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NEURÓTICA

Tener razón

Ni a Palos
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Por Romina Calderaro

Una de las cosas que hace que la vida no sea aburrida es que los seres humanos tengamos distintas formas de interpretar lo que llamamos realidad. Cuando necesito fuertemente que ocurra cierto suceso, trato de hacer todo lo que está a mi alcance para provocarlo y le pido al azar que no me maltrate en el camino.
Mi amiga Carla, en cambio, cree en Dios. Cuando necesita que algo suceda, hace todo lo que está a su alcance para acercarse a su objetivo y eso incluye una cantidad importante de tiempo destinado al rezo. Ella no cree en el azar, sino en las señales. Dice que cada vez que le pidió a Dios algo importante, él le dio señales de que no la iba a dejar hundirse. Yo le retruco que, en cada oportunidad, salió a flote por su inconmensurable fuerza de voluntad y no merced a un plan orquestado desde el más allá. Lamentablemente para mí, en ese punto no nos ponemos de acuerdo, aunque les juro que quisiera que ella tenga razón.
Era el día de la primavera por la tarde. Yo estaba esperando a otra amiga en el sector fumadores de un bar de la calle Corrientes cuando un nene apoyó en mi mesa una rosa artificial con una estampita. Miré la estampita de puro aburrida y era justo la de la Virgen de la Medalla Milagrosa, que corresponde al día de mi cumpleaños. Decidí comprarla.
Al rato le mandé un mensaje de texto a Carla contándole que había comprado una estampita de la Virgen en cuestión y preguntándole si era buena. Me contestó que todas las Vírgenes son buenas y, a sabiendas de mi ignorancia supina en cuestiones de hagiografía, me preguntó si la había elegido yo o sencillamente me había tocado. Le contesté que había sido pura casualidad, pero que sabía que justo esa virgencita era la que correspondía al día y al mes de mi nacimiento. “Ja, casualidad, justo”, me contestó, convencida en un cien por ciento de que Dios me disculpaba por no creer en él y me estaba enviando una señal positiva: se iba a ocupar de mi asunto.
Cuánto quisiera que la teoría de Carla sea cierta, aunque no tenga base científica. Cómo quisiera sentir que un ser supra empírico se ocupa de nosotros, los humanos, al margen de la evidencia. Odio creer que tengo razón cuando tener razón no me sirve para ser más feliz. Tal vez el hecho de haber comprado la flor y la estampita indique que ando necesitando un cambio de paradigma, aunque tengo mis serias dudas de que -salvo en momentos de desesperación- uno pueda elegir en qué creer.