie de alter ego ficticio del escritor charrúa.

Sanchiz es un autor neomoderno e integrado, un erudito en la literatura de James Joyce que tiene en alta estima a la cultura de masas. Su obra es una rara avis dentro del contexto literario actual. Cada uno de sus libros forman parte de un todo inconmensurable, algo así como una novela total en la que Federico Stahl parece debatirse eternamente entre realidades alternativas, encuentros con seres de otro mundos y viajes psicotrópicos.

Influenciado por Mario Levrero, Philip K. Dick y el Lanark de Alasdair Gray, Ramiro suele retorcer la ficción especulativa y jugar con la metaficción para dar vida a mundos en los que el horror cósmico de Lovecraft se cruza con futuros distópicos y realidades virtuales creadas por máquinas imposibles, a la vez que sus personajes debaten sobre ocultismo o filosofía mientras de fondo suenan Tool, King Crimson, David Bowie o Led Zeppelin.

El gato y la entropía #12 & 35 es una novela posmoderna, llena de referencias y homenajes a la cultura pop. ¿Qué podés contarnos de su génesis?

La novela nace de la lectura del libro Un lento aprendizaje, de Thomas Pynchon. Allí hay un cuento que se llama “Entropía” y transcurre básicamente en una fiesta. Me pareció muy interesante, y ese fue el germen. Al mismo tiempo tenía ganas de escribir algo sobre mi personaje pero ya medio fracasado, viviendo en una pocilga con cuarenta y pico de años. Eso no prosperó, pero sin embargo comenzó a convertirse en algo más interesante. Entonces archivé todo, y luego algunas de esas ideas que habían proliferado sumado a esta idea sobre la fiesta se convirtieron en la primera versión de El gato & la entropía.

En su cuento, Pynchon hace una especie de analogía entre una fiesta extraña y la versión de la teoría de la información de la entropía. Tu novela, sin embargo, parece ir por un camino más físico y fantástico, si se quiere.

Claro, en la teoría de la información la entropía se ve en la proporción señal-ruido. En un sistema de información el ruido empieza a crecer y la comunicación se pierde. Pero a mí me interesaba la visión más termodinámica de la entropía, sobre todo por la analogía de las dos cajas a distintas temperaturas; si vos haces un canal entre ambas, a la larga el gas va a estar a la misma temperatura en las dos cajas, y eso hace que se pierda la información de qué molécula pertenecía a cada caja. Es como una especie de relato basado en una metáfora clásica de la historia de la ciencia, y a eso le sumé la teoría del famoso gato de Schrödinger. Después le añadí la idea del demonio de Maxwell, un experimento mental que tiene que ver con la entropía, y todo eso le fue dando forma.

Además de las paradojas físicas y la ciencia ficción al estilo Philip K. Dick, la novela está llena de referencias y teorías apócrifas sobre Bob Dylan, Kurt Cobain o Led Zeppelin. ¿Cómo fue que el relato comenzó a llenarse de rockeros y conspiraciones?

En algún momento la novela empezó a acercarse mucho al rock, pero a la historia del rock, que es una cosa que me interesa mucho. Hay una historia que es una sucesión de anécdotas, pero filtrando todas esas anécdotas hay como ciertas formas básicas, que son el relato del auge, la decadencia y la caída de una banda. Y el rock siempre cuenta esa historia. Otra historia que suele contarse es la del pacto con el diablo. O las conspiraciones paranoicas, como el ocultamiento de la supuesta muerte de Paul McCartney, o la teoría contraria que dice que el muerto en realidad está vivo, como pasa con Elvis. Yo les llamé las distintas conspiraciones del rock y eso está en la novela.

¿Creés en los mitos urbanos y las teorías conspiranoicas?

No creo, pero me interesan estéticamente. Con respecto a las teorías más terrenales, como la de las Torres Gemelas, soy más bien agnóstico. Es una teoría que no me parece disparatada. Mi favorita es la que dice que Stanley Kubrick filmó el alunizaje. Esa es bella. Tampoco creo en la ufología, pero me interesa su taxonomía, los tipos de extraterrestres, los grises, los reptilianos, etc. Pudo haber habido todo tipo de presencias a los largo de los 4500 millones de años que tiene la Tierra, pero hasta que no vea evidencia dura no voy a decir que lo creo. También estoy convencido de que es muy egoísta creer que somos los únicos seres vivos. La cuestión es que todo esto toca un tema muy interesante, que se refiere a lo que entendemos nosotros por vida y cuantos prejuicios de corte humanista y antropocéntricos están en juego. Creo que hubo un gran golpe a todo eso cuando se empezó a estudiar el tema de los extremófilos, microorganismos que pueden vivir en condiciones extremas. Yo tuve etapas mucho más espiritualistas, pero ahora soy materialista. Soy agnóstico para todo lo que sea metafísico, entonces con cualquier manera de proponer algo que trascienda la materia yo siento una especie de parate epistemológico que me lleva a preguntar “¿y cómo sabés?”

Pero sin embargo creés en la física cuántica

Bueno, justamente. La física cuántica plantea que a cierta escala nuestras nociones de lo que es lógico y verdadero o falso colisionan completamente. Y por eso ahí yo no puedo pronunciarme. Nadie puedo decir sobre cuál es el camino que toma la partícula sin iluminarla y sin producir el colapso de la función de onda. Entonces, en esa instancia, terminás siendo wittgensteiniano. De lo que no se puede hablar, callate la boca. Ojo, respeto profundamente a la gente que tiene experiencias religiosas. Lo que pasa es que estamos tratando de entender el universo con un instrumento que es estrictamente humano, entonces siempre vamos a chocar con el principio de incertidumbre. En última instancia creo que la experiencia de lo real es intransferible, entonces la realidad consensuada, esta que recibimos basada en la lógica, la razón y la ciencia, es lo más parecido a ponernos de acuerdo en algo

A diferencia de tus anteriores novelas, en El gato y la entropía abundan las notas al pie, algunas de ellas muy extensas. ¿Cómo suponés que se relaciona el lector moderno con ese tipo de información extra?

A mí me interesa mucho indagar lo que sucede con cierta literatura de erudición en la era Google. En los ‘70 u ‘80 había todo un valor signado al tipo de novela que trabajaba la historia, como por ejemplo El nombre de la rosa. Para escribir una novela así estaba implícita la investigación, había que tener erudición, conocimiento enciclopédico. Eso en su momento se hacía con penurias, consultando bibliotecas, viajando. Había un trabajo que se traducía en que si el lector encontraba una referencia interesante tenía que ir a investigar de qué se trataba. En cambio ahora recurrís a internet y listo. La relación con esos saberes enciclopédicos ha cambiado. Y como lector a mí siempre me interesaron esas novelas como Moby Dick, que son un compendio de conocimiento de la época. Ahora eso funciona de otra manera gracias al acceso que tenemos a la información. Lo que hice fue tomar como tema la novela enciclopédica y darlo vuelta, romperlo un poco jugándolo en plan parodia, en el sentido de reconstrucción irónica de un texto.

En tus libros hay mucho de erudición enciclopédica, pero más ligada a la cultura pop, si se quiere.

Sí, pero a cierta cultura pop. Hay un recorte, tampoco me interesan todas las series ni toda la ciencia ficción. Me interesa mucho trabajar la cultura pop como Eco trabajaría la escolástica. Con ese nivel de minuciosidad. Buscar, ir a lo más recóndito de esa serie de historietas de Linterna Verde de los años ’70, leerla y referenciarla toda. Me interesa mucho la investigación. Para mí no hay una mayor diferencia, cognitiva al menos, en cómo te vas a parar ante un corpus de las cartas de Thomas Bernhard o los números de Crisis en Tierras Infinitas de DC Comics. Ambos son objeto del mismo nivel de erudición, si uno quiere. Lo mismo con la música, me interesa Bach pero también King Crimson.

¿Te molesta de alguna forma que te cataloguen como escritor de ciencia ficción?

No. Pero yo no me catalogo como escritor de ciencia ficción. Sé que he escrito ciencia ficción por un lado, y nunca voy a renegar de eso. Hay gente que lo ocultaría. Yo no tengo reparos en decir que escribo ciencia ficción. Mi novela Trashpunk es ciencia ficción, pero La historia de la ciencia ficción uruguaya no lo es. Y Ficción para un imperio, por ejemplo, es fantasía. Pero más allá de eso, lo que sí reconozco y no tengo ningún reparo en hacerlo, es que mi formación como escritor y mi lectura hedónica es estrictamente de ciencia ficción.

¿Cómo te trata la crítica y el establishment cultural? ¿Sentís que existe un desdén hacia tu obra por escribir literatura de género?

Nunca me topé con el desdén. Eso no quiere decir que no exista. Debe haber pasado cientos de veces, pero yo no lo sé. Sí me parece que ciertos gestores de eventos me convocan siempre para que hable de ciencia ficción. Pero creo que eso pasa porque también soy crítico y muchas veces hablo de ciencia ficción. Entonces suponen, y capaz que con acierto, que para los lectores o espectadores rinde mucho más que hable de lo que ellos suponen que yo sé más. Me interesan otras cosas, pero tengo más suerte si hago un taller sobre Levrero que si lo hago sobre Joyce y el Ulises, que me apasiona y lo vengo estudiando con devoción desde hace doce años.

Te gustan los libros titánicos al estilo del Ulises, La broma infinita o El arco iris de gravedad, y el protagonista de tus relatos suele fantasear con escribir la novela total. ¿Por qué nunca te tomaste el tiempo para escribir una novela de esas características?

Primero que nada hay una necesidad imperiosa de publicar. No tengo una ética del texto terminado, no los doy por cerrado, y con el paso del tiempo los sigo escribiendo. He tenido la oportunidad de reeditar varios libros, y siempre los he corregido. Lo que sí pasa, sin lugar a duda, es que en realidad todas mis novelas y cuentos tienen los mismos personajes. Yo lo enfoco, independientemente de cómo lo agarra el lector, no como novelas, sino como capítulos o segmentos de un texto más ambicioso que los abarca a todos. Quizás en este momento, si vos no tenés todas sobre la mesa, no hay una conexión tan clara entre todas ellas como la hay entre Ficción para un imperio y Los viajes. Pero idealmente, como proyecto, yo iría rellenando los huecos. Mi sensación al escribir es la de estar enfrentado a una pared muy grande con la obligación de hacer un mural.

Foto: Leonardo Carreño