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LA MALA LECHE

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España y su juego de tronos

Esteban De Gori
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Llegó el momento de la real politik. Por ahora, se acabó la Plaza y se inició el juego en el Palacio. El Game of Thrones está abierto. España se prepara a formar gobierno en una situación inédita. Ya nada es lo que era aunque los acuerdos fallen y se vuelvan a realizar las elecciones.

Ese bipartidismo que parecía una vieja serie de hombres aceitados en alternancias, estabilidades y administraciones de los requerimientos de la globalización está finiquitado. Las reglas y las realidades han cambiado. Solo parece haber espacio para los nostálgicos de la Constitución, del ring PSOE-PP y del ’78. Este proceso dejará muchos jubilados y varios libros de memorias.

Los analistas se fuerzan por establecer campos de acción, fronteras discursivas e ideológicas: constitucionalistas vs alternativos; federalistas vs secesionistas; continuidad vs fragilidad, etc. Otros directamente defienden un futuro gobierno del PP indicando que son la fuerza que mayor cantidad de votos ha obtenido en las últimas elecciones. Lo hacen en nombre de la estabilidad, la responsabilidad o por una suerte de imposición que sortea la lógica del parlamentarismo (Berlusconi siempre lo supo). Nadie quiere irse del poder con tantos votos.

Ante ello, el PP y el PSOE comienzan a padecer la ley electoral. Esta introduce problemas que nunca habían calculado e imaginado. Se ven, como nunca, condicionados por una dinámica de negociación a múltiples bandas y con fuerzas con posturas disimiles. Pero, pese a todo, la situación es favorable al PSOE. No puede repetir la trágica experiencia política del PASOK (socialdemocracia griega) en alianza con la derechista Nueva Democracia. Posee un hábil instinto de supervivencia y un deseo de no “regalar” -en una alianza gubernamental con el PP- su “identidad” de izquierda.

Felipe González debió retirarse de la escena con su nostalgia bipartidista y aceptar que su partido solo puede llegar a la presidencia del gobierno con acuerdos que impliquen reformulaciones y cambios. La propuesta de referéndum en Cataluña -propulsada por actores vinculados a Podemos- obliga al PSOE y a Pedro Sánchez a repensar mayores cuotas de autonomía y aceptar el debate sobre una propuesta federalista; como también insta a los otros actores políticos a aceptar que cualquier modificación del Estado actual solo puede surgir por consenso y acuerdo. Por lo menos, al interior de una gran coalición.

Esta instancia o “situación” de negociaciones ya implica un cambio. Podemos es parte ineludible de ello. Puede conformarse un gobierno sostenido por una coalición que mantenga una fuerte dinámica política, con lenguajes renovados y con la introducción de nuevas agendas y liderazgos. Puede ser una coalición precaria por momentos y estable por otros, como manda el abc del parlamentarismo y de la fragmentación del sistema político.

Podemos es la Rosa Parks de la política española. Se subió al autobús, desafió a la clase política tradicional, se sostuvo en sus posiciones, congregó adhesiones e inició un movimiento de ampliación de derechos que resistió todas las envestidas. La fuerza de Pablo Iglesias acordó con la mayoría de sus diputados establecer como pieza fundamental para cualquier acuerdo de gobernabilidad la denominada “agenda social”. En ello se juegan su futuro político y su credibilidad. Saben que existe un electorado que le preocupa los desalojos, el desempleo, los recortes sobre la educación y la salud y el aumento de la desigualdad. La agenda social se ha transformado en lo urgente para la mayoría de los espacios que integran Podemos y en la llave para un pacto político. Por diversas razones, Podemos y el PSOE se juegan parte de su futuro electoral, como sus alineamientos políticos y territoriales futuros. No será fácil. El contexto económico internacional no ayuda y el Círculo de Empresarios no ve con buenos ojos la incorporación de Podemos al gobierno. El PSOE se encuentra envuelto en un dilema: seguir la hoja de ruta iniciada por Felipe González que diagramó una formula gubernamental viable para las grandes empresas y el dictum europeo -inclusive a condición de reducir adhesiones electorales-, o bien, explorar otras posibilidades. Si éstas logran establecerse, Podemos podría integrar un gobierno que acuerde y limite a los grupos empresariales y, al mismo tiempo, que fortalezca y proteja a los actores sociales y a los ciudadanos mismos. Ese es hoy, un republicanismo posible.