inicio > La otra Bariloche

LA SEMANA

La otra Bariloche

Julia Mengolini
Agrandar fuente Achicar fuente

Por Julia Mengolini

En Bariloche mataron a tres pibes. Uno víctima del gatillo fácil; los otros dos, víctimas de una represión criminal. Diego Bonnefoi (15), Matías Carrasco (17) y Sergio Cárdenas (29). Tres pibes pobres. Es difícil imaginar pobres en Bariloche. Sin embargo están ahí nomás, escondidos en sus casitas de cartón con vista al hotel Llao Llao. “Las dos Bariloches”, le dicen ahora. Es que la muerte de estos pibes puso sobre la mesa algo que poca gente imaginaba: en Bariloche, detrás de esas hermosas montañas, hay villas. Ojo, hay que tener cuidado con las dicotomías estigmatizantes. Plantear que los pobres viven en un gheto apartado los confina y los condena -en el imaginario- a ser indefectiblemente delincuentes, genera más odios y miedos, fantasías espeluznantes sobre un “ellos” espeluznante. Lo cierto es que la gente de las villas es fundamental para el normal funcionamiento de la espléndida Bariloche. ¿Quién te creés que hace las camas de los hoteles? ¿Quién lava los platos en los restaurantes? La gente de la villa,
sobre todo, labura. Hace las cosas que nadie más quiere hacer. Y esos laburantes se sienten parte de una ciudad a la que muy probablemente amen a pesar de lo puta que pueda ser. Es que sí, Bariloche, además de linda es una ciudad puta. (¡Pero qué belleza imponente el Tronador!)
Con la primera nevada empiezan a latir los corazones de la mitad que fantasea con los esquíes que se va a comprar. Pero hay otro pedazo al que se le cae la chapa en la cabeza cuando se acumula la nieve y al que no le alcanza la poca leña mojada para pasar una noche calentita. A algunos les empieza a latir el bolsillo, porque cuando cae nieve, cae plata, crece la torta. El problema, como siempre, es cómo la repartimos. Sólo que en Bariloche ese conflicto que tanto nos duele del capitalismo y de la copa que no derrama (y bla bla bla) es mucho más crudo. La ecuación es simple: más crece la torta, peor la pasan los pobres. (¡Pero qué lindo es el Nahuel Huapi!, ¿eh?)
Hoy la pasan peor que nunca porque además de pasar frío y hambre, los persigue la cana y los mata. Y como remate las marchas a favor de la Policía asesina. Es una ciudad puta, ¿no te digo? Qué idiosincrasia rara la de Bariloche. Las familias históricas, las primeras que llegaron, todavía conservan el acento alemán o sus costumbres suizas. Y el que no, es un “exiliado de San Isidro”, como se le llaman a los chetos porteños que fueron a probar suerte a los lagos. Además de los villeros, claro. Y en este crisol loco falta una identidad común, falta organización, faltan redes sociales, falta militancia y, por qué no, falta peronismo. Entonces, puede pasar que maten a tres pibes y que encima haya marchas a favor de la Policía criminal. “Hay que ponerles una bomba”, dice un ex compañero mío de escuela en Facebook, uno que siempre fue un hijo de puta. (¡Qué lindo era ir al colegio cuando nevaba! ¡Se armaban guerras de nieve en los recreos!)
Yo usaba uniforme verde inglés, tenía un jardín enorme y me pusieron los esquíes en cuanto me pude parar. Pero un día –cuando todavía me podía chupar el dedo del pie- acompañé a mamá a buscar a Lucy a su casa. Vivía en el Arrayanes, un barrio que está en el alto. ¡Fa! ¡Cuánta miseria! Qué frío debe haber hecho ese día. Demasiado temprano para mi inocencia. Un día Lucy no vino más y mamá me explicó que era porque robaba. “No le habrás pagado bien”, contesté.
Con el tiempo, esa sensación de injusticia me sobrevino como militancia cristiana y me llevó a conocer una villa que estaba a la vuelta de mi casa. (¡¿Ese caminito iba a una villa?!) Llevábamos comida, leña y la palabra de Dios. Es loco pensar que muchos de los pibes que iban conmigo a llevar los manjares espirituales fueron a la marcha a favor de la Policía. Es que hay distintas maneras de entender la pobreza. Yo trato de ser democrática y tolerante con otros modos de pensar pero mi republicanismo tiene límites. Tolero los reclamos de más seguridad, tolero todas esas giladas. Lo que no se puede tolerar es que la policía ejecute por sí misma a tres pibes pobres, no se puede tolerar el apoyo “ciudadano” a la masacre.
No se puede ser cómplice de la represión ni de la corrupción policial y su brutalidad. No se puede.
El capítulo negro de Bariloche debería servir para poner en discusión algunas viejas deudas de la democracia: la democratización de las fuerzas de seguridad y la desigualdad social. Reclamemos el esclarecimiento de estos asesinatos considerando que no son los únicos responsables los que apretaron el gatillo. Hay responsables políticos en la cadena de mandos. El que mata tiene que morir, políticamente.