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LA MALA LECHE

  • david bowie

El hombre que entendió el mundo

Francisco Aquino
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Si la carrera de Bowie hubiera durado diez años le habría bastado para entrar en la historia del rock, y quizá también de la música. Para 1977 contabilizaba diez discos (muchos de los cuales evolucionarían como clásicos imprescindibles para entender al movimiento rock de comienzos de esa década), había producido obras fundamentales en la carrera de otros (Lou Reed, Iggy Pop), tuvo colaboraciones notables de sus ídolos (Lennon), había versionado a sus colegas (Stones, Kinks, Pink Floyd y The Who, entre otros) y tuvo la visión de homenajear a sus contemporáneos dedicándoles canciones (Bob Dylan y Andy Warhol, en Hunky Dory).

Pero no, se empecinó en continuar su carrera suicidándose artísticamente y exiliándose en la Alemania Oriental para espantar sus demonios o para que el mundo lo deje tranquilo, vaya uno a saber.

Atravesó los ’80 como pudo, con altibajos artísticos pero manteniéndose vivo, lo que en una vida de estrella de rock no siempre se logra. Y pese a ser los años más cuestionados de su recorrido, siguió acumulando respeto.

Su participación en cine incluye no solo personajes fantásticos e inolvidables como el de Laberinto, sino cameos haciendo de él mismo (Zoolander), pequeñas apariciones como en la película de Twin Peaks o interpretando personajes celebérrimos como Poncio Pilatos, Andy Warhol y Nikola Tesla. Poniéndose así también (además de los personajes que creaba para sus shows) en la piel de otro.

Promediando los ’90, el tecno duque jugó a la timba financiera y transformó las regalías de sus temas en acciones de la bolsa. Otra vez se cagó en las críticas y se arriesgó a una versión distinta de la industria de la diversión. Quizá anticipando lo que, veía, era el cada vez más complicado negocio de sacar discos: “No creo que los sellos y la distribución de la música vayan a seguir funcionando igual. Todo va a transformarse en los próximos 10 años (…) la música va a ser como la electricidad o el agua corriente. Mejor estar preparado para hacer muchas giras, porque va a ser la única forma de generar un hecho original. Me parece fascinante. Por otro lado, no importa si te parece fascinante o no, es como va a ser.” (New York Times, 2002).

Su vínculo con la plástica fue múltiple. Ejerció el oficio de pintor, el placer de coleccionista y su sitio bowieart.com funcionó como galería virtual donde (otra vez) su interés fue promover jóvenes artistas: “De chico me fascinaron aquellos que transgredían la norma, los que desafiaron convenciones, sea en la pintura, en la música o en cualquier cosa”. Picabia, Duchamp, Braque o Grosz fueron citados por él como influencias, a la par que Lennon o Little Richard.

Fue un icono de la moda: andrógino, extravagante o elegante, cada una de sus caras fue acompañada por un vestuario acorde. Fue quien le pudo poner traje y corbata a su fase más adulta y demostrar que el rock podía ser un género maduro. Si el rock forjó una estética alrededor de la música, fue por culpa de él.

Logró ser un artista que retrate su época, que no fue una, como tampoco él.
Cuando no le tocó más ser la vanguardia iluminada, se preocupó por saber qué pasaba de nuevo en su ambiente. Así fue que apadrinó artistas jóvenes, colaboró en proyectos e impulsó nuevos estilos (una de las últimas grabaciones fue la de unos coros para Reflektor, disco de Arcade Fire editado hace un par de años)

Atravesó cincuenta años de cultura, quizá como ningún otro artista de su tiempo. Y no cincuenta años cualquiera, sino los más convulsionados en términos artísticos donde una cultura alternativa, cuyo mascarón de proa fue el rock, necesitó para hacerle frente a la establecida de personajes talentosos, provocadores e innovadores -y tuvo muchos, pero pocos que concentren todo eso en una sola figura. Ese fue Bowie.