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Hilda Lizarazu

Gonzalo Bustos
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La ex Man Ray viene de un 2015 con mucho trabajo: por primera vez fue parte de una obra de teatro –Happy Hour-, estuvo en el reality de bandas nacientes Rock del país haciendo de jurado con Juanse y Marcelo Moura, y se metió en el estudio para grabar su nuevo y recién editado cuarto álbum solista, Las vueltas de la vida, un disco de doce canciones de pop-rock que incluye, además, menciones al “Oso” de Moris, una gran versión de “Los hermanos” de Atahualpa Yupanqui, colaboraciones de Fabiana Cantilo, Claudia Puyó y Palo Pandolfo, y una exquisita interpretación con aires soul de “La balsa”. De este nuevo disco, de su trabajo en otros rubros, de Charly García y de su infancia habla acá.

Hilda Lizarazu entra atropellada a un bar cool de Palermo Hollywood. Se acerca esquivando mesas, saluda y enseguida pregunta si compartimos un happy hour de cerveza artesanal. Es una tarde de enero de 2016, pero el ritmo frenético que carga esta mujer hace pensar que aún no ha cambiado de calendario. Hilda, de 52 años, viene de un año intenso en el que interactuó entre el teatro, la televisión y las grabaciones que devinieron en su nuevo álbum solista, Las vueltas de la vida. “Ahora lo que quiero es tocar el disco”, dice ella. El disco en cuestión son doce tracks de pop-rock preciosistas, climas alegres, estribillos que imantan con mensajes claros, más versiones de clásicos nacionales y links directos a la historia profunda de nuestra música. Esa historia de la que ella también es protagonista.

¿Cómo se dio que sea un disco casi homenaje al rock nacional?

Se fue dando. Antes que nada, quiero cambiar el nombre de “rock nacional” a “rock argentino”, prefiero llamarlo así. No fue algo premeditado, pero sí siento que me nutrí de esa música de finales de los años ´60, que, dicho sea de paso, ahora se cumplen cincuenta años del nacimiento del rock argentino. Pude participar de un homenaje armado por Lito Vitale a Litto Nebbia en Mendoza. Ahí me tocó interpretar “Viento dile a la lluvia” y “La balsa”. Después empecé a incorporar “La balsa” a mi repertorio. No tenía pensado grabarlo en el disco, pero mi hija y Vitale me decían que la grabara. No quería hacerlo para no meter un tema que no sea propio. Como un prejuicio tal vez. Por eso digo que no fue premeditado. Fue muy azaroso. Se dio que todo el disco está muy encadenado con nuestra música.

También está “Los hermanos” de Yupanqui en una versión muy personal.

Nebbia me dijo que todo el disco le parecía muy personal. Y lo es. Pasa porque hago las cosas como me gusta. Eso se ve que tiene un tinte que ya va formando un estilo. “Los hermanos”, particularmente, salió en otro evento de Vitale. Me dice si me animo a cantar un tema de Atahualpa. La escuché y me pareció muy milonga campera, muy solemne. Y yo nada que ver. Hasta que empecé y salió medio ska y le agregamos unos arreglos de trombones que le dan un aire borracho. Después la puse en el disco porque me terminó encantando.

¿Cómo nace el concepto de Las vueltas de la vida?

Surge porque ha pasado tanta agua bajo mi puente. Y creo que es una manera filosófica de no estacionarse en ninguna situación. Porque siempre hay una vuelta de página que puede transformar cualquier cosa, hacerla increíble o viceversa. Entonces, de esa manera vas como barrenando una ola que es la vida misma. Así uno puede tomarse las cosas con mayor liviandad y no desde un sitio de pesadumbre y de que la vida es una porquería. Por ahí un día lo es, pero un día. La vida es como un cielo, está plomizo y de golpe se despeja todo. Hago esa analogía para estar bien anímicamente y no hundirme.

Hay un sonido algo circense en todo el disco.

Hay pinceladas, por los arreglos de vientos en algunas canciones. Hay otros temas que tienen rítmicas algo ska como “Adorable Bs. As”, “Lucía la equilibrista”. La estética sí tiene mucho que ver con eso porque hago una representación de Lucia. En la sonoridad es amplio, también hay arpas, cuerdas. Estoy muy contenta. Es bastante colorido y me representa como soy en la variedad de estilos. Es un disco alegre.

¿Por qué compusiste un disco alegre?

No compongo todo en el mismo momento. Son pedazos de estrofas, de melodías que voy haciendo a lo largo de las semanas, los meses, los años. Hacía cuatro años que no hacía un disco. Me lo tomo muy espaciosamente. No estoy metida en una vorágine que me demanda estar todo el tiempo produciendo cosas. Porque no me sale tampoco. Entonces voy a mi tiempo, que es un midtempo. Estoy en un equipo de gente muy reducido, soy mi propio sello (Díscola Discos). Estoy en un camino independiente que hace mucho que recorro, pero en este caso mucho más. Hago todo sola. Respondo mails, llevo a fabricar los discos. Necesitás mucho más tiempo, pero por otro lado recibís otras cosas al tratar directamente con las personas.

¿Sentís que eso humaniza al artista?

Nunca me sentí en un pedestal. Siempre fui una persona que me encaucé en el sentido común de las cosas. Nunca me pinté como una mega estrella. Nunca estuve en una limusina con lentes negros alejándome de la gente. Esa parte de la estrella de rock me parece un estándar que se deshace con el tiempo y es un juego un poco absurdo. Hay gente que es así y necesita estar distante porque así lo requiere y porque tiene el afuera mucha presión. En mi caso siempre minimicé eso.

Hace poco dijiste que querías salir del pop.

Sí, pero no lo logro. Yo soy pop. Es mi sonido. No puedo hacer otra cosa que la que hago. Otras voces, otra música. Me gusta esa música. Compongo con la guitarra, es la música con la que me nutrí de chica: los Beatles. Por ahí hacer un disco temático no puedo hacerlo todavía. Yo compongo canciones simples de pop. Vuelvo siempre al pop rock.

¿Cómo fue la experiencia del teatro?

Happy Hour fue una experiencia linda por su repetición, pero suficiente por su repetición. Viernes y sábados siempre así y siempre lo mismo. Lo que cambiaba era el afuera. Pero con cada chiste la gente reía en el mismo lugar. Era un patrón que se repetía. Después de un tiempo se podía tomar como “ok, suficiente”. Ahora no lo haría de vuelta.

¿Qué te aportó?

Me gustó haber laburado con Andy (Kusnetzoff) y con mi banda. Que ellos estuvieran hizo que me quedara, quizás si estaba sola me hubiera ido. Esa continuidad estuvo buena. Artísticamente aportó el ritmo. La teatralidad que se me va multiplicando en cada presentación, la soltura, la tranquilidad que me da estar arriba de un escenario, que sea cada vez más como parte de mi casa.

En 2012 volviste con Man Ray, ¿cómo viviste eso?

Hubiera querido que las cosas fueran de otra manera. Me hubiera gustado tocar mucho más y no se dio. Entonces pateé el tablero antes. Hubo como desinteligencia en lo que respecta al managereo y la producción. Yo ya aprendí bastante haciéndolo sola y de golpe me vi que estaba haciendo todo como si fuera solista. Entonces dije “no, sigo sola”. Eso me pasó puntualmente. Estaba siendo solista con Man Ray y no era lo que habíamos hablado. Tenía la cabeza en hacer otro disco y corté todo para volver a Man Ray y me encontré cantando canciones de hacía quince años atrás sin sentirme feliz. Entonces, para qué.

¿Cómo fue haber vuelto a tocar Charly, con ese nuevo Charly?

Era un Charly rescatado en el que había aspectos que estaban muy buenos. En lo que tenía que ver con lo musical tuvimos la oportunidad de hablar sobre su música que eso antes no había pasado. Pero todo eso ayudado por un grupo de asistentes neuro-cognitivos, muchos químicos de por medio, viajábamos con una psiquiatra. Había como un sufrimiento de su parte. Pero al mismo tiempo estaba tratando de luchar consigo mismo. Entonces al principio era extraño verlo tan medicado. Luego se fue acomodando la cosa. Musicalmente la pasamos muy bien. Para mí también fue muy lindo el reencuentro con el Negro (García López), con Fabián (Von Quintiero). Fue como rescatarlo a Charly y reencontrarnos nosotros. Fue hermoso. Fue un regalo inesperado. Pensé que iba a terminar haciendo solo el recital de Vélez, pero luego continúe. Tenía mi banda esperándome, pero fue mucho trabajo, mucho ensayo y empezaron a salir fechas, giras y viajes. Duró casi un año. Dejé de lado mi disco Futuro perfecto, que estaba haciéndolo, mi padre estaba enfermo en ese momento y muere cuando estoy con Charly en Israel. Hicimos cosas increíbles como ese viaje.

¿Por qué la música desplazó a la fotografía?

Se fue dando así. La fotografía es mucho más solitaria. La música tiene toda una interacción y una expresividad que la fotografía no. Podría decirse que tiene que ver con la interacción con la gente. La música me permite la palabra, la comunicación con el público que me escucha que es mucho más grande que una foto.

Fuiste a un colegio pupilo. ¿Influyó en tu carrera?

No sé si en mi carrera, pero sí en mi persona. Echó en mis pupilas una mirada que tiene, por un lado, algo de autosuficiencia, porque yo todo lo puedo en ciertos aspectos. Por otro lado, me puedo chocar contra la pared y decir que me equivoqué. Haber experimentado eso en cuarto grado me dio el conocimiento, la experiencia de la independencia. De tanto “abandono” aprendí a hacer cosas que otros de tan protegidos no las saben. Con nueve años volvía a mi casa y me lavaba la ropa. Lo sufrí, pero me sirvió. Sufrí la no familia, mi vieja estaba en Estados Unidos cuando estuve pupila. Salía de la escuela y llegaba a lo de mi abuela, una mujer grande a la que, pobre, le encajaron la nieta. Eso me hizo hacerme sola. Esto que soy es el resultado de esos años también. Y estoy contenta conmigo.

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Hilda Lizarazu

2015